Capítulo 1 (Parte 2)

3870 Words
Nuestros estómagos rugieron con fuerza. Indicio del hambre que teníamos. Decidí preparar dos pares de sándwiches con vegetales. Marco me ayudó con los vegetales. Gracias al cielo, hice un buen mercado días antes. En el refrigerador guardaba una Coca – Cola y la saqué para que se descongelara. Mientras preparaba la cena, el teléfono sonó, pero no tenía ganas de hablar con nadie, por lo que Marco atendió la llamada. —Es ella. —murmuró bajito, con notable desprecio. Rodé los ojos al ver su expresión. Seguí cocinando mientras escuchaba a mi primo hablar por celular. Sabía que Alexandra no era de su agrado, por lo que no pude evitar reír ante las respuestas que él le daba a mi amiga. Luego de que colgara, lo miré. —Que ya Cristóbal logró prender el auto. —avisó dejando el celular en la barra—. ¿Te ayudo en algo? —Sí, ve sirviendo aquí por favor. —Le dije mientras colocaba las rodajas de tomate en los panes—. Ponle todo a tu gusto, en el refrigerador están las salsas —anuncié. —Yo sé, pues, tampoco es que soy turista. —Perdón, creí que no recordarías, digo ¿cuándo fue la última vez que viniste? Ah, sí ¡HACE UN AÑO! —¡No seas mentirosa, tú, carajita! —reclamó—. Vine, por última vez, hace quince días para terminar el trabajo final de Mercadeo, ¿recuerdas? —¿Ah sí? —inquirí. Segundos después, lo recordé. Este hombre me iba matar con la mirada, eso era seguro—. Ah, cierto, ¡si es verdad! —¡Ya veo porque no tienes novio! —exclamó, furioso—. Eres burda de despistada, Stefanía. De panita y todo, pues. —criticó luego. Le lancé una mirada envenenada. —Bueno, ya pues. Deja la criticadera, y empieza a comer de una vez. —Serví los dos vasos con hielo y Coca – Cola, para luego sentarme a comer. —¿No te hacen falta mis tíos? —preguntó de repente, tomándome por sorpresa. —Sí, de vez en cuando, pero veo que yo a ellos no. No me han llamado desde que me vine a vivir a Caracas —Él tosió—. No te preocupes, no me molesta hablar de eso. —En realidad tosí porque me ahogué, pero ajá —Sonreí—. ¿Y qué has sabido de Eduardo? ¿Cómo le va en Chile? —Pues está muy bien, gracias a Dios. —respondí sonriente—. Me dijo ayer por w******p que vendrá de visita unos días, pero no ha confirmado nada. —Espero sea pronto, me gustaría verlo. —A mí también, lo extraño mucho. —¿Qué hora es? —Cálmate, Marco. Aún hay tiempo, pues. —respondí—. Come tranquilo. —Sí, bueno, pasa que en serio quiero ir, pues. —Si no te conociera, pensaría que tienes años sin ir a una fiesta. —He ido a fiestas, pero es la primera vez que voy a una discoteca —Lo miré atónita—. ¿Qué? —¿Estás bromeando? —negó—. ¡Marco, por Dios! —exclamé. —Soy menor de edad, lo sabes. —Lo sé, pues, pero... ¿En serio nunca fuiste a una discoteca? —pregunté, incapaz de ocultar mi asombro. —En serio, esta es la primera vez —respondió. Estaba muy serio hasta que, de pronto, comenzó a reír como foca desquiciada—. ¡Te la creíste, gafa! ¡Obvio he ido a discotecas! —Imbécil. —Fue lo único que pronuncié. Él reía con fuerzas—. Ya estaba buscando la forma de hacerte pasar, una cédula falsa, qué sé yo. Cuando por fin terminamos de comer, tomé las llaves del apartamento y del carro, mi maquillaje, celular y salimos de casa. Mientras bajamos las escaleras, conversábamos. Nos dirigimos al estacionamiento. Vale decir, que el Audi llamaba demasiado la atención. Resaltaba entre todos los que allí se encontraban. —No comprendo porque nunca has sido del agrado de Cruella. —soltó Marco cuando estábamos dentro del auto. —La verdad, me da igual lo que ella piense, lo sabes —Él asintió—. Mi tío, en cambio, es muy... Es otro nivel, ¿me explico? Asintió. —Lo es. Fui a encender el auto, pero no hubo reacción. Uno... Dos... Tres... Nada, el auto no encendía. Golpeé el volante más de tres veces. —¿Qué pasa? ¿Por qué no prende? —preguntó Marco. —Si supiera —murmuré—. Se supone que debería prender, ayer por la tarde le llené el tanque de