La fuerza con la que el sol brillaba era incluso más fuerte que mis ganas de levantarme. Sus rayos ultravioletas se esparcían en la habitación. Poco a poco, abrí los ojos y, al sentir el sol sobre mí, gemí.
De inmediato cubrí mi rostro con el brazo. Como si no fuera suficiente, mi cabeza parecía una bomba a punto de explotar, a causa de la resaca por la noche anterior. Estaba consciente, eso sí. Sin embargo, no recordaba algunas cosas. Sentí nauseas de repente por el olor a panquecas que provenía de la cocina. Precisaba del café para calmar el malestar. Pero solo había jugo y yogurt. Por tanto, me vi obligada a bajar a la cafetería.
—Hasta que te despertaste, Bella Durmiente —habló mi primo, desde la cocina. Me acerqué a
donde él se encontraba, y le saludé con un abrazo—. ¿Has dormido bien?
—Pues más o menos —repuse, adormilada. Él, sonrió con sinceridad—. ¿Qué hora es? ¿Dónde está Alexandra?
—Casi mediodía —respondió él—. Tu amiga se levantó temprano y regresó a su casa con la excusa de que no quería estorbar.
—¿Te soy sincera? Creí que era más tarde —Él rió y negó con la cabeza. Fui al refrigerador para servirme un vaso de agua y agregué—: Bajaré a comprar café, ¿quieres uno?
Entornó sus ojos, llenos de pura alegría.
—Sí, por favor, un mocaccino.
—Ok, ya vuelvo. Si llaman, me fui a Narnia —respondí. Él soltó una sonora carcajada.
Tomé un vaso de agua para saciar mi sed y, como toda chica, pasé por el baño a ver mi aspecto antes de salir.
—¡Santo Dios! ¡Qué horrible estoy! —chillé. Aunque me había desmaquillado la noche anterior, mis ojeras eran el eterno adorno de mis ojos. Escuché a mi primo reír. Lavé mi cara, cepillé mis dientes y recogí mi cabello. Sonreí al ver la nueva imagen ante el espejo—. Mucho mejor.
—Epa —Me llamó mientras veía televisión—. Pero hoy es domingo, todo está cerrado.
comprarás café?
—Y después yo soy la despistada...
—Te escuché.
—Era la idea. —Le guiñé el ojo con una sonrisa; tomé el monedero y las llaves para bajar.
Esperé a que las puertas del ascensor se abrieran, pero tardaba demasiado. Opté por las escaleras, teniendo en cuenta cuánto tiempo tardaría por allí. Por milagro del cielo, el ascensor se abrió antes que comenzara a bajar. Sin duda alguna, lo tomé.
Cuando llegué a planta baja, el señor Iván volteó a mirar de inmediato, me saludó con alegría como de costumbre, estaba bastante animado. Supuse se debía al clima tan veraniego que hacía. Salí en dirección a la cafetería donde me encontré una fila tremenda para la caja, por suerte Nacho me vio y me llamó a entrar. Sabía que no estaba bien colearme, porque esas personas llevaban mucho rato allí, pero el sol era inclemente y realmente no me apetecía hacer la fila.
Por obra y gracia divina, la cola comenzó a avanzar con más rápidez, lo que agradecí demasiado, pues la cabeza me explotaría en algún momento. Estaba aburrida, no tenía con quien conversar allí, me sentía sola en ese lugar atestado de personas. Le pregunté al señor de adelante la hora, más vale que no lo fuese hecho. “Gracias” musité con una sonrisa.
De pronto, vagos recuerdos de una conversación, llegaron a mi mente muy rápido con sus respectivas interrogantes, como si el dolor de cabeza no fuera suficiente para hacerme reventar.
Cuando la fila avanzó por cuarta vez, me percaté de la presencia de un chico bastante atractivo en uno de los mesones cercanos al vitral. Estaba enfocado en su celular, y por las expresiones de su rostro, parecía estar molesto.
¿Tendrá novia? , pensé.
