Narra Sebastián
—Ha sido una gran idea lo de incursionar en el mundo de la moda, sin duda estaba a solo un paso de eso, señor McCutchen.
—Así es, ya éramos conocidos en la industria textil, teníamos una gran plaza en el mercado y renombre de nuestra marca a nivel internacional; solo era cuestión de iniciar este proceso para entrar también dentro del mercado de la confección y bueno, una cosa llevó a la otra. Ahora McCutchen Textile Industry, lanzará su siguiente colección en colaboración con otras marcas.
—¿Podría decirnos algo más sobre eso?
—Pues, los detalles son confidenciales, pero puedo decirle que estamos en proceso, nuestros diseñadores realizan nuestras propuestas, eso nos da tiempo para que otras marcas quieran colaborar con nosotros.
—¿Ya tienen a la modelo? ¿será alguien de su agencia?
—No estamos seguros, creemos que para este lanzamiento quizás le demos protagonismo a otras agencias, de eso se trata colaborar, no podemos tomar todo el protagonismo. Pero no tenemos nada confirmado aún, así que más adelante quizás pueda dar más información al respecto. Caballeros, eso es todo por hoy, no responderé más preguntas.
Levanté mi mano y me despedí de las personas que vinieron a la agencia a entrevistarme. Mis pómulos dolían de tanto reírme, por lo que, al darme la vuelta pude relajar los músculos de mi cara.
—¿Qué más sigue Magnolia? —le pregunté a mi secretaria.
—Tiene un hueco en su agenda de una hora, después verá al abogado de su abuela, el señor Porto.
Fruncí mi boca al escuchar eso, ¿ahora que quiere Porto?
Subí a mi oficina para tomar mi hora de descanso, sin duda la necesito. Estos días han sido de completo caos, cada que se acerca un nuevo proyecto pierdo la tranquilidad.
Mi abuelo Darius McCutchen fundó la empresa textil cuando era solo un jovencito, desde siempre tuvo conocimientos sobre la elaboración de hilos y fibras por mis bisabuelos; con el tiempo aprendió acerca de los tejidos para la creación de telas y bueno, con solo cosas básicas inició un pequeño negocio que creció muy rápido, le bastaron solo unos años más para tener grandes maquinarias y convertir aquello pequeño en una empresa reconocida. Mi abuelo se casó con Theresa Farrell, mi abuela, y junto a ella logró aún más, pues McCutchen Textile Industry es una marca textil reconocida a nivel mundial.
Ellos les hicieron frente a los negocios hasta que mi padre, Víctor McCutchen pasó a ser de apoyo en la empresa tras la muerte de mi abuelo. Mi padre estaba a cargo junto a mi abuela, ella se mantuvo en pie como CEO de la compañía, pero hace unos siete años aproximadamente mi abuela se tuvo que retirar debido a problemas de salud, así que desde esos siete años vive en Estados Unidos donde es cuidada por los mejores especialistas; mi padre y mi madre Inés, están al pendiente de ella, mientras que yo le pongo el pecho al negocio de la familia.
En estos siete años he iniciado proyectos muy ambiciosos, pero que le han dado un giro a la compañía, iniciamos como una empresa solo de textiles, aquí solo fabricábamos todo tipo de telas, hilos, etc. Pero ahora, tenemos una marca de confecciones, entramos al mundo de la moda; así mismo, hace unos cuatro años, tuvimos nuestra propia agencia de modelos. En McCutchen está el paquete completo.
—Oh, miren, mi gran Sebastián McCutchen, ¿hace cuánto no te veía?
—Señor Porto, que gusto verlo.
Me pongo de pie para darle la mano al abogado de mi abuela.
—Luces muy bien, Sebastián.
Sonreí y asentí ante los cumplidos del abogado.
—Me sorprendió un poco saber que vendrías a verme, me imagino que la abuela tiene algún mensaje para mí.
—Sí, es así.
El hombre pone su portafolio sobre mi escritorio y lo abre.
—La presidenta, tu abuela Theresa, me pidió hace unas semanas iniciar con el proceso de traspaso de título para CEO de McCutcher Textile Industry. Así que he venido para que firmes estos documentos.
