Narra Ángeles
Preparé la pañalera de Dulce con todas las cosas que necesito cuando salgo con ella, parece una mudanza, pero se requiere de todo eso porque las emergencias pueden aparecer.
—¿Necesitas ayuda con la bebé? Digo, para que tú puedas organizarte.
—Te lo agradezco, Vicky. Dulce está casi lista, solo me falta ponerle sus zapatitos y un accesorio en su cabecita.
Victoria tenía un vestido de estampado de flores, algo llamativo sus colores, por cierto. Tenía unos pendientes de los que colgaban flores amarillas, un collar de perlas del mismo color y zapatos en color verde. Ella es algo pintoresca para vestir, no le gusta pasar desapercibida, su manera de vestir es un reflejo de su personalidad.
Yo opté por algo menos llamativo, un vestido de color ocre, fue un obsequio de mi antigua jefa; hasta ahora tengo la ocasión para usarlo.
—Vaya, que bonita te ves.
—¿Eso crees? —pregunté mirándome en el espejo.
—Oye, no conocía esa cinturita, que guapetona ¿Cuánto cuestan esos melones?
Me reí ante los comentarios de Vicky y seguí tratando de acomodar el atuendo, el cual complete con zapatos de tacón bajo y un collar que tengo desde hace un tiempo. En mi cabello que es rubio y me queda a la altura de mi cintura, no hice mucho, solo lo peiné y lo dejé suelto. No tengo mucho maquillaje, pero siempre resuelvo con lo básico, un rímel para destacar mis pestañas y el color azul de mis ojos y un labial rojo para darle color a mi pálida piel.
—Bien, es hora de irnos.
Salimos del edificio y tomamos un taxi, íbamos un poco tarde, pero lo bueno es que ya la mesa estaba reservada. No dejaba de sentirme intranquila por aceptar su invitación, pero creo que esto es mejor para ella que estar sola encerrada en su habitación, espero más adelante compensar todo esto.
—Buenas noches, tengo una reserva a nombre de Victoria Gonzales.
—Buenas noches, bienvenidas al restaurante Royal, por favor acompáñenme por aquí —menciona la chica en tono muy elegante.
Vicky me hace un gesto de asombro y sonríe con amplitud. Ella cambia su manera de caminar y levanta sus dedos meñiques con algo de clase.
—Por Dios, cuanta elegancia —susurra tapando su boca.
—Me alegra verte así —respondí caminando a su lado con mi hija en brazos.
Nos sentamos en la mesa que nos indicaron y nos reciben con una copa de champaña.
—Oh, ¿esto es gratis? —le pregunta al mesero.
—Sí señorita, es una bebida en cortesía de la casa.
—Bueno, siendo así…
Vicky le da fondo blanco a su copa y la extiende al mesero para que la vuelva a llenar, sentí un poco incómodo el momento, pero el hombre volvió a llenar la copa y de inmediato se retiró.
—Quiero brindar, así que hazlo conmigo.
—No tomaré alcohol, Vicky, sabes que aún amamanto a Dulce.
—Solo una copa, no pasará nada. No creo que la bebé se emborrache con eso. Vamos, aunque sea solo un sorbo.
—Está bien —respondí levantando mi copa.
—Quiero brindar por las amigas como tú, por las que dan sabios consejos y acompañan en momentos difíciles, quiero brindar porque de ahora en adelante buscaré convertirme en una mujer de valor, porque quiero y merezco ser valorada, bridemos por eso, ¡Salud!
—Salud —contesté chocando nuestras copas y dando un ligero sorbo que solo humedece mis labios.
—Señoritas, aquí tienen la carta, cuando tenga listo su pedido, vendré.
—Gracias.
Acomodé a mi bebé en mi regazo para abrir la carta, casi me da un infarto al ver los precios tan elevados.
—Dios, esto es muy caro.
Vicky tenía sus ojos abiertos de par en par.
—Oye, creo que aún estamos a tiempo de irnos ¿no crees?
—No —refuta ella—. Merecemos comer al menos algo así, aunque sea una vez en la vida.
—Oye, puedo pagar una parte de la comida, tengo el dinero de mi liquidación y…
—Está bien, yo dije que invitaría, algún día tendrás la vida de reina que mereces y puedes invitarme. Solo pide lo más económico.
Asentí y cuando volví a mirar la carta, el teléfono de Victoria suena. Algunas personas nos miran con rareza y es porque el timbre de sus llamadas es el mugido de una vaca.