Es inconcebible la idea de que esté soltero. Digo, con semejante atractivo, ¿quién no se fijaría en él? ese hombre está más bueno que el pan, ¡Dios mío!
De pronto, alguien se aclaró la garganta, llamando mi atención por completo. Apenada, miré a Nacho quien, como de costumbre, me dedicó una sonrisa.
—Buenos días, Stefy ¿qué te apetece en un día como hoy? —me preguntó como si nada. Aunque la picardía en su mirada me decía mucho más. Él añadió—. ¿Aparte de un novio como José Miguel? —susurró muy por debajo para que solo yo lo escuchara.
Sentí la sangre subir a mis mejillas, él se rió.
—Cállate, Ignacio. —mascullé, él no dejaba de reírse—. Por favor, un Capuccino para Marco y el mío...
—Un Mocaccino —continuó él, sin dejar de sonreír; asentí. Pagué mi pedido y esperé que me lo entregaran—. ¿Vendrás mañana?
—Como todos los días, cariño —contesté con una sonrisa. Él también sonrió, y pude notar que sus mejillas se habían enrojecido—. Hasta mañana, Nacho —Besé su cachete, despidiéndome.
Metí el monedero en el bolsillo de mi suéter y tomé los dos vasos con libertad. Intentaba recordar lo sucedido en la fiesta, o al menos, la conversación que tuve con cierta persona, pero no tuve éxito en el asunto.
Cuando caminaba hacia la puerta de salida, ocurrió lo peor, lo que más temía.
Tropecé con alguien.
Típico de mí.
—Mira que si eres idio...—chillé, cuando el café de Marco cayó sobre mí, empapando mi suéter y pantalón, pero al ver de quien se trataba, cerré la boca. Era José Miguel, el muchacho que vi sentado en el mesón hace unos minutos.
—Mariana hablamos después, ¿sí? No tengo tiempo para estupideces. —habló él antes de colgar el celular. Se notaba a leguas que estaba molesto. Me miró apenado por el desastre, se pasó las dos manos por el rostro, desesperado. Por mi parte, no sabía que decir ni hacer—. Perdona, en serio, no fue mi intención —añadió luego, en sus ojos pude ver la verdadera pena—. De verdad, te pido disculpas. Ha sido torpeza mía, venía hablando por teléfono y no me fijé que venías —habló rápido, tanto que apenas logré entenderle.
Lo más cumbre fue mi respuesta. Los nervios por la situación me llevaron a tartamudear después de tantos años de haber superado esa etapa. De paso, éramos el centro de atención de TODA la cafetería.
—¡N-n-no te pr-pre-preocupes! —exclamé tartamudeando—. Yo... Yo también venía distraída.
¡Genial! Lo que me faltaba.
Bonita forma de llamar la atención, Stefanía.
No esperaba ningún gesto de su parte, además de la disculpa, así que di por terminado el asunto y me dispuse regresar a casa, pero él me detuvo por el brazo
—Espera, no te vayas.
—¿Por qué? ¿Qué sucede?
—Me siento culpable, y no puedo dejarte ir así, lo menos que puedo hacer es reponertelo.
Ok, sinceramente no me esperaba eso. Aún quedan personas buenas en el mundo, no me cabe duda. Intenté oponerme, no quería causar molestias ni malos comentarios.
—¿Cómo que no? Déjame reponerlo, por favor. He sido el principal responsable de este desastre y no puedo hacer menos que eso.
—Bueno, ya que insistes tanto... Creo que no tengo alternativa.
—Realmente no hay más opción. —aseguró, con una mirada tierna pero firme a la vez—. Espérame aquí, ya vuelvo.
Me limité a asentir con la cabeza, que, por cierto, me daba vueltas pero no por la resaca, de eso estaba segura. Cuando él regresó con otro vaso de café, me lo entregó amable y se disculpó de nuevo. Me acompañó hasta la salida y allí conversamos un rato.
—No hay nada que disculpar —insistí—, fuiste un caballero al enmendarlo. Eso no lo hace cualquiera.