gasolina. Este carro me tiene harta. —¿Ayer lo llenaste? ¿Segura? —Sí, luego de la universidad. —contesté con firmeza. Él se asomó a ver el tablero de luces, y suspiró antes de enterrarme cien metros bajo tierra con su mirada. —Claro, ya entiendo —masculló iracundo—. Estúpida tenías que ser. No tiene combustible, mira eso. Está en E, Stefanía, ¡En "E"! ¡No tiene nada! ¿Si comprendes? —Es una broma, ¿cierto? —Él no respondió lo que se traducía a un desagradable no. Me molesté todavía más—. ¡No es posible! —Golpeé el volante una vez más. —Pues ya ves que sí —murmuró— ¿Qué vamos a hacer? ¿Tomaremos un taxi? Lo mejor es que actuemos rápido, ya casi es la hora —preguntó mi primo. —¿Estás loco? ¿Acaso nunca sales? —pregunté furiosa—. No tomaremos ningún taxi. Pásame mi celular. O no, mejor marca el número de Alexa. Ella nos salvará esta noche. —¿Qué? ¡No! Si es así, prefiero un taxi, en serio. No quiero ir en el mismo auto que ella. Sabes que no la soporto. —¡No seas niña, Marco! ¿Quieres ir a la fiesta o no? —él asintió—. Entonces llámala. Ahora mismo —exigí. —La llamo porque de pana quiero ir a esa fiesta —refunfuñó. Marcó el número y me tendió el teléfono. Rodé los ojos y lo recibí. Al tercer repique, atendió. —Hola, ponquesito, ¿qué pasa? Preferí dejar los rodeos a un lado y ser precisa. —Hoy serás tú quien nos salve, Alexa. —¿Por qué? ¿Qué pasó? —inquirió. Se notaba la preocupación en su voz. —El auto no quiere prender. Se ha quedado sin gasolina. —Le conté, y ella a Cristóbal—. Por favor, amiga, sálvanos —supliqué. —Claro, amiga. Ya vamos para allá —dijo y colgó. Sonreí victoriosa. —¿Qué te dijo? —preguntó Marco. —Que ya viene por nosotros —contesté. Saqué mi bolso, las llaves y cerré el auto. Marco salió enseguida y me siguió hasta la planta física. Por suerte arreglaron el ascensor en la tarde, por lo que rápidamente subí a dejar las llaves del carro en el apartamento. Total, ni las necesitaría. Al bajar, Marco seguía esperándome. —Apúrate, ya llegaron —dijo. Salimos literalmente corriendo, y subimos al auto de mi amiga. —Gracias, en serio —le dije a Alexandra—. Nos han salvado la noche Cristóbal rió. —Tan solo a ti se te ocurre dejar el carro sin gasolina, Stefanía. —Estaba segura de que ese carro tenía suficiente —me defendí. Ellos rieron. —Lo importante es que iremos y vamos a disfrutarlo al máximo —dijo mi mejor amiga. —Claro, por supuesto. Durante el camino a Holic nos divertimos demasiado. Me di cuenta de que Cristóbal, el chico con el que Alexa está saliendo, me empieza a caer bien. Antes le quitaba demasiado tiempo a mi amiga y casi nunca compartíamos juntas, por ende, no lo trataba mucho. Cómo cambian las cosas, ¿no? Marco, por su parte, solo lanzaba comentarios sarcásticos, pedante como siempre, para todo lo que decía mi amiga. Hasta que me cansé y le di un codazo en el estómago. —¡Auch! ¿Qué te pasa, Stefanía? —chilló—. Eso duele, ¿me quieres matar? Cristóbal y Alexandra rieron. Yo iba a hacerlo también, pero preferí disimular. —No le veo lo gracioso —masculló. —Ay, no seas niña, Marco —exclamé. Me acerqué a él un momento—. Compórtate, al menos disimula, no sé, no seas tan obvio —le murmuré en el oído. —¿Disimular? Eso no está en mi diccionario —me respondió de la misma forma—. Sabes que, si algo me disgusta, lo expreso a todo dar. Decidí que lo mejor era dejarlo pasar. Ya luego hablaría con él. —¿Cómo fue que te quedaste sin gasolina, Stefanía? —preguntó Cristóbal—. En serio, no lo supero. —Ah, pues, Marco fue quien se dio cuenta —confesé—. La verdad, creí que tenía suficiente. —Algo hiciste para que se quedara sin nada de nada —intervino Alexandra. —Ir a la universidad, de resto, nada más —comenté—. En fin, será mañana que lo solucione. Los tres rieron al unísono. Cuando por fin llegamos a Holic, nos bajamos y en la entrada el tipo de seguridad chequeó nuestros nombres en la lista. No se podía creer la cantidad de personas que yacían