Capítulo 15

1127 Words
Unas horas más tarde... Me di cuenta demasiado tarde del daño que le había causado a Ayla. La herí lentamente y no quise verlo. No, basta de excusas. No me haré más el imbécil. Sabía perfectamente lo que hacía en ese momento, sabía que estaba desgarrando el alma de mi compañera, y aún así lo ignoré. Creí tener tiempo. Creí que podía controlar las piezas del destino, como si fuera un dios y quise hacer una voluntad lejos del de la Diosa Luna. Pero lo único seguro que tenemos en la vida, es la muerte con Aaron. Me confié, me creí sabio, me engañé pensando que borrar sus recuerdos me permitiría tenerla a mi lado sin conflicto. Qué estúpido. Era inevitable que la verdad resurgiera. Nadie se quedaría junto a aquel que condenó a su hermano. —Velkan, tienes que calmarte —dijo Ares, sentándose a mi lado. Su voz era grave, con un eco casi animal en el pecho—. Lo sabías. Sabías que esto vendría, y aún así caminaste directo al abismo. Mara y Katrina te lo advirtieron. —La hice pedazos en segundos —apoyé la espalda contra la pared, pasándome las manos por el rostro—. Una revelación bastó para romperlo todo. Mírame, Ares. ¿Cómo pude ser tan ciego? La había llevado a mi habitación. —Si tu compañera fuera una humana normal, esto no estaría pasando —respondió Ares, con sinceridad brutal. Lo miré con advertencia, pero él levantó las manos—. No te ofendas. Ayla no es cualquier mujer. Es un ángel caído. Un demonio. Y sabes que eso lo cambia todo. Un ángel caído... Un demonio en piel de porcelana. —Si me rechaza... no sé qué haré —admití, con voz baja, observando a la mujer dormida en mi cama. Incluso en su sueño inquieto, irradiaba un poder oscuro latente, como brasas bajo cenizas. —Desde que la conociste, hermano, supiste que no habría paz —dijo Ares, con un suspiro, su propia aura licántropa crepitando suavemente a su alrededor, un halo plateado apenas visible—. Pero eres el Alfa. Siempre estaremos contigo. —No quiero apoyo. Quiero que Ayla no sufra más —le murmuré. —Eso... eso no puedo dártelo —Ares bajó la mirada, y por primera vez vi tristeza en sus ojos. El silencio se asentó como un manto pesado. Solo el sonido entrecortado de la respiración de Ayla rompía la quietud. Su rostro se tensaba, perlas de sudor adornaban su frente. Su alma estaba librando una batalla. Una que debía ganar para poder ser libre. Y entonces, el infierno se desató en ese lugar. El grito desgarrador de Ayla rasgó la habitación como un relámpago. Me puse de pie en un latido. Ares, Aaron, Parker y Slack estaban ya sobre ella, sujetándola por las extremidades. La cama temblaba bajo la fuerza descomunal que brotaba de su pequeño cuerpo. Su piel brillaba, un resplandor níveo que se fracturaba con destellos oscuros. De su espalda surgían sombras, alas negras rasgadas, que golpeaban el aire con furia. —¡Se está lastimando! —gritó Slack, apretando su brazo derecho. —¡Velkan, aléjate! —rugió Ares, con su aura expandiéndose en ondas plateadas, conteniendo la violencia de la habitación. —No puedo calmarla, está cruzando la frontera de su menta y la magia, ¡recuerda todo! —gritó Aaron, con ojos encendidos de un fulgor azul sobrenatural. La habitación vibraba. El suelo crujía. Las paredes exudaban un susurro de voces antiguas, como si la mansión entera sintiera el peso del poder que Ayla liberaba. Di un paso adelante. —¡NO TE ME ACERQUES! —gritó Ayla, su voz resonó en dos tonos, uno humano y otro espectral. Sus ojos eran abismos oscuros, las venas negras trepaban por su sien. El aire a su alrededor estaba cargado, eléctrico, con un aroma metálico que helaba la sangre. Aún así, mi instinto me empujó hacia ella. El vínculo entre compañeros palpitaba en mi pecho. Un hilo de plata, invisible para los demás, me ataba a su alma. —Ayla... —murmuré, dejando que mi aura de Alfa se derramara, cálida y envolvente. Con un resplandor dorado que llenó la habitación. Los demás dieron un paso atrás, apenas respirando. Mi energía empujó suavemente contra la suya, no para dominarla, sino para recordarle quién era yo. —Perro pulgoso... —escupió con voz ronca, pero vaciló. Sus alas temblaron. Sus uñas, que habían crecido en garras negras, arañaron las sábanas, no a mí. Me arrodillé junto a ella, acariciando su brazo con una ternura que temblaba de miedo —Estoy aquí. Siempre estuve aquí, Ayla. Escúchame... escucha al compañero que te ama más que a su propia vida y te pedirá perdón todos los días de su vida. Un estremecimiento cruzó su cuerpo. Sus gritos menguaron, reemplazados por sollozos. Las sombras en sus ojos comenzaron a retroceder, dejando al descubierto el verde límpido de su mirada. Aaron, parado detrás, alzó las manos, liberando la última barrera de magia que la contenía. Parker suspiró, dejando escapar el pie izquierdo. Ares gruñó por lo bajo, retirando su energía, aunque sus ojos plateados seguían atentos. —He recordado todo... —susurró Ayla, derrumbándose, tapándose el rostro con las manos—. Lo arruiné todo. Lo arruiné por alguien que no lo valía... Y ahora estoy encadenada para siempre. Me senté en la cama, el colchón se hundió bajo mi peso, y tomé su mano entre las mías. —Todos llevamos cadenas, Ayla. Pero lo que hacemos con ellas... eso nos define. —Tú... —alzó la mirada, con las lágrimas surcando su piel luminosa—. Tú eres un lobo que no ha superado a su novia muerta. ¿Cómo puedes hablarme de cadenas? Sonreí con amargura porque me lo merecía. —Porque yo también estoy rompiendo las mías. Nos quedamos en silencio, solo respirando, rodeados del resplandor tenue de nuestras auras que se entrelazaban como hilos de luz y oscuridad. —Déjenme un momento a solas, por favor... —pidió con voz quebrada. —No —respondimos todos a la vez, haciéndola esbozar una sonrisa débil. Aaron levantó la mano, dando la señal de que todo estaba bien con ella. Y me incliné hasta su oído para susurrarle: —Eres un ángel bueno, Ayla. Déjanos descubrirlo contigo. El destino no ha terminado de escribir tu historia. Al salir, sentí mi corazón golpeando las costillas, como un tambor. La puerta quedó entreabierta y esta vez, no dejaría que se perdiera. No dejaría que caminara sola al abismo. Diosa Luna, una oportunidad más y prometo que haré las cosas mejor. Amo a mi ángel. Amo a mi hermosa compañera. Prometo vivir solo para ella, pero no dejes que sufra más.
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