—Aún quedamos caballeros en este país...
—Ya veo.
—Por cierto —me tendió la mano con una sonrisa sincera—, mucho gusto, me llamo José Miguel.
—Stefanía, el gusto es mío. —Le estreché la mano también con una sonrisa, tratanto de disimular las emociones que me dominaban en ese instante—. ¿Vives por aquí? Pregunto porque siempre vengo y no te he visto en la cafetería.
—¿Siempre vienes a esta cafetería? —Asentí sin dejar de sonreír—. Que loco, yo tampoco te había visto. Y sí, vivo en el edificio que está al lado —disimulé una sonrisa victoriosa al escuchar aquello—. ¿Y tú?
—No te creo, ¿en serio? ¿En este edificio de al lado? ¿El de ladrillos?
—¿Sí...? —respondió él, con una risa nerviosa, asombrado por mi reacción, supongo—. ¿Por qué? ¿Cuál es el problema?
—No, no, no me malinterpretes, no hay ningún problema con ese edificio.
—¿Entonces? ¿Por qué te asombra que viva allí?
—Porque yo también vivo allí, en el piso 6.
Sentí mis mejillas arder por el flujo de sangre que ahora se convertía en rubor.
—¿Me estás vacilando? —Él preguntó asombrado. Negué riendo—. ¿Vives en el piso 6?
—Sí, ¿por qué?
—No... ¿De pana? —Asentí, de nuevo. Me estaba asustando, lo admito—. Esto no puede ser ninguna casualidad.
—¿Qué pasa José Miguel? No me digas que tú... —Él asintió, ambos soltamos una carcajada—. ¡No puede ser!
—Ya vemos que sí, y me encantaría seguir conversando contigo, pero debo irme a trabajar. —Hizo puchero, lo que me pareció de lo más tierno. Lo que no me esperé fue el beso que depositó en mi mejilla, antes de despedirse—. Nos vemos luego, linda.
Él se dio vuelta, cruzó la calle y en fracción de segundos desapareció de mi campo visual. Y yo, por mi parte, quedé como tonta enamorada. Pensé que podría tratarse de una señal divina, de que Dios tuvo piedad conmigo al fin, pero preferí no darle vueltas al asunto. Si eso era así, que fuera lo que Él quisiera, y en Su tiempo. Estaba cansada de hacer las cosas a mi manera, no tenía intención de ilusionarme mucho menos equivocarme otra vez.
Reaccioné, me di la vuelta y regresé a mi casa; cuando llegué, el señor Iván abrió la puerta de inmediato, le agradecí, como siempre. Pedí el ascensor, no quería tropezarme al subir las escaleras. Cuando las puertas se abrieron, entré de una y marqué mi piso. En el trayecto, recordé lo ocurrido. Me dio la impresión de que es un buen muchacho en todo sentido, pero como dicen: caras vemos, corazones no sabemos.
Ahora, si hablamos de lo físico, reafirmaré que ese chamo está más bueno que el pan. De verdad, se nota que el chamo cuida mucho su aspecto, su salud, y la forma en que viste, lo hace más atractivo todavía. ¿Será una señal o una tentación? ¡Ay, Chuito!
El ascensor se abrió en cada piso, hasta que llegó al sexto, salí apresurada y le grité a Marco que me abriera la puerta, pues, aunque mi café estaba frío (por no decir, helado), el suyo aún estaba caliente.
—¡Apúrate que se me carboniza la mano! —Exageré, lo admito, pero era la única forma de que él actuara rápido.
—¡Voy, voy! —exclamó riendo. Al abrirme, tomó uno de los vasos—. Pensé que estabas moliendo el café, na’guará.
—Si supieras lo que me pasó, Marco Antonio, la pena del siglo.
—Echa el cuento, pues.
—No, ya va. Primero lo primero. —Fui a la cocina, tomé mi desayuno y antes de tomar el café, noté que tenía el equivocado.
—Una pregunta... —Habló Marco, le miré enseguida—. ¿Por qué mi café está frío?
