—¡Paola! —grité, aterrado. ¿Cómo fue que supo donde estaba? Lo recordé enseguida. El GPS del celular estaba encendido. Ella me vio de inmediato, e hizo de tripas corazón—. ¡Sal de aquí, hermanita, te lo pido! — exclamé. Ella pareció ignorarme. El rostro de Rómulo, al verla, se ensanchó en sobremanera. Sus ojos se iluminaron como si fuese visto al mismísimo ángel Gabriel. Bajó el arma, y en su descuido, la arrastré con mis pies, hacia mí. Algo bueno tenía que salir, ¿no? Y para algo debía servir, aparte de disparar proyectiles. —¡Vaya, vaya! Miren quien tenemos aquí... Ha llegado la invitada estrella. —comentó, al ponerse en pie y aplaudir—. Bienvenida, querida Paola, justo estaba esperando por ti. —¡A ella no la tocarás, desgraciado! —grité con todas mis fuerzas. Ella emitió un sollozo

