Capítulo 1 (Parte 1)

3080 Words
Último día de clases. Significaba, en pocas palabras, la llegada de la diversión. ¡Por Dios! ¡Anhelaba tanto terminar el semestre y por fin lo había logrado! Mis compañeros del salón prepararon una fiesta durante las últimas semanas. De hecho, me entregaron la invitación cuando ya todo estuvo planificado. Me debatía entre asistir o quedarme en casa. La verdad es que no quería ir sola. Y el único que podía salvarme era Marco, mi primo. No obstante, existía un tremendo detalle con nombre y apellido: Cruella De Vil. Bueno, en realidad no se llama así. Aunque su nombre es Abigail Aldana, yo la llamo Cruella por ser una bruja. ¡En serio! Tienen que ver cómo trata a mi primo. Lo sobreprotege demasiado, como si tuviera cinco años. ¡Y lo peor es que ni siquiera es su madre biológica! Bueno, en fin. ¡Dios quiera y no se ponga ridícula esta vez! Por otro lado, tanto Marco como yo decidimos hacer algunos cursos en vacaciones. Él se inscribió en uno de música, y yo en uno de inglés. Además, me inscribí en un gimnasio. Si algún día se dignaba a llegar el amor de mi vida, por lo menos que me encuentre en forma, ¿no? Aquel día amaneció con mucho más frío de lo habitual. Esto me motivó a levantarme un poquito más tarde. Mi celular comenzó a sonar cuando me dispuse a desayunar. Sonreí al ver de quien se trataba. Marco, obvio, ¿Quién más podría ser? Novio no tengo. Aunque con él, muchos nos decían que parecíamos pareja. ¿Por qué? Somos los mejores amigos. Nos llevamos muy bien, somos inseparables. —Hola, mocosa —saludó apenas atendí la llamada—. ¿Irás a la rumba de esta noche? —inquirió, y antes de que yo pudiese responder, él agregó: —Coye, yo quiero ir, Stefanía, pero no sé qué hacer, chama, estoy entre la espada y la pared. —Yo no sé si ir, la verdad. Si tú me dices que vas, te juro que me arriesgo, no quiero andar sola en ese lugar. —dije, mientras con la mano que tenía desocupada, removía el café—. Por cierto, ¿Cruella y mi tío saben de esa fiesta? Marco se quedó en silencio. Yo, mientras tanto, me dispuse a buscar la harina y el agua para preparar mi desayuno. —Hey, tierra llamando a Marco —hablé, mientras comenzaba a hacer la masa. —¡No jodas! —gritó, cuando menos lo esperaba. Aquello pareció salir de lo más profundo de su corazón—. Perdón, prima, es que… —¿Qué? ¿Qué pasa? —le interrumpí, asombrada por su expresión. Marco no era de usar palabras soeces, y el hecho de que la utilizara, me dio a entender que algo malo ocurría. Dejé de amasar, para escucharle con total atención—. ¿Marco, qué tienes? —Pasa que no les he dicho. Dudo mucho que Cruella me deje ir —refunfuñó—. Lo más probable es que me aturda con su drama de con quien iré, con quien regresaré, dónde me quedaré, tú sabes cómo es ella. —Lo sé, por eso la detesto —mascullé entre dientes—. Bueno igual, te podrías quedar en mi casa, si quieres, para evitar más problemas. —¿Estás hablando en serio? —preguntó. La emoción fue evidente—. ¿De verdad me puedo quedar en tu casa? Porque si es así, tal vez me deje ir y… Reí, mientras terminaba de preparar mis arepas. —Por esa misma razón te estoy diciendo que te quedes aquí, Marco. ¿Acaso crees que te dejaría morir? ¡Jamás lo haría! —¡Eres la mejor! —chilló—. Hablaré con mi papá y con Cruella. Otro detalle, ¿tú me pasarás buscando o debo irme a tu apartamento? —Lo sé, lo sé. No hace falta que me lo digas —respondí, luego ambos reímos—. Bueno, ya, pongámonos serios —espeté—. Puedes venirte antes, si así lo deseas. O te paso buscando, igual la fiesta es a las 10. —Fino, hablaré con la gente aquí en la casa, y te aviso. Iba a responderle, sin embargo, la llamada se cayó; no le di importancia. Cuando ya mi desayuno estuvo listo, me senté a ver televisión mientras comía. Hice zapping en todos los canales, mas no tuve éxito en la búsqueda de algo interesante. Miré el reloj, eran apenas las once de la mañana. Quería