—Perro, disculpa, ese es el mío. —contesté de inmediato. Alzó una ceja, esperando una explicación justificada, agarré el vasp y se lo entregué—. Toma el tuyo, está caliente.
—Gracias. ¿Caliento el tuyo? —Asentí. Miró su vaso un par de veces, cerró los ojos y comenzó a reírse—. ¿Más o menos quién es Julietta y por qué quiere que la llame?
Escupí el trozo de panqueca que me llevé a la boca, tomé agua y comencé a reír. Él se quedó en silencio, esperando que yo me calmara y le explicara el porqué de mi reacción. Le pedí, me dejara desayunar y bañarme para contarle todo con más calma, él accedió.
—Te adelanto que te vas a reír tanto o más que yo con lo que me pasó. —Le dije mientras terminaba de comer.
Pocos minutos después, terminé y me dirigí a mi habitación; allí tomé un cambio de ropa, la toalla y mi celular para conectarlo a las cornetas. Subí el volumen lo más que pude y me dediqué a escuchar con atención la letra de cada canción, tararearla si era posible. De pronto, Saturn de Sleeping At Last, invadió la habitación. Aquella melodía era perfecta, justo la que necesitaba. Tarareaba la canción al mismo tiempo que las gotas de agua caían sobre mí, provocando contracción en mis músculos. Tenía el cuerpo pesado y el dolor de cabeza se había aligerado solo un poco. Esa ducha me fue de gran ayuda.
Pasamos toda la tarde hablando sobre lo ocurrido en la fiesta, en especial sobre la discusión con Diego y Christian; Marco no podía creer que por fin los encaré y les dije lo que sentía. De verdad que mi primo es un muy buen amigo, no sé cómo antes no me di cuenta de eso. También tiene mucha retentiva, muy buena memoria, por ende, recordó mis palabras antes de irme a duchar.
—Ajá, ya hablamos de la fiesta, ahora vamos a lo más importante. ¿Qué pasó hoy en la cafetería? Traías una cara de idiota que no te la quitaba nadie. —Le hice una mala cara—. Sabes qué es verdad, tú cuando ves a alguien guapo, ya te haces una novela. ¿A quién viste por ahí? —preguntó, levantando las cejas varias veces.
—Bueno, para comenzar, me disculpo por haber demorado tanto, la cola era terrible.
—No hay problema con eso, me dio chance de hacer varias cosas aquí. —Me dedicó una sonrisa, se la devolví—. Entonces, ¿qué pasó?
—En uno de los mesones, estaba un chamo bellísimo, pero claro, él a mí no me vio. Estaba pegado al celular y como molesto, no sé. Lo cierto fue que Nacho se dio cuenta cuando me vio y me dijo que el muchacho se llama José Miguel. Pedí los cafés y cuando venía de salida, pasó lo que menos deseaba, Marco, hice el ridículo.
—¿Cómo así? ¿Qué te pasó? —inquirió, la preocupación evidente en su voz; incluso su mirada cambió por completo. Y la volvería a cambiar cuando le contara exactamente lo que pasó.
—Bueno, resulta que él venía hablando por teléfono y yo iba distraída pensando en la conversación de anoche con Christian, entonces... Ambos tropezamos, tu café terminó en mi ropa —Marco soltó una carcajada como era de suponerse, también yo me reí al recordarlo—. A fin de cuentas, él se disculpó y lo repuso sin dejar que yo me opusiera, seguro por eso tenías el número de Julietta en tu vaso de café.
—Ahora todo tiene sentido —Reímos de nuevo. Aún me faltaba por contarle la mejor parte, y estoy segura de que se sorprendería tanto como yo—. ¿Y luego? ¿Te repuso el café y qué más pasó? ¿No hablaron ni nada?
—¡Claro que sí! Es increíble, hablamos como si nos conociéramos de toda la vida, Marco. No sé si fue una ilusión mía, pero sentí una conexión tremenda con José Miguel desde el primer momento. —Marco me miraba con picardía, pero se transformó en asombro cuando le conté la mejor parte—. Lo mejor no es eso, sino que vive en este mismo edificio, y justo en este piso, Marco, ¿sabes lo que eso significa?