El hombre pone los documentos frente a mí como si yo tuviera idea de lo que dice.
—La abuela no me dijo que… por Dios, ¿es enserio?
—Sí, muy enserio, ya no serás solo el representante legal de la presidenta; serás el nuevo CEO de la compañía, así que necesito que firmes aquí.
Fruncí mi ceño e ignoré lo que el hombre me señalaba.
—Espera, eso no puede ser posible.
Mi padre estuvo frente a la empresa por muchos años y a pesar de eso, ella no lo nombró a él como CEO, ¿Por qué yo? ¿por qué lo hace conmigo?
—Si lo es, así que firma los documentos.
Tomé los papeles y empecé a leerlos rápidamente, leí cada párrafo con atención y sí, es justo lo que el abogado dice. Sonreí frente a los documentos porque esto significa demasiado para mí, quiere decir que la abuela valora todo lo que he hecho por la compañía.
—Estoy sorprendido, la abuela no me dijo nada de esto, imagino que esperaba a que fuera una sorpresa.
—Quizás si quería decirte desde antes, pero dice que casi no responder a sus llamadas.
Firmé el documento y lo deslicé por el escritorio hacia el abogado.
—Es que tengo mucho por hacer últimamente, ya sabes, aquí hay demasiado trabajo.
—Sí, también imagino que cuidar de un bebé recién nacido y de una esposa al mismo tiempo, es muy complejo para ti.
—Sí… sí… eso es… es lo más difícil —respondí olvidando eso por completo—. Oye, hablando de otra cosa, imagino que ahora tendrás que viajar para que la abuela firme el documento ¿verdad?
—No, no será necesario, la señora Theresa vendrá a la ciudad mañana, así que aquí haremos lo que falta del trámite.
—¡¿Qué?! ¿Cómo que la abuela viene?
—¿Tampoco lo sabías?
—Pero ella… la abuela… ella no puede hacer estos viajes, ¿Cómo que vendrá a la ciudad?
—No lo sé, eso fue lo que dijo, si quieres llámala.
Tomé mi móvil y me puse de pie, tenía que salir por aire porque sentía como si alguien me tomara con fuerza del cuello. Caminé de un lado a otro por el pasillo buscando entre mis contactos el número de mi abuela.
—Yo puedo hacerlo —dije en voz baja—. Yo puedo hacerlo.
Presioné el nombre de la abuela en la pantalla y esperé a que contestara.
—¿Hola? ¿Abuela?
—Hasta que mi nieto se digna a llamarme.
—¡Hey, abuela! ¿Cómo estás?
—¿Por qué me llamas? El abogado está contigo ¿verdad?
—Sí, así es, el señor Porto vino a traerme los documentos sobre el traspaso para nombrarme nuevo CEO de la empresa, ¡vaya! Eso no lo esperaba —solté sintiendo latir mi corazón en mi garganta.
—Has hecho un gran trabajo, eso no puedo discutirlo —responde con tono serio.
—Abuela, ¿es verdad que vienes a la ciudad? ¿si puedes hacer esos viajes largos? Digo, no es que no me alegre, solo que me preocupa que te pase algo.
—¡No soy una lisiada! ¡tampoco ando agonizando! No me traten como si estuviera en mis últimos días de vida, me canso de no hacer nada. Además, necesito ir a España para resolver asuntos míos y también para conocer a mi nieto. Por tu parte me muero y no lo conoceré.
Allí fue cuando mi corazón se detuvo, hasta mi respiración se cortó.
—¿Tu nieto?
—Sí, ya que no pueden traerlo a Estados Unidos para que lo conozca, entonces iré yo a verlo. Es que ni una fotografía me has enviado, te estás tomando muy a pecho eso de no querer que los medios lo conozcan. Sebastián, como trabajador eres el mejor, pero como persona eres egoísta. Ni siquiera atiendes mis llamadas, cada que pregunto por el bebé me esquivas.
—No es eso abuela, es que… es que quiero ser cuidadoso, no quiero que la gente mala atente contra mi familia.
