Capítulo 3

3533 Words
Marco estaba a pocos centímetros de mí, mientras yo trataba de asimilar la situación. ¿Qué pasaba ahora? No era tan caída de la mata como para no entender que él se me estaba declarando o iba a hacerlo. —¿Marco, q-q-qu-qué haces? —Sí, por supuesto que iba a tartamudear. Es algo normal en mí cuando los nervios afloran. —Tú estás enamorada de José Miguel, no lo niegues. —Mi cara se convirtió en un poema, en un enorme signo de interrogación. —¿Y qué hay con eso? A ver, Marco, ¿qué pasa si estoy enamorada de él? —inquirí, desafiándolo a decirme la verdad. —¿Quieres saber qué pasa? —En sus ojos vi frustración, decepción, ira, enojo, desilusión. Eso me confundía más. Marco me tomó por la nuca y plantó un beso sobre mis labios. Lo aparté al instante, le miré fijo a los ojos y, sin titubear, le devolví el beso; este se intensificó más de lo que yo habría imaginado. ¡Dios mío, estaba besando a mi mejor amigo! Nos separamos de nuevo. Él se disculpó por lo que él definió como un impulso y desorden hormonal; no dije nada aunque por dentro me moría por decirle otras cosas. Yo lo llamaría desastre, a decir verdad. Marco se encerró en su habitación y no supe más de él hasta el día siguiente cuando encontré una nota sobre la isla de la cocina donde se despedía porque no quería causarme incomodidades. Sentí ganas de llamarlo, de pedirle que regresara. No era cualquier persona, se trataba de mi mejor amigo.  Busqué mi celular, marqué su número y esperé que atendiera. Cuando creí que había contestado, me di cuenta que solo era su buzón de mensajes. Le escribí al señor Alexander para saber si Marco estaba en su casa pero no, Alexander no sabía nada de su hijo y me pidió que me quedara tranquila, que él trataría de ubicarlo, que me informaría apenas tuviera noticias de Marco. —Se lo agradezco mucho, señor Alexander. Él solo me dejó una nota de despedida pero no tengo idea de que lo llevó a tomar tal decisión. —No mentía. —Tranquila, seguramente debe estar en camino. ¿Pelearon anoche o algo? —No, la verdad es que no. Estábamos muy bien, de hecho. No entiendo por qué tomó esa decisión a último momento. —Le expliqué, con mi voz quebrada por la preocupación.  —Tranquila hija, yo me encargaré de hablar con él cuando llegue y le diré que se comunique contigo—Suspiré, esperanzada de que él quisiera hablar conmigo de nuevo después de lo que ocurrió anoche—. Solo confía, él está bien. —Bueno, está bien. Muchas gracias de nuevo —Sonreí y colgué. —¿Está todo en orden? —Me di vuelta y me encontré con José Miguel. ¿En qué momentó entró a la casa que no me di cuenta? Daba igual, dejé el celular sobre la mesa y corrí a abrazarlo. Él no dijo ni preguntó nada más, solo me abrazó. Me separé por un momento, le miré y me sonrió—. No tengo idea de qué sucede pero si necesitas un paño de lágrimas, aquí estoy para ti, ¿de acuerdo? —Es una larga historia, pero estoy bien, lo prometo. —Él no me creía, lo vi en su mirada—. En serio, estoy bien. Me miraba con cara de poco convencido. —¿Qué? —¿Cómo qué “qué”? No estás bien, tienes una cara de preocupación que ni te cuento. —Es difícil ser yo, ¿sabes? Siempre hay problemas, discusiones sin sentido, despedidas inesperadas —Solté seguido de un suspiro. Él asintió con una sonrisa—. Gracias por estar aquí. —No tienes que darme las gracias, más bien, debo agradecerte yo a ti. —Le miré confundida—. Bueno, por el compartir de anoche, ser tan amable conmigo cuando apenas me conoces... ¿Eres así de cariñosa con todo el mundo? —La verdad es que no. Creo que todo depende de la química, de como me siento con esa persona. Si me agrada, chévere. Sino, pues, ni al caso, ni una galleta le invito. —Él se echó a reír con ganas. Me levanté a buscar café en la cocina, le pregunté si desayunó, contestó