—Sí, lo sé. Solo no te hagas una película todavía, sin conocerlo. Yo te conozco, Stefanía. —El teléfono sonó, interrumpiendo la conversación. Era Alexandra. Enseguida atendí la llamada.
—Hola.
—Hola, ponquesito.
—Sobreviviste.
—De no ser por ti, habría amanecido en un motel con tres sádicos hombres, así que te debo una, amiga.
—No hay de qué, para eso estamos —repliqué—. ¿Recordaste todo?
—Sí. Y estoy convencida de que Cristóbal tuvo que ver.
—Es muy grave lo que dices, Ale ¿tienes pruebas? De no ser así, te sugiero que lo averigües mejor.
—Sí, claro que las tengo, pero te haré caso. ¿Estarás mañana en tu casa?
—Sí, puedes venir si así lo deseas.
—Ok. Te dejo, amiga, voy a comer —Se despidió y colgó sin siquiera esperar una respuesta. Ignoré eso y retomé la charla con mi primo.
—Lo que te iba a a decir antes es que yo no planeo enamorarme tan rápido, mucho menos meter la pata como con Mauricio o Christian.
—Stefanía te conozco y te quiero demasiado como para permitir que cometas otra estupidez, ¿estamos? Este chamo, ¿José Miguel es que se llama? —Asentí—, puede parecer muy chévere y tener buen físico, pero, por lo que más quieras, no te vayas a las primeras. Conócelo, por favor, tengan una amistad y si realmente es él, si compaginan, si comparten afinidades, pues, inténtelo. Pero no te me apresures, por favor.
—Eres único, ¿sabes? —Marco, de pronto me abrazó con fuerza—. Eres el mejor amigo que cualquier persona desearía tener, y como te tengo yo, ya me siento bendecida. —Me soltó del abrazo, me miró con una sonrisa de sincera amistad y me abrazó de nuevo.
—Tengo una idea. —Habló al rato, separándonos del abrazo—. ¿Puedo pasar el fin de semana aquí? Sé que es absurdo que te pregunte eso, pero no sé que planes tengas tú.
—Entiendo, y no, no tengo ningún plan en especial, así que... Adelante, ¿qué tienes en mente?
—Te seré sincero, tengo muchas ideas pero no puedo poner nada en marcha hasta que pida permiso.
—Tu papá no pondrá problema, la que se puede poner payasa es Maléfica. —aseguré con un gesto de oprobio, él me imitó—. Llama a la casa y me lo pasas cuando lo tengas al teléfono.
—No, si ella atiende yo la enfrentaré. —afirmó Marco; me pareció que estaba muy seguro de lo que hacía así que lo dejé quieto.
Marcó el número local de su casa, como de costumbre atendió Cruella con quien tuvo una fuerte discusión. La encaró y amenazó con contarle un secreto a Alexander y tal parece que funcionó la estrategia pues se quedó tranquila.
—Hola papá, bendición. Estoy en casa de Stefanía y se me ocurrió que podría pasar el fin de semana aquí si me das permiso, claro. No haremos sino ver películas o series en Netflix y comer. Sabes que no somos de vicios ni nada de eso. —Me dio la impresión de que Alexander aceptó pues la sonrisa e ilusión en su rostro era tremenda—. ¡Gracias, papá! ¡Eres el mejor! Por cierto, dile a Cruella que no busque lo que no se le ha perdido. —Sin decir nada más, Marco colgó la llamada.
—Me dejaste loca, es lo único que diré. —admití cuando Marco me miró—. O sea, con lo del supuesto secreto que le dijiste.
Él emitió un suspiro pesado.
—No es ninguna mentira, Stefanía. Hay muchas cosas que pasan en la casa y no te he contado por temas de confidencialidad, pero es hora de que te enteres.