en el lugar. Nos encontramos con varios de nuestros compañeros, bueno, pronto serían ex compañeros. Si es que el destino no nos volvía a unir en el próximo semestre. —Iré a la barra a pedir un trago —anunció Cristóbal—. ¿Quieren algo? —Sí, una cerveza para empezar —dije. —Que sean dos —añadió Alex. —Que sean tres —le dijo Marco, quien se levantó para acompañar a Cristóbal. Alex y yo nos sentamos en una de las mesas cercanas a la entrada. La estábamos pasando genial. Me dirigí, por un momento, al baño para retocarme el maquillaje. Al salir, choqué con Dayra, una de las del séquito de Irene, la miré y seguí mi camino. Para colmo de males, me topé con mi ex y su inseparable hermano. —Hola, guapas —saludó Diego, quien, a diferencia de Christian, era el más fornido. —¿Qué tal, Dieguito? —le devolví el saludo sin ganas de nada, lo admito. —Creí que no vendrías. —habló Christian. Los ojos le brillaban. ¡Como es de cínico! pensé. —Pues aquí me ves —emití una sonrisa más falsa que un billete de $200. Intenté evadirlos, alejarlos de mí lo más rápido posible, por lo que lancé una de las mías—: ¿Qué hacen aquí? ¿Sus chicas de la semana no vinieron? ¿Quiénes eran? —fingí pensar—. Ah sí, Michelle y Diana, ¿dónde están ellas? —Si no fueras tan odiosa, juro que ligaría contigo de nuevo, Stefanía, en serio —intervino Christian, con una cara de tragedia tremenda— ¿Por qué me hablas así, eh? Desde que terminamos, me tratas como un miserable. ¡Aparte de cínico, se hace la víctima! No vale, madre joyita la que tenía yo por novio. —¿Perdón? No sabía que debía lanzarle flores a quien te pone los cuernos —reclamé, por encima de la música—. A ver, Christian, yo no quiero nada más contigo, ¿quedó claro? Y no vayas a responder porque no me interesa lo que tengas que decirme —agregué antes de que pudiera contestar. Su gemelo, Diego, salió a flote para defenderlo. —¿Por qué eres tan odiosa, Stefanía? Sabes, si pudieras al menos... —Ay ya, Diego, en serio. Deja de defenderlo, él está bien grandecito. Pregúntale a tu hermano lo que hizo para que yo lo trate así. ¡Ah, no! ¡Ya tú lo sabías! Y fuiste incapaz de decírmelo antes de que me enterara de la peor manera, Diego, ¡éramos amigos! Y tú traicionaste MI confianza. —¿Hablas en serio? ¡Eso pasó hace más de cuatro años! ¿Todavía sigues molesta por eso? —Sí, todavía sigo molesta, aún no logro perdonarlos a ninguno de los dos. A ti —miré a Christian—, por engañarme con Irene y a ti —volteé a ver a Diego—, porque lo sabías y nunca me lo dijiste. Los dos traicionaron mi confianza de la peor manera, perdieron mi respeto. —¿Hablas en serio? —cuestionó Diego. El dolor que me causó recordar lo vivido hace unos años, me impedía hablar. La herida fue abierta de nuevo, ni siquiera había cicatrizado. —Claro... —Hice todo lo que pude para hablar sin trabarme ni nada—. Por supuesto que hablo en serio, tú eras mi mejor amigo, Diego. Y no te odio, solo perdiste mi confianza, el fundamento de cualquier relación. —Diego, Ale, déjennos a solas por favor —habló Christian. Estaba consternado pero no sabía si fingía o era real hasta que le miré más de cerca. —¿Qué? ¿Por qué me miras así? —hice una mueca de reprobación. —Nunca pudimos hablar bien sobre lo que pasó, Stefanía, yo te debo muchas explicaciones.   —¿Tú crees que este es el momento y el lugar indicado para hablar de eso, Christian? —Él no alcanzó a responder porque en ese momento, aparecieron Cristóbal y mi primo con nuestros tragos. Diego se acercó de nuevo cuando vio a Cristóbal llegar y le saludó con emoción. —Pero miren quien está aquí, vale. Si no es más que Cristóbal Méndez, el beisbolista nato —El aludido miró a Diego y se sorprendió. Los dos se unieron en un abrazo—. Cónchale pana, si no es así, no nos vemos. Tenía tiempo sin saber de ti. —Chamo, sí, vale —respondió Cristóbal. Marco, Laura y yo nos miramos y reímos—. ¿Y Diana? ¿Michelle? ¿No vinieron? —¿Quiénes son ellas? —preguntó