que no, así que no tardé en invitarle pues yo tampoco había desayunado. Él aceptó sin dudarlo. Preparé unas panquecas que, no es por nada, me quedaron divinas; rallé un poco de queso, coloqué la mantequilla en la isla, hice café y cuando ya estuvo listo todo, serví en el comedor. A José Miguel lo pillé viendo unas fotos familiares colgadas en la pared de la sala. —¿Deleitándote un rato con las generaciones de mi familia? —indagué, sin pretender seducirlo ni nada. De hecho, mi mirada se enfocaba en los cuadros. Él me miró y luego volvió a las fotos—. Es una manera de recordar de donde vengo, y de que ellos... De sentirlos conmigo cuando estoy tan lejos. —Es... Me parece muy creativo de tu parte y emotivo el detalle. —Le miré, luego él a mí. Desvié mi vista hacia la fotografía de mi abuelo. Casi enseguida sentí el nudo en mi garganta. Lo notó—. Es increíble el parecido que tienes con tu madre, son dos gotas de agua. —argumentó, señalando una fotografía de mi graduación de bachiller en la que salgo con mamá. Luego de aquella conversación, me confesó que su intención principal era desayunar conmigo, dado que era nuevo en el edificio y yo era la única persona que él conocía hasta el momento. Me pareció muy lindo de su parte. ¿Cómo decirle que no? Sería descortés y repulsivo de mi parte no ayudarlo a socializar. Él preparó el desayuno esa mañana y fue exquisito, debo admitirlo. Al terminar, me levanté y apilé los trastos sucios en silencio. Los coloqué en el seno del fregadero y abrí el agua. Supe que él terminó de comer cuando depositó su vaso y plato. Tomó, en silencio, un paño para ayudarme a quitarle la humedad. —Stefanía —apeló, en tono de conversación. —¿Sí? —Necesito preguntar algo, no sé si sea de mi incumbencia pero realmente me interesa saber qué hay entre Marco y tú —Le miré, no supe que decir.Mantuve los ojos fijos en el plato mientras lo recogía—. Anoche cuando jugábamos verdad o reto, él te miraba demasiado y los ojos... Stefanía los ojos le brillaban. No sé porqué pero me dio la impresión de que está enamorado de ti. —¿Te han dicho que eres muy observador? —Inquirí sin variar mi expresión. Él tragó saliva ruidosamente y entonces sus ojos se entrecerraron y se volvieron hacia mí—. No sé si sea eso, la verdad. En caso tal de que él esté enamorado de mí o sienta cosas, pues no puedo corresponderle. Marco es mi mejor amigo, solo lo veo de esa manera. —Entiendo... Voy a hacerte otra pregunta... Suponiendo que nos conocemos desde hace años, si yo, José Miguel Rodríguez Villegas te pidiera una oportunidad, ¿qué me dirías? —Te diría que estás loco —solté mientras lo miraba a los ojos—. Apenas nos conocemos. —La pregunta fue si nos conociéramos desde hace tiempo. Ya sé que sería muy loco pedirte una oportunidad tres días después de conocernos. Sentí mi corazón latir desenfrenado. No sé porque me imaginaba tantas cosas, ya mi mente se hacía una película con secuela y demás. Me regañé a mí misma por eso. —¿Por qué me preguntas todo esto, José Miguel? —Me atreví a preguntar. —Porque desde el primer segundo, Stefanía, me siento atraído por ti, y sé que solo han pasado escasas horas, pero es lo que siento. Me atraes y demasiado, no sé qué pasó, no sé que me hiciste. —alegó con dureza—. Y créeme cuando te digo que nunca antes hice algo así. Tú eres otra cosa —¿A qué te refieres con “otra cosa”? —Dibujé las comillas en el aire, al tiempo que enfatizaba en sus propias palabras—. Digo, se puede malinterpretar, ¿no crees? —Lo que digo es que contigo sí quiero estar, tú sí me gustas —contestó, con firmeza—. La mujer con la que me oíste hablar ayer por teléfono es mi ex, la quise mucho, y cuando la conocí, me sentí atraído. En ella vi muchas cosas buenas, y aprendí a quererla. Me gustaba mucho, con ella quería