—¿De qué hablas, Marco Antonio? ¿Qué es lo que pasa con Abigail? —inquirí.
Bastó formular una pregunta para encender un bosque en llamas, para repudiar a una persona con razones justificadas. Marco tragó saliva antes de soltar la llamarada que me haría despreciar por completo a Abigail por semejante acto de deslealtad.
—¿Por qué no preparas un toddy caliente antes de empezar? —sugirió; de modo que la cosa estaba bastante grave. Le hice caso, fui a la cocina y preparé el chocolate; mientras tanto, él se mantenía en silencio.
De pronto, el timbre sonó. Ambos nos miramos.
—¿Esperas a alguien?
—No.
—Iré a ver quién es. —Marco abrió la puerta y no pude creer lo que vi. ¡Era él! Era José Miguel quien me buscaba. ¿Cómo consiguió el apartamento? No lo sé, seguro preguntó a los vecinos o al vigilante. Hice como si nada, seguí batiendo el chocolate hasta que espesó y lo serví en tres tazas grandes, busqué el paquete de galletas que compré en el supermercado el fin de semana anterior y cuando estoy por abrirlo, Marco se acercó a la cocina y pronunció las palabras que me acelerarían el corazón de una forma desbocada—. Te busca, está ahí afuera.
—Invítalo a pasar, no seas maleducado. —le regañé; él volteó los ojos y fue a decirle a José Miguel que entrara; él parecía apenado, pero aceptó y cuando escuché su voz dentro del apartamento, aparecí en la sala con una bandeja de galletas y tres tazas de toddy.
—Hola... —Cuando se percató de lo que llevaba en mis manos, se avergonzó—. ¡Qué pena! No sabía que interrumpía algo, disculpa yo...
—José Miguel —Le llamé por su nombre; él volteó a verme enseguida, en silencio—. No interrumpes nada, solo estábamos conversando. Te presento a Marco, él es mi primo y mejor amigo.
—Por Dios, soy un completo imbécil —Se llevó la mano al rostro, se disculpó y saludó a mi primo que le devolvió el gesto con una sonrisa—. Yo venía a saludarte y preguntarte como te terminó de ir con los cafés. —Su sonrisa era deslumbrante.
—Pues, todo bien, ¿verdad, Marco? El mío ya estaba frío cuando llegué aquí pero se calentó y listo.
—De verdad, mil disculpas, Stefanía. Estaba muy ofuscado con otras cosas, y me descuidé. —Se excusó. Lo miré y pude ver en sus ojos la sinceridad.
—José Miguel, tranquilo, —Me atreví a posar mi mano sobre sus hombros, y la retiré de inmediato, escondiéndola tras de mí—, no estoy molesta contigo ni nada por el estilo.
—¿De verdad? —Me miró y sentí que me trasladaba a otro mundo en ese preciso instante. —¿Stefanía? ¿Estás bien?
Stefanía, reacciona...
Habla... Di algo, lo que sea...
No seas obvia...
Disimula y di algo, mujer.
—Ah, ¿qué? ¿qué decías? ¿Qué cosa del café?
—¿Te sientes bien? —me preguntó, sin rastro de burla, pero Marco era todo lo opuesto.
—Sí, estoy bien... Perdón, es que... Como te decía, no estoy molesta contigo ni nada, son cosas que pasan y ya. —Me encogí de hombros, muriéndome por dentro y disimulándolo lo más que podía por fuera.
¡Vaya! Salió mejor de lo que esperaba.
—¿Qué hora es? —pregunté para romper el hielo.
—Seis de la tarde —respondió Marco.
—¡Excelente! ¿No les parece que el clima está acorde para compartir un buen chocolate y galletas? —Estaba de un ánimo estupendo a causa de la visita sorpresa que recibí, ya después conversaría con Marco sobre lo de Abigail.
—Claro, ¿por qué no? —habló Marco—, es ideal para compartir y conocernos, ¿no crees José Miguel? —Mi nuevo amigo captó el mensaje al momento igual que yo, lo supe por la forma en que me miró.