—Sí, tienes razón, discúlpame por decirte egoísta, pero no te preocupes; ya las horas se hacen menos para poder conocerlo en persona.
—Claro, abuela. Estoy muy feliz por eso —dije entre dientes tratando de no desmayarme.
Corté la llamada y tuve que sostenerme de las paredes, la noticia pesa demasiado en mis hombros.
—Sebastián, creo que ya es hora de que me retire —dice el abogado saliendo de la oficina.
Me puse erguido y disimulé ante el abogado mi preocupación.
—Que le vaya bien, señor Porto.
Volví a mi oficina hiperventilado, puse la mano en mi pecho pensando que podría darme un ataque al corazón por la impresión.
—Esto no me puede estar pasando —decía caminando de un lado a otro.
Aflojé mi corbata y desbroché el primer botón de mi camisa.
—Señor McCutchen ¿puedo pasar?
—Sí, Magnolia, ¿Qué pasa?
—Señor, la señorita Ángeles García está aquí —dice la mujer asomada en la puerta.
—Perdón ¿Quién?
—La joven que vino para la entrevista, la que su abuela recomendó.
—Oh sí, dígale que pase.
Volví a acomodar mi corbata y mi saco, aunque eso no me quitaba la expresión de terror que ahora tengo. Me senté en mi lugar y escuché que tocaron la puerta.
—Pase.
Entrelacé mis dedos y apoyé mis codos sobre el escritorio.
—Buenos días, soy Ángeles García López, vengo para una entrevista.
Miré a la joven de pies a cabeza y me pregunto de donde mi abuela la puede conocer.
—Buenos días, tome asiento, por favor.
—Gracias.
La chica se ve algo joven, no creo que llegue a los veinticinco años.
—¿Usted conoce a mi abuela?
—Perdón ¿a quién?
—A la presidenta, a la señora Theresa Farrell. Me dijeron que viene recomendada por ella.
—Oh no, no la conozco, vengo de parte de la señora Martina Faltoyano.
No tenía idea de quien era, pero supongo que es alguna conocida de la abuela.
—Entiendo, veo que tienes estudios no concluidos en contaduría y toda tu experiencia es de una tienda aquí en la ciudad ¿verdad?
—Sí, así es.
Volví a mirar el currículo de la chica, cada que leía negaba con mi cabeza.
—Me temo que no cumples con el perfil requerido para la vacante que tenemos. Necesitas al menos una certificación como técnica contable para el puesto de auxiliar que solicitamos.
—Oh, por favor, necesito el empleo.
—No sé quién te recomendó con mi abuela, pero no puedo contratar personal que no esté capacitado.
La chica baja su cabeza y luego me dice:
—Está bien, comprendo. Muchas gracias por su tiempo.
La mujer toma el currículo de mis manos y lo guarda dentro de su cartera.
—Lamento no poder ayudarle —fue todo lo que pude decirle.
—No se preocupe, de nuevo muchas gracias por recibirme.
La chica sale de mi oficina dejándome de nuevo pensando en mi gran problema, ¿Qué debo hacer? ¿Qué mierd* se supone que haga?
—Oye, Sebastián, ¿en qué piensas? Ni siquiera notaste que llegué.
Agité mi cabeza y vi a Daniel, mi amigo y coordinador de finanzas.
—Lo siento, es que tengo muchas cosas en la cabeza.
—Oye, ¿Qué pasó con mi auxiliar contable? Creí que llegaría hoy.
—Lo siento, no tengo a nadie aún, pero pronto lo conseguiré —dije rascando mi cabeza.
—Está bien, pero no tardes.
Daniel se da la vuelta para salir, pero lo detuve al pensar que él podría ayudarme.
—Oye, Daniel, ¿desde cuándo somos amigos?
—Desde hace muchos años, ¿Por qué lo preguntas?
—Es que… bueno, somos amigos hace mucho y sabes muchas cosas que me han pasado, te he ayudado muchas veces porque te estimo y… ¿será que puedes ayudarme con algo?
Daniel me mira un poco extrañado porque mi actitud también es extraña.
—Claro ¿Qué necesitas?
—Necesito que me ayudes a encontrar un bebé para mí.
—¿Un qué?