todo. —¿Y luego qué? ¿Llegué yo y eso cambió? Porque si es así, puede pasar conmigo y con cualquier otra mujer. —Le entregué el otro plato, él lo secó y colocó junto al resto—. Aparte, es un cliché. Lo he visto en todas las telenovelas. —¡Claro que lo cambiaste todo! —exclamó como si fuera algo obvio—. ¿Sabes una cosa? Hace unos meses yo estaba decidido a pedirle matrimonio, a decirle que quería una vida entera a su lado. —¿Y qué te llevó a cambiar de parecer? —Descubrí que me mentía, que no era lo que decía ser. La perdoné, intenté que las cosas funcionaran de nuevo y que ella cambiara su forma de hacer las cosas. —Te dolió más no haber logrado ese cambio en ella que la misma mentira, ¿cierto? Te golpeó el ego. —Sí. No te voy a caer a mentiras. —De todas formas, no te creería. —Lo cierto fue que... Regresé a Caracas hace poco, con la intención de borrar ese desagradable episodio de mi vida. Le pedí a Dios que me ayudara a perdonar realmente a Mariana, para sacarla de mi corazón, de mi mente y todo. Ella sigue buscándome, como si nada fuese pasado. —¿Y tú por qué le contestas, pues? Si quieres superar o borrar una etapa de tu vida, ¿por qué conversas con ella? —Debo dejar de hacerlo, estoy consciente. —Le miré y noté que él quería alejarse de su ex novia, tomé aire, suspiré y le tomé la mano. —Discúlpame que opine así sobre tu vida, José Miguel, pero sé lo que se siente, también pasé por ello. —Me atreví a confesar. Él me miró con incredulidad. —Una muchacha tan linda como tú, ¿sufriendo por desamor? ¡No lo creo! —Sonrió, con los labios cerrados. —Y que engañen a un muchacho tan guapo como tú tampoco parecía posible. —José Miguel emitió una risa que dejaba a la vista su blancuzca y perfecta dentadura. Me uní a sus risas, era inevitable. —Bueno, aquí el punto eres tú, que apareciste y marcaste el antes y el después en mi vida. No sé que hay en ti, que tienes que me atrae tanto, pero lo voy a descubrir, Stefanía. —En sus ojos vi la sinceridad de sus palabras, me parecía increíble que alguien pudiera ser tan transparente y sincero con respecto a sus sentimientos. Me dejó muda. Debo reconocer que el hombre tiene talento para conquistar a una mujer, para conseguir lo que quiere y para subirme los nervios de una manera impresionante. Después de aquella declaración, él vaciló un poco y lo demás ocurrió en fracciones de segundos. Poco a poco, las cosas fueron tomando su lugar. Pasaron alrededor de doce o dieciséis semanas, ya ni recuerdo muy bien. Solo sé que a su lado me sentía bien, segura. Mientras más tiempo pasábamos juntos, más me gustaba. Tenía miedo de aferrarme a él y que luego desapareciera, de que no fuera real. Comencé clases de nuevo. Ya era el penúltimo semestre y tocaba pasantías, ya había realizado el seminario, correspondía buscar donde hacerlas. Aquí fue donde entró en acción mi colega Bryan Ramírez que me hizo la mega vuelta para entrar a uno de los mejores canales de televisión en Centrooccidente como pasante lo que significó mi regreso a Barquisimeto por tres meses. Odiaba las despedidas y tener que dejar a José Miguel por tres meses no era sino un calvario para mí. Ya me había acostumbrado a su compañía, a su presencia cada día. Era parte de mi vida. El día que compré el pasaje, él me llevó al terminal de pasajeros La Bandera, allí no encontré nada para Barquisimeto, así que nos fuimos a AeroExpresos Ejecutivos en Bello Campo para consultar la disponibilidad. Por supuesto, el pasaje salió bastante costoso pero era más seguro que viajar desde La Bandera, sin duda. —Ok, te vas en quince días así que debemos aprovechar las dos semanas que quedan. —aseguró una vez subimos al carro. —¿Y qué tienes en mente? —Muchísimas cosas, créeme. —¿Debo asustarme? —No, solo déjate sorprender. Nadie dijo nada más