—Buenísimo, entonces vamos a hacerlo, ¡vamos a conocernos y compartir! —Escuché su voz y sentí una corriente eléctrica recorrerme la médula espinal—. ¿Les parece si jugamos verdad o reto?
Marco estaba maravillado por las ideas de José Miguel, se le notaba en sus expresiones. Ambos me miraron para saber qué opinaba yo, solo me limité a decir: Claro, ¿por qué no?
—Bien, empieza tú Stefanía. —Lanzó Marco con una mirada desafiante. Me pregunté en qué momento su actitud cambió y cuál fue el motivo—. ¿Verdad o Reto?
Le miré en silencio por unos segundos antes de dar una respuesta certera buscando yo una explicación a su extremo cambio.
—Verdad.
—¡Ay, ay, ay! Esto se puso bueno —exclamó, con una cara de travieso que me generó pánico, debo admitirlo. Marco me conocía demasiado y me daba miedo lo que pudiera preguntarme—. ¿Cuál es tu mayor anhelo?
—Que Eduardo regrese.
—No quiero ser metiche, pero ¿quién es Eduardo? —preguntó José Miguel.
—El amor de su vida —respondió Marco, con una risa de burla que le llegaba hasta los ojos.
—¡Claro que no! No le hagas caso, José Miguel —Marco soltó una carcajada que podría haberse escuchado hasta en el último piso del edificio o a tres cuadras de aquí. José Miguel me miraba sonriendo—. Es mi mejor amigo, no quiere decir que esté enamorada de él, ojo, es un hermano para mí.
Nuestras miradas se encontraron en un segundo, y debo admitir que nunca me sentí tan incómoda como en ese momento, aunque su presencia me agradaba, su sonrisa y su voz me tenían cautivada. Desvié la mirada, pero la pierna no me dejaba de temblar; no conforme con eso, el corazón parecía que se me saldría del pecho. No entendía de que iba todo esto, ya le pediría una explicación a Marco Antonio, pero lo disfrutaba. Tenerlo tan cerca me encantaba, poder conocerlo y compartir con él.
¿Yo dije eso?
Bueno, lo cierto fue que al terminar la jugada de verdad o reto, José Miguel se retiró. Lo acompañé hasta la puerta y supe que vivía a tres apartamentos del mío. Se despidió de mí como en la tarde, con un beso en la mejilla. Traté de actuar con naturalidad, fingir que todo iba conmigo pero por dentro yo sabía que no era así, que era un desastre con los sentimientos.
Marco estaba recogiendo todo, me dispuse a ayudarlo y aproveché de averiguar lo que me estaba dando vueltas en la cabeza.
—Te quería pedir disculpas. —hablé, él me hizo mala cara, lo que me dio a entender que estaba molesto—. No, no me mires así. Tú me ibas a contar algo importante y yo preferí atender a la visita.
Él tragó saliva, volteó los ojos de nuevo y miró hacia otro lado.
—¿Ves que tengo razón? —Me di la vuelta para irme a mi habitación pero él habló antes.
—Escucha... —Me tomó las dos manos—. Esto no tiene nada que ver contigo, ¿de acuerdo? Todo esto es sobre mí. Me sentí mal, sentí celos de no poder compartir con alguien como tú estabas con él.
—Marco...
Me soltó las manos y las llevó a su cabeza.
—¡Sí, ya sé que me vas a decir! Que en algún momento podré disfrutar de esas experiencias, que por ahí debe estar la indicada ¡y me enferma! ¡Me enferma escucharlo a cada rato! —gritó.
Su frente arrugada, sus ojos crispados y sus manos sudando me preocupaban. Marco era muy importante para mí, como mi hermano menor.
—Después de todo, sí, si tiene que ver contigo... —murmuró. Le miré confundida, él se acercó a mí más de lo habitual y yo no tenía escapatoria. Como diría Ariana Godoy, ¡santa virgen de los abdominales! ¿Qué rayos estaba pasando ahora?