—Es Danilo, por Dios, ¿Por qué me llama? ¿será que le respondo?
Miré a todos lados y no quise presionarla, pero quería que ese ruido desapareciera.
—No lo sé, si deseas hacerlo hazlo y si no quieres está bien, solo piensa en lo que quieres y es mejor para ti, ¿Qué es lo que tú quieres hacer?
Aconsejo a Vicky porque la quiero y le debo mucho, pero no quiero que mis pensamientos influyan en ella, al final es lo que cuenta es lo que su corazón desee.
—Sabes qué, le voy a responder, debo aprovechar este impulso para soltar todo lo que tengo atascado en mi pecho. Vuelvo en un momento, iré al baño para poder hablar tranquila.
—De acuerdo.
Victoria se aleja de nosotras, así que ordenaré cuando vuelva, mientras, aproveché para darle el biberón a Dulce María.
Me gusta mirar a mi bebé mientras come, es tan bonita que me enamoro de ella a cada momento.
En mi visión panorámica empecé a tener una imagen a la vista, creí que algún grupo de personas se acercaba para sentarse en la mesa de al lado, pero no se desviaban, cada vez venían más cerca de mí; por lo que me vi en la obligación de levantar mi cabeza.
Frente a mí se detiene un hombre de traje elegante, me tomó unos segundos para reconocer ese rostro que se me hizo tan familiar. Abrí mis ojos al darme cuenta que era él, el hombre que me hizo la entrevista.
—Usted… ¿Qué hace aquí? —cuestioné mirándolo con el ceño fruncido de pies a cabeza.
—Ángeles, por favor, sígame el hilo —susurra con nerviosismo.
—¿De qué hilo me habla? —pregunté sin entender nada.
Detrás de él aparece una señora de avanzada edad que se apoyaba de un bastón al caminar, y con ella un hombre pelón que trae un maletín.
—Abuela, te presento a Ángeles y a mi hija —dice el tipo señalándome con ambas manos.
—¿Su qué? —pregunté arrugando todo mi rostro sin comprender lo que dice.
—¡Oh, mi nieta adorada! hasta que por fin puedo conocerte —dice esta señora caminando lentamente hacia mí haciendo sonar el bastón en el piso—. Hazte a un lado Sebastián, estás en el medio, no me dejas ver a mi nieta.
La señora usa su bastón para quitar a este hombre de su camino y detenerse frente a mí.
—Dios, es tan preciosa, ¿Qué esperas? Déjame cargarla —me dice la señora acercándose hacia mi bebé, pero la hice a un lado mirando a este hombre que se ha vuelto loco.
—Por favor —pude leer en los labios de quien sé su nombre es Sebastián para que deje que la señora cargue a mi hija.
Puse en duda si debía hacerlo, pero los ojos iluminados de la mujer, no me hicieron desconfiar, todo lo contrario; juro que vi en ella los ojos de emoción de mi abuelo cuando vino a conocer a mi hija, por lo que la fui soltando para que ella la cargara.
—Porto, acomoda una silla para mí —le ordena al otro hombre, al calvo que está a su lado.
—De inmediato, señora.
El hombre deja su maletín en el piso y acomoda detrás de la señora una silla para que pueda cargar a la bebé.
—Oh, es hermosa —expresa sonriendo, sonrisa que la bebé imita de inmediato—. Es demasiado bella, mira esa piel tan bonita y esos ojos tan… Oh, tiene ojos azules, imagino que heredó los ojos de su madre —comenta mirando el color de mis ojos—. Sebastián ¿Cómo es su nombre?
—Es… es… —intenta responder Sebastián tocando mi hombro con su dedo índice para que yo responda.
—Es Dulce María —respondí alejándome de este tipo para que no me tocara.
—Si no vengo, no conozco a mi preciosa nieta. Mantengo lo que te dije antes, eres un egoísta por limitarme de conocer a esta preciosura.
—Abuela, te dije que fue por seguridad, no lo hacíamos porque… porque…
El hombre parece nervioso, su frente hasta empieza a sudar. Por lo que toma la siguiente silla y se acomoda al lado de su abuela.
—Bueno, ya sabes. Lo que siempre te dije, el embarazo de Ángeles fui riesgoso, ¿verdad, mi amor?
Fruncí mis cejas y arrugué mi nariz ante su expresión, ¿Cómo que mi amor? ¿Cuál mi amor?
Esta situación me empezaba a incomodar por lo que no pensé en quedarme callada.