en todo el camino, al llegar a la residencia, estacionamos el auto y bajé de primera para subir a casa, tomé el ascensor en planta baja para llegar más rápido pero no me esperé encontrarlo a él ya dentro del elevador. Lo miré y me reí. Por otro lado, estaba el tema de mi proyecto de grado. Ya había entregado el anteproyecto, esperaba correcciones y asignación del jurado. La idea original fue crear una editorial pero esto no fue posible en su momento. Estudiaba comunicación social, y podía hacer lo que yo quisiera siempre y cuando estuviese enmarcado en el campo de mi carrera. Al final, ningún reclamo que hiciera para validar mi punto de vista, valió la pena. Tuve que cambiar la temática de mi trabajo de grado, lo que me tomó varios días. ¡No sabía que hacer! Las sugerencias llovían pero yo no lograba decidirme. Decidí que Dios tomaría el control y sé que fue Él quien puso en mi mente la temática definitiva de mi trabajo de grado. Conseguí un tutor espectacular y, pese a los altibajos, en agosto logré terminar el anteproyecto, y con él, el semestre. Solo restaba esperar la asignación del jurado y las correcciones. En todo ese tiempo, José Miguel estuvo conmigo, lo que me confortó bastante.     Viernes 07/09/2018 07:00 am Caracas, Venezuela   Llegó el día del viaje. No lo esperaba con ansias ni deseo porque odiaba las despedidas como ya lo mencioné antes. Ambos sacamos el máximo partido a los 15 días que tuvimos juntos. Cada segundo que transcurría lo aprovechaba para mirarle a los ojos, apretar su mano y acariciar su cabello. —Actúas como si nunca nos volveremos a ver. —¿Sabes que son 3 meses, no? —Sí, pero vas a volver. No dije nada. —Tú piensas volver a Caracas, ¿verdad? Me detuve a mirarle unos segundos y continué con lo mío. —Stefanía, háblame claro, ¿tú te piensas quedar en Barquisimeto? —¡Claro que no! —Miré a José Miguel, él estuvo a punto de refutar—. Escucha bien lo que te voy a decir antes de que empieces a hablar. —Stef... —Estaré en Barquisimeto hasta la semana antes de mi cumpleaños. Serán tres meses, no más. —Él me abrazó—No tiene sentido que te hagas ideas locas. —¿Y qué sé yo si cambias de parecer, Stefanía? No soy adivino, no leo mentes. —¿Y tú crees que yo voy a irme así sin más después de lo que hemos construido juntos? No, José Miguel, yo no soy así. Te di mi palabra, voy a volver. Ninguno de los dos dijo nada más. Terminé de armar las maletas, recogí mi bolso y bajé al estacionamiento para montarlas en la maletera. Preferiría no dar detalles sobre el viaje o el momento de la despedida en el terminal de pasajeros. Fue bastante doloroso, la verdad. Dentro del autobús, saqué mi celular y le escribí a mi hermano Anthony que ya iba de salida a Barquisimeto para que me esperara en el terminal y me llevara a casa. Desde la ventana, observé que José Miguel seguía allí, esperando que el autobús saliera. Sentía el corazón chiquito por tener que dejarlo en Caracas por tanto tiempo.   01:00 pm. Barquisimeto, estado Lara   Supe que estaba en mi tierra cuando frente a mí pude ver el Barquisimeto de ladrillos que está en el Cardenalito, en toda la entrada de la ciudad. Tantos recuerdos que almacené allí de la infancia y adolescencia. Cuando por fin llegué al terminal de AeroExpresos, me sentí aliviada. Estaba en casa, por fin y aunque pareciera muy cliché, ya extrañaba a mi príncipe azul, quien por cierto, me envió un mensaje de texto preguntando si ya había llegado. «Sí, cariño, justo iba a escribirte», respondí y envié sin pensarlo dos veces. Añadí otro mensaje antes de que él respondiera: «No ha pasado un día y ya te extraño���». «Y yo a ti, me haces una falta tremenda���» «Esta noche hablamos por FaceTime». «Me parece perfecto���, princesa. Te quiero♥»    Bajé del autobús, busqué mis maletas y