Christian. Enseguida los tres comenzaron a reír. —¡Hombres! —exclamamos Alex y yo al unísono. La fiesta continuó lenta. Los tortolos se perdieron de nuestra vista, al igual que Diego. Me dispuse a bailar con Christian un rato —a petición suya, claro—, y al terminar la canción, cada quien siguió su rumbo. Ninguno volvió a tocar el tema de la relación, gracias a Dios. Me senté nuevamente con mi primo, y miré alrededor a ver si le hacía una vuelta con una chica. —Mira, ahí viene Valentina. Sácala a bailar —Él me miró sorprendido. —¿Estás loca? Miguel me mataría. La última vez por poco me deja ciego. —Si eres exagerado —recriminé—. Además, Valentina lo dejó, ya no están juntos. Aprovecha y diviértete. Marco me miró poco convencido de mis palabras. —Bueno está bien. No te vayas a mover de aquí —reí—. Estás ebria, Stefanía, ¿qué quieres? ¿Qué abusen de ti o algo así? —Te pasas de dramático, deberías ser escritor de novelas —le dije entre risas—. Ve y haz lo tuyo. Anda a divertirte. En pocos segundos, Marco ya no estaba en mi campo de visión. —Creo que tú deberías hacer lo mismo —me dijo alguien. Levanté la mirada para encontrarme con quien menos esperaba. —¿Tú otra vez? —pregunté intentando no variar mi expresión—. ¡Entiende que no es el momento! —Me importa un rábano si es, o no, el momento, Stefanía —respondió sonriente—. Tú y yo vamos a hablar, quieras o no. Mi rostro se mantenía inexpresivo. —Te escucho. —Me limité a decir. —Todo empezó por un rumor de que tú me estabas engañando con otro. Fui un idiota, en lugar de preguntarte si era verdad o no, me creí todo el cuento y di por terminada la relación sin decirte nada. Le pedí a Diego que mantuviera el pico cerrado, que yo te explicaría luego si era necesario pero yo ya tenía todo bajo control. Estaba muy dolido... —¿Si era necesario? ¡Claro que lo era! Yo merecía una explicación, Christian. Tú preferiste alejarte, buscar consuelo en otra parte, y fue Irene, el alma piadosa que te rescató del abismo emocional en el que estabas, ¿cierto? —nótese el sarcasmo en mis palabras. Mi vista se estaba nublando, y no precisamente por los efectos del alcohol. Las lágrimas amenazaban con salir y yo, haciéndome la fuerte, no quería mostrarme débil o vulnerable. —Sí, así fue. Cuando le conté que estaba mal por ti, ella fue a la casa de inmediato. Hablé con ella, le conté todo y pues, una cosa llevó a la otra... —Estuviste con Irene... —No fue una pregunta. Christian se quedó callado. —Ok, continúa. —Stefanía, después de esa noche, me sentí fatal —me tomó la mano, de inmediato se la quité de encima—. Yo no sabía que hacer con mi vida. —Ve al grano, por favor. —No, yo te voy a contar todo —insistió. —Ya sé como termina todo esto, Christian. Después que te revolcaste con Irene, la usaste para darme celos, te encerraste con ella en el salón, la besaste como muerto de hambre para que yo los viera y diera por terminada oficialmente la relación. »¿Y sabes qué es lo peor para ti grandísimo imbécil? Que conmigo perdiste hasta la amistad, por creer en cuentos, por no encararme y preguntarme si era verdad lo que decían de mí. ¿Qué iba a estar saliendo con alguien más si estaba de lo más embobada contigo infeliz? —¡Lo sé! ¡Y te juro que me arrepiento! —chilló golpeando la mesa—. Yo te veo y... ¡Me haces falta! Tú le dabas luz a mi vida. —Debiste pensar eso antes de engañarme con Irene. —¡Fue un error! —¡Tremendo error, déjame decirte! —Chris bajó la mirada—. Aquí están las consecuencias, Christian, te toca asumirlas como el hombre que eres. —Stefanía... —Una preguntica, ¿tú viniste a esta fiesta con ella? Porque los vi muy cariñosos cuando llegué. —Sí, yo vine con ella. —Gracias por el dato. —Me levanté de la silla, él me tomó y me preguntó que pensaba hacer, por supuesto no se lo dije—. Voy a buscar a mi primo, quiero irme a mi casa. —¿Qué? ¿Tan rápido? —Sí, estoy cansada. —Yo te llevo. —¿Y qué Irene te vea saliendo de aquí