Capítulo 1. El toro y la rosa
DUBÁI, 2:14 AM…
Nair Haddad miraba el techo agrietado de su pequeño apartamento como si esperara que el cielo se abriera y le escupiera una solución.
No podía dormir.
«Seguro… vendrán. Siempre vienen a esta hora»
En eso, el timbre sonó dos veces. Corto. Brutal.
Nair se levantó de golpe, el corazón golpeándole las costillas.
«¡Son ellos!»—pensó tragando profundo.
Miró por la mirilla. Dos hombres con trajes baratos y miradas de depredadores.
—Sabemos que estás ahí, Haddad —dijo uno.
Ella respiró hondo, se armó de valor, se bajó de la cama caminó hacia la puerta y la abrió solo lo necesario.
—Salam, señores.
El más alto sonrió sin ninguna calidez.
—El señor Karimi te manda un recordatorio. El próximo viernes vencen cuatro mil doscientos dólares. Ni un día más. —¿Entiendes lo que pasa si no pagas, niña? —añadió el otro, bajando la voz—. No querrás que... ¿te pase algo verdad? sabemos en donde vive tu familia.
Nair apretó la puerta con fuerza, pero su voz salió firme:
—Lo tendré. El viernes estará el dinero.
Los hombres la miraron unos segundos más, como midiendo si mentía, y finalmente se marcharon. Sus pasos resonaron en el pasillo como una sentencia de muerte.
Cuando cerró la puerta, Nair se derrumbó contra la madera y se deslizó hasta el suelo. Las lágrimas le quemaban los ojos, pero se negó a dejarlas caer. Ya no tenía derecho a llorar.
—Estoy más que jodida… —susurró con la voz rota.
Después de varios minutos, se levantó con esa rabia desesperada de quien ya no tiene nada que perder. Abrió su viejo portátil sobre la mesa y modificó el CV con dedos temblorosos.
Fecha de nacimiento: (La cambió). Edad: 22 → 30. Experiencia: tres años inventados como secretaria ejecutiva.
Leyó el resultado con los ojos enrojecidos.
—Treinta años. Secretaria con experiencia —murmuró Nair, repasando su propio perfil en la pantalla—. Vamos, Nair… siempre has sido buena actriz.
Cerró el portátil con un golpe seco, como si quisiera enterrar sus dudas junto con la pantalla. El pequeño apartamento de
una sola habitación estaba en completo caos: ropa tirada sobre la cama, tazas de café frío en la mesa y facturas médicas aún apiladas en una esquina, recordatorios de la guerra que acababa de ganar.
—Si tengo que venderme al diablo para pagar todo esto… que así sea —susurró con una sonrisa amarga, casi desafiante—. Total, ya vendí mi alma cuando firmé esos préstamos.
Se recostó en la silla desgastada y respiró hondo. Por un segundo, sus ojos se humedecieron, pero parpadeó rápido para
contener las lágrimas. Abrió la galería de su teléfono y buscó la foto más reciente de su madre.
Ahí estaba ella: sentada en la cama del hospital, todavía débil pero sonriendo con esa calidez que siempre había sido
su refugio. El color había vuelto a sus mejillas y, por primera vez en meses, sus ojos brillaban con vida real.
Nair pasó el dedo por la pantalla, acariciando la imagen.
—Por lo menos… mami está bien —dijo en voz baja, casi como una plegaria—. Eso es lo único que importa.
Guardó el teléfono contra su pecho un segundo, como si pudiera abrazar esa sonrisa. Luego se levantó, se miró en el espejo
roto del armario y cuadró los hombros.
—Mañana entras a la jaula, Nair. Y más te vale no temblar.
MIENTRAS TANTO, EN LA TORRE AL-SHARIF…
A esa misma hora, el adicto al trabajo Manasés Al-Sharif, de 35 años, estaba de pie frente al ventanal del piso 78, con un vaso de whisky intacto en la mano. Alto e imponente, su figura se recortaba contra la noche de Dubái como una sombra tallada en piedra.
Llevaba el cabello rapado casi al ras, lo tenía así para no perder tiempo peinándose según él, lo que acentuaba sus rasgos afilados y aquellos ojos verdes, penetrantes, que parecían capaces de atravesar el acero y el alma por igual. Guapo de una forma peligrosa, como todos los hombres de la línea Al-Sharif, pero su presencia sola bastaba para intimidar.
Abajo, la ciudad brillaba como un espejismo cruel.
Manasés apretó el vaso con fuerza.
—Siete años… —murmuró con voz ronca—. Siete años, dos meses, catorce días y… —miró el reloj en su muñeca— nueve horas y cuarenta y tres minutos.
Hizo una pausa, respirando lentamente, como si cada número fuera una daga que se clavaba más profundo.
—Dos mil quinientos noventa y siete días.
Siete años desde aquella noche en que su mundo se hizo pedazos y no... podía olvidar.
Sus ojos verdes se perdieron en la noche de Dubái, pero su mente estaba atrapada en aquel lugar, en esa fecha que nunca lograba olvidar.
Apuró el whisky de un trago. El ardor no fue suficiente. Nunca lo era. Así que invocó su nombre de las sombras, ese que muy
pocos conocían:
—Vamos, Black Bull.
En eso, su guardia de confianza lo sacó de sus pensamientos:
—Señor, ya el auto está listo.
—Está bien —dijo él de manera seca.
Luego vio una carpeta sobre el escritorio. Dentro había una nota de Obed Al-Nasser, la jefa de recursos humanos:
“Jefe, no se preocupe, mañana tendré entrevistas con más secretarias. Sé que le encontraré la perfecta.”
Manasés solo miró el papel y resopló con desprecio.
—Já.
Alzó la pequeña grabadora que siempre llevaba consigo y dictó con voz gélida:
—Despedir a Obed dentro de dos días si no me consigue una secretaria decente.
Miró a su guardia de seguridad y ordenó:
—Vámonos.
Y sí, mañana otra secretaria intentaría sobrevivir en su piso. Y mañana, como siempre, él la destrozaría.
Porque si él no podía ser feliz, nadie merecía sonreír a su lado.
CONTINUARÁ…