me dirigí a la sala de espera donde me encontré con mi hermano querido. La llegada a casa fue muy emotiva, mamá y papá me recibieron con abrazos y besos. Ellos no estaban al tanto de que yo regresaría, me preguntaron de todo y les conté sin lujos ni detalles. Omití, al menos ese primer día, mi relación con José Miguel. Ya habría tiempo para contarles todo. Estaba feliz y nostálgica a la vez por el último semestre que pronto iniciaría. Era un logro que solo podía agradecer a Dios por respaldarme en cada paso desde el inicio y por colocar en mi corazón el deseo de ser comunicadora social. Ya estaba a escasos meses de terminar la universidad, ni yo me lo creía. El fin de semana no pude parar de hablar sobre las pasantías y lo emocionada que estaba por comenzar. Mis papás estaban felices por mí y compartían la felicidad con todos los que podían. Por las noches no dejaba dormir a mis hermanos, solo hablaba del tema y ellos ya estaban obstinados.   Llegado el lunes 10 de septiembre, José Miguel me envió un mensaje de texto:   Hoy es tu primer día de pasantías, princesa. Te deseo lo mejor del mundo mundial. Brilla como solo tú sabes hacerlo, amor. Te extraño y quiero muchísimo.   Tardé en responderle pero tecleé una respuesta concreta: «Eres el mejor, te quiero♥».   En septiembre, recibí las normativas del trabajo de grado, la asignación de jurados y, consecuentemente, las correcciones de ambos que, por cierto, estaban fuera del país. Se podrán imaginar el suplicio que vivía. Con el mes de octubre llegaron las inscripciones del nuevo semestre, el último para mí. Así que inscribí las pasantías y el trabajo de grado. Cada semana era algo nuevo. Para mediados de noviembre tenía casi listo el informe de  pasantías que debía entregar a la coordinación. Solo faltaba agregar las actividades de las últimas semanas. El 7 de diciembre culminé el informe pero fue el 10 de diciembre que lo envié por correo electrónico a mis tutores de pasantías y a la coordinación. Aquel lunes me desperté con el mejor ánimo posible y llevé mi carta de culminación de pasantías. Los mensajes de José Miguel reventaron mi celular. Eran las nueve de la mañana cuando me desperté, la luz del sol entraba por la ventana y por más que me cubriera, no lograría nada. Ese día cumplía las doce semanas exactas y me sentía súper feliz por ello. Hice todo lo que tenía que hacer para poder regresar a Caracas. José Miguel decidió retomar su carrera, me contó que al yo regresar a Barquisimeto, comenzó sus papeleos para continuar su carrera de Comunicación Social. ¿Se imaginan eso? Dos periodistas juntos, ¡que combinación!   No éramos novios, apenas teníamos tres meses. No quería apresurar las cosas para no equivocarnos ni lastimarnos, iba a ser muy doloroso. Seguí mi rutina de limpieza, fui a la cocina y preparé mi desayuno. Mamá ya se había ido al trabajo y mi hermano estaba pegado en la pc. Desayuné, me duché y me vestí para irme al canal, debía estar a la 1 pm en punto y para lograrlo debía salir temprano. En el canal, compartí con las únicas dos amigas que logré hacer, había ido solo para cumplir horario, colaboré con algunas actividades y cuando menos acordaba ya eran las 5 de la tarde. Al regresar a casa, me encontré con la más grata de las sorpresas. —No puede ser. —Fueron mis palabras al ver al personaje, sentado conversando con mis padres. —Hola, cariño, yo también te extrañé. —pronunció con mi sonrisa predilecta. Dejé todo en la entrada y corrí a abrazarlo con tanta fuerza que me pidió que le soltara porque le faltaba el aire. Sonreía, estaba feliz y yo también. Supuse que su visita se debía a mi cumpleaños, me lo confirmó al decirme que no pensaba dejarme sola en el día más importante de mi vida. 
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