salir a hacer mi rutina diaria de ejercicios, pero el tiempo no estaba muy agradable. De todas formas, me duché y arreglé. Preparé un envase de agua mineral y mi iPod con sus respectivos auriculares. Lo bueno de vivir sola era que no tenía que avisar mis salidas ni horas de regreso a nadie. Podía llegar a la hora que me diera la gana, literalmente. Era independiente de mis padres, de hecho, aprendí a serlo desde mi adolescencia. Justo cuando iba de salida, Alexandra, mi mejor amiga de la universidad, me llamó. —Ponquesito, ¿cómo estás? —me preguntó apenas atendí la llamada. —Yo bien ¿y tú, caraota? —respondí, al tiempo que cerraba la casa para salir. —No me gusta ese apodo, lo sabes, Stefanía. —masculló—. Bueno, en fin, el asunto es… —¿Quieres saber si iré a la fiesta? —cuestioné. Di en el clavo, lo supe cuando se quedó callada. —¿Cómo supiste? —¿Será porque te conozco, amiga? —Ella soltó una suave risa—. En fin, creo que si iré. ¿Y tú? ¿Vas a ir? Dicen que estará muy buena. —Sí, lo imaginé. Yo quiero ir con Cristóbal, ya sabes, estamos saliendo. Pero el carro se dañó, no sabemos que tiene —contó—. Si logramos resolver, iremos. —Cónchale, que chimbo. Mira, pero, si no logran arreglarlo, yo los paso buscando. Yo no tengo rollo con eso, pues. —¿De pana? —Sí, de pana y todo, te lo digo. Pero, avísame igual, porque creo que debo pasar por Marco temprano, y tú sabes como es. —¿Segura que son amigos, Stefanía? Ustedes son inseparables. ¡Y aquí va de nuevo! ¡Qué fastidio, vale! —¡Ay, no! ¡Qué fastidio, contigo, chama! ¿Ya vas a empezar tú con eso otra vez? —repliqué con desgana. En rigor, estaba cansada de que siempre que hablaba de mi primo, ella saliera con esa bendita pregunta o el típico refrán—. ¡No seas ridícula, Alexandra, por favor! Marco es casi mi hermano, deberías grabártelo. Es mi mejor amigo. Si tuviera novio, ya te habría dicho. —Bueno dicen que carne de primo, se come. —murmuró. ¿Ya ven que no era mentira? —¡No seas estúpida, Alexandra, por Dios! —contesté, hastiada. Ella reía—. En serio, chama. Deja de inventarte historias de amor y sacarme novios de donde no hay. —Amiga, tarde o temprano te llegará, tranquila. —Sonreí con cierto deje de ironía por aquella respuesta suya. Se pronunció un silencio incómodo y luego añadió—. Te dejo, Cris acaba de llegar y almorzaremos juntos. —Ok, me lo saludas. No olvides avisarme si debo buscarlos o no —le recordé antes de colgar. Alexandra es mi mejor amiga desde hace un par de años. La conocí en la universidad y desde entonces nos hemos hecho grandes amigas. Marco a veces se pone celoso porque hablo mucho con ella. Aunque, en honor a la verdad, mi amistad con él es más fuerte que cualquier otra relación. Recuerdo a la perfección el primer día de clases en la universidad. Una sifrina barata la fastidiaba porque "se cruzó en su camino" cuando ella apenas entró a la cafetería para comer. Pero Alexandra no se dejó, ella se defendió, algo que la rubia no esperaba. ¡Como olvidar su patética cara de ofendida! —¡Que momentos aquellos! —exclamé en voz alta, sin pensar que tal vez me escucharían. Estos vecinos míos creerán que estoy loca—. ¡Bah! ¡Como si realmente te importara lo que piensen ellos, Stefanía! Bajé por las escaleras ya que el ascensor estaba dañado, como cosa rara. Al estar en la planta baja, me percaté de que comenzaba a llover. Me quité el auricular y me acerqué a la entrada de la residencia. —Si pensaba salir, es mejor que se quede tranquila. Se avecina un aguacero de Padre y Señor nuestro —anunció el vigilante. —Sí, eso haré —contesté, resignada. Miré al señor Iván y le sonreí—. Gracias por la sugerencia, de todos modos. En efecto, pocos minutos después se desató un señor palo de agua. Por supuesto, no me quedó opción que regresar. Era tedioso tener que subir y bajar escaleras, pero ¿qué más podía hacer? En el camino, me encontré con varios de mis vecinos, les saludé, hablé con ellos un poco y seguí mi camino. Una vez estuve dentro del apartamento, comencé a preparar el almuerzo. Pretendía comer algo ligero, pero no era momento para dietas. Hice de las mías y entre tanto trabajo, el celular comenzó a sonar nuevamente. Era mi primo. —¿Qué ocurre? —pregunté, apenas atendí el teléfono—. No me digas que Cruella… —¿Podrías callarte y abrirme la puerta? Voy subiendo, parezco un pollito remojado por este maldito aguacero. —refutó. Su voz sonaba tensa—. Así que, por favor, abre ahora mismo, Stefanía, te lo imploro. —¿Qué dices? ¿Cómo que…? —¡Qué suerte tengo yo para la gente despistada, vale! —expresó. El sarcasmo, evidente en su voz, me hizo molestar—. Stefanía solo te pido que abras la puerta del apartamento, voy subiendo y estoy mojado por la lluvia. —¿Es un juego? —No, Stefanía, no estoy jugando. —objetó. Habló tan fuerte que tuve que alejar el celular de mi oreja—. ¡Por lo que más quieras, abre la bendita puerta! —¡Ya voy! —chillé. Él colgó y yo corrí hacia la puerta. La abrí y me topé con que, ciertamente, él parecía un pollo remojado—. Oh, Dios... ¡Marco! Murmuró algo parecido a un “gracias”. Cerré la puerta tras él, y procedí a buscarle una toalla. Alregresar, le vi recostado sobre el sofá. Se levantó al instante que me vio con la toalla. —Ten, para que te seques un poco —Le entregué la toalla de mala gana, él lo notó mas no dijo nada al respecto—. De todos modos, lo mejor es que te des un baño. —Si, pues, estuve al borde de un resfriado mientras esperaba por ti. —masculló, furioso, mientras se secaba con la toalla. —Debiste avisarme que vendrías, Marco, o al menos que te pasara buscando —reñí. Él no dijo nada, sabía que yo tenía razón—. Ah, no, el niño prefiere llegar de sorpresa en medio de un aguacero. ¿Qué esperabas? —¡Te estuve llamando como cien veces, Stefanía! —replicó, tajante—. Y, como cosa rara, no contestas ese pedazo de teléfono, chica. —añadió, desviando su vista hacia el vacío. Me quedé callada. No quería embarrarla más. —¿Y bien? ¿Cómo es que estás aquí ahora? Pensé que te iba a pasar buscando, pues. ¿Te escapaste de la torre o qué? Me miró, con un ceño bastante fruncido, y replicó: —No digas estupideces, ¿quieres? —Bueno, dime pues, ¿cómo es qué estás aquí? —Si no lo recuerdas, hoy tenemos una fiesta, primita. —Sonrió, a medias—. Y bueno, por un milagro divino de Dios —Alzó las manos al cielo mientras hablaba—, Cruella me ha dado permiso para ir, con la condición de que me viniera ya mismo a tu apartamento y me quede a dormir aquí —contó. La mandíbula se me aflojó en ese instante. —Ya va, espera que asimile lo que acabo de oír —Él viró los ojos—. ¿Cruella te ha dejado ir? —pregunté, aún sin poder creerlo. Él me clavó la mirada. —Sí, Stefanía, eso dije —contestó, con un gesto que, él sabía, me disgustaba. —¡Coye! ¡Eso sí que es un verdadero milagro! —expresé, asombrada—. Es la primera vez que hace algo tan inteligente. —Ambos reímos. —Lo sé —contestó, entre risas—. Aunque es normal, digo, no soy mayor de edad y pues… —Todavía no lo eres. —corregí, él asintió sonriendo—. Pero haremos fiesta ese día, escríbelo, Marco. —Eso espero, y debe ser algo fenomenal, déjame decirte, porque no todos los días cumples 18 años. —Sonrió. —No, pero te haces más viejo, ¡ja! —contesté, burlándome. Él me dedicó una mirada siniestra. No pude evitar retorcerme de la risa. —¡Ay, si! Debe ser que tú eres muy joven, ridícula. —murmuró. Apreté los labios, para evitar soltar otra carcajada—. Bueno, continuando con lo de la fiesta —Tragó saliva, antes de continuar—, ¿no sabes si Alexandra irá? —Sí, irá con Cristóbal. Bueno si arreglan el carro. De otra forma, tendremos que pasarlos buscando. —Él resopló. Pestañeó y su mirada se relajó—. ¿A ti qué te pasa? ¿Por qué te molestas, pues? —Detesto que esté saliendo con ese imbécil. —refutó. Alcé una ceja, incrédula. —¿Cómo dices? A ver, ¿cómo es