conmigo? ¿Tú quieres ver como arde Troya? —Para mí solo hay una y eres tú. —Te la compro y te la pago en dólares, mi amor. —Stef... —Christian, por favor, hay muchas cosas que debo pensar, ¿sí? —Está bien, yo comprendo eso, pero déjame llevarte a tu casa. Sé que vinieron con Cristóbal, y él no se irá de aquí tan temprano. —Lo peor era que Christian tenía razón. Debía aceptar que me llevara, aunque no lo quisiera. Acepté, solo por eso. —Espérame en la entrada, iré a buscar a Marco. Gracias al cielo, no fue tan difícil encontrarlo, estaba conversando muy amable con Valentina, a quién saludé con agrado. Con una mirada, le hice saber a Marco que quería irme de ese lugar. Nos despedimos de Valentina y fuimos a buscar a Alexandra, a quien encontramos bailando para Cristóbal y otros tipos que, literalmente, la desvestían con la mirada más sádica de todas. Como pude, la saqué de allí. Si yo estaba ebria, esa mujer se había vuelto leña, por no decir lo que en realidad parecía. Alexandra me miró disgustada. —¿Se puede saber qué demonios pasa contigo? ¿Tienes alguna idea de lo que podría suceder luego si no te sacaba de ese círculo? —Estaba bailando, y me interrumpiste —balbuceó. —¿Bailando? Alex, en todo el sentido literal de la palabra, te ofreciste a todos esos tipos. Ella no respondió. —Nos vamos a casa. —sentencié. —¿Qué? ¡No! ¡Es muy temprano! —chilló. —Vámonos, Alexandra. Esto no terminará bien. —¿Qué hora es? —preguntó fastidiada. —Cuatro de la madrugada, pronto amanecerá —contesté. Impaciente, le insistí:—Alexandra Aldana, en serio, vámonos. Cristóbal ni siquiera intentó detenerme o impedir que me la llevara a casa. Él estaba muy entretenido con sus amigos. Marco la cargó todo el camino porque la muy necia no quería colaborar. Christian casi suelta una carcajada, pero mi mirada de cállate y camina, fue suficiente para que él hiciera lo que le pedí. Al estar frente a la camioneta, me sorprendí. —¿Esto es tuyo? —él asintió—. Es muy lujosa, y...bonita. —Sonrió en respuesta. Abrió la camioneta y recostó a mi amiga en el asiento del copiloto. Mi primo y yo nos sentamos en el asiento trasero. La incomodidad e incertidumbre eran notorias. En el camino, Christian conversaba con Marco sobre videojuegos, carros y esos temas de hombres que la mayoría de las mujeres no comprendemos. Agradecí que no tocara el tema de la ruptura, al menos no frente a Marco. —Vivo al lado de "El Gran Café" —le recordé cuando íbamos por la autopista. —Lo sé. —Emitió una sonrisa mientras me miraba por el retrovisor. Marco hizo como que no vio nada pero sé que me esperaba un cuestionario policial apenas entráramos al apartamento. Al llegar, él apagó la camioneta, se bajó, abrió el copiloto y tomó a Alexandra en sus hombros, cerró y nos abrió a nosotros. Subimos por el ascensor, nadie dijo nada. Cuando se abrió en el piso seis, me adelanté para abrir el apartamento. Él venía detrás de mí con Alexa en sus hombros. —¿Dónde la pongo? —susurró. —En el cuarto de visitas, por fa. —Ok. Marco me hizo mala cara. —Sé un caballero. —Lo que me molesta es que Él esté aquí. —enfatizó con su mala cara y gestos que dejaban en evidencia su odio para con Christian. —Relájate —contesté, tajante—. No es lo que piensas. —Listo, muchachos. Me costó un poco pero nada que no se pudiera resolver. —apareció Christian de repente con una sonrisa, le agradecí y él se retiró. Marco caminó hasta la habitación, yo cerré el apartamento y fui tras él. Lo conseguí quitándole las sandalias a Alexandra y arropándola. —Quien te viera, Marco Antonio —le dije cuando caminábamos hacia nuestras respectivas habitaciones. —Cállate. Ella no puede saber nada de esto.. Sonreí a medias. Entré al baño dentro mi habitación, lavé mi cara para remover todo el maquillaje —bueno, lo que quedaba de él—. Al salir, me quité la ropa que cargaba y me coloqué mi pijama, lista para dormir. ***
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD