Captando su expresión, Samantha bromeó: —¿Qué tal? ¿No está delicioso? Lo hice yo misma esta mañana. Originalmente era mi postre para después del almuerzo, pero ahora es tuyo. Ethan miró el plato casi vacío de pastelitos, con una expresión tan variada como una paleta de colores. Quería comer más, pero no podía dejar de lado su orgullo, así que dijo con desgano: —Está... pasable. Al verlo salivar pero sin querer ceder su dignidad, Samantha hábilmente le metió otro pastelito en la boca. Ethan abrió la boca obedientemente. Otro bocado dulce y pegajoso entró, como una brisa suave que dispersó las nubes negras de su corazón. Para salvar las apariencias, Samantha colocó el plato sobre la mesa de café, fingió que iba a preparar el almuerzo y se fue a la cocina. Ethan miró el pastelito, t