que…? —Aturdida, sacudí mi cabeza, y le miré—. Explícame, ¿cómo es que detestas que ella esté saliendo con Cristóbal? ¿No qué la odias? —Tú no entiendes, Stefanía, ella es… —Alexandra es mi mejor amiga, ¿ok? —Le interrumpí—. Puede salir con quien le plazca. A menos que… Nos miramos por unos segundos. —No. Definitivamente, no creo que eso sea posible. ¿O sí? —Ya va, ya va. Aguántate un pelo. ¿De qué estás hablando, Stefanía? —Lo que quiero decir es… Creo que estás enamorado de ella, y por eso estás celoso de que ande con Cristóbal. —Noté como Marco se tensó ante mi planteamiento—. ¿Estoy en lo cierto? —Esto es el colmo… ¿De dónde sacaste semejante barbaridad, Stefanía? ¿Acaso estás viendo novelas o qué? —inquirió. La furia de su voz, subió a sus ojos, y su frente se arrugó—. Yo sé que ella es tu mejor amiga. No obstante, querida prima, primero fue sábado que domingo, ¿o me equivoco? —Ok, vamos a hacer algo —le dije, cortante—. No quiero discutir contigo, tampoco quiero que estés enojado. Menos que menos, desearía que enfermes, así que anda a darte un baño, ¿quieres? Estás empapado y te dará un resfriado —aseguré. —Te pareces a Cruella cuando hablas así. —Se burló él. —¡Cállate! No digas eso ni en broma —Soltó una carcajada—. Ya, Marco, en serio, ve a darte un baño, chamo. Tendré que pagarte como nuevo si te enfermas, y Cruella tendrá más motivos para no dejarte venir a visitarme. —Buen punto —admitió. Él se quedó en silencio, mirando, sin ver la lluvia, a través de la ventana. Luego de un par de minutos, se fue a bañar. Después nos dispusimos a almorzar. Cociné un exquisito arroz con pollo y, para tomar, un vaso de Coca – Cola. Hablamos un buen rato hasta las tres de la tarde que decidimos dormir. Para suerte de Marco, tenía una habitación extra en el apartamento, y allí fue donde durmió. Cuando desperté, miré el reloj. Alertada por la hora, me levanté y fui al cuarto de visitas, para despertar a Marco. —Epa, levántate pues. Son las 7 de la noche, chamo —le dije mientras movía suave su hombro. El muy idiota no se movió. Parecía muerto—. Idiota, levántate o juro que te lanzo un vaso de agua —amenacé, mas no hubo respuesta—. Te lo buscaste. Me dirigí a la cocina y serví un vaso de agua fría, regresé a la habitación con la esperanza de que ya hubiese despertado, pero no fue así. —Lo siento mucho, primo, pero no me dejas opción. —murmuré antes de lanzarle el vaso de agua. Él se sobresaltó y despertó de inmediato. —¡¿Qué rayos?! —gritó al verme. La ira se reflejaba en su mirada. Mordí mi labio, reprimiendo una carcajada—. ¿Tú te volviste loca, chica? ¿Cómo me vas a lanzar un vaso de agua, Stefanía? Reprimía una carcajada, sin embargo, pude hablar con calma. —¡Lo siento! Tenía rato hablándote y no respondías. Parecías muerto, loco. —¡No seas exagerada! —chilló. Suspiró y me miró, ahora más calmado —. ¿Qué hora es? —Son las siete —Él se sorprendió—. Comienza a vestirte. Cenaremos algo antes de irnos. —avisé, mientras me reía. —Fino, aunque primero quisiera… —Se quedó callado por un momento—. Nada, ya veré que resuelvo con esto —respondió secándose con una toalla—. Ahora sal, voy a cambiarme —sin decir nada más, salí y solté una carcajada—. ¡No te rías! ¡No es gracioso! —gritó. —¡Es inevitable, lo siento! —exclamé entre risas.  Regresé a mi cuarto para buscar en mi closet lo que vestiría para la fiesta. Tenía que ser algo súper espectacular. Luego de una hora, conseguí la ropa adecuada. Acto seguido, encendí la plancha para alisar mi cabello. Cuando estuve prácticamente lista, salí a preparar la cena. Marco se sorprendió por como andaba vestida esa noche y comenzó a chalequearme con que “arrasaría en la fiesta”. Él me aseguró que lucía muy bien para la ocasión, que no me preocupara. Agregó, a modo de broma, que hasta él me atacaría si no fuera mi primo. No pudimos evitar reír.
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