1. El cumpleaños de Linn.

955 Words
"Tres puntos suspensivos al final de la letra, es todo lo que necesito para imaginar que sigues conmigo." PRIMERA PARTE El cumpleaños de Linn. 1 Desperté esa mañana con el frio de la cama. La habitación estaba a oscuras, y nada se oía más que mis propios latidos. Era tan extraño, como una ensoñación. Ni los pájaros, ni el rio, ni las hojas crujiendo, ni los animalitos del bosque. Solo el apacible sonido que ratificaba mi existencia. Vi el reloj marcando la hora y la fecha; eran las siete am del cinco de enero. Diecinueve años no se comparaba con todo lo que había vivido, pero seguía emocionándome, como si aquello escribiera un futuro de cien posibilidades no descubiertas. Aunque ya lo hubiera visto todo; amor, guerra, y muerte. Últimamente me he sentido fuera de mi edad real, lo que ha pasado ha cortado el hilo normal de mi madurez, y he pegado el salto de los dieciséis, a los quien sabe cuándo uno empieza a madurar, a ver la muerte de otra forma, a vivir como anciano, a apreciar como niño, ahí, en esa inespecífica edad, estaba yo. Luciendo joven y hermosa, y a su vez, sintiéndome como si los segundos valieran años. Mi cumpleaños no solo significaba la primera vez que podía festejarlo normalmente, sino el recordatorio de que la piel no se me había arrugado. Sin embargo, mi emoción fue abatida por la ausencia en mi hogar. Repentinamente extraída de mi mundo mental, me hice la pregunta; ¿Dónde estaban Thomas y Claire? Si apenas me podía percibirme a mí misma, a ellos no los sentía. Eso hizo que la angustia me subiera por el pecho. Arranqué las sábanas que -extrañamente- cubrían mi cuerpo, y me percaté de la segunda pista que conformaba este raro despertar. Los lobos no necesitábamos telas para protegernos del frio, para esto teníamos la piel y la temperatura. Pero ahí estaba, una delgada y blanca sabana de lino. Muy desconcertada, estiré el brazo y tanteé el interruptor de la mesita de luz, mientras me refregaba los ojos con la otra mano. Cuando la luz se encendió y aleje mis dedos, la figura de un hombre altero todos los cables de mi ser. — ¡Mierda! Mi loba me envolvió, y termine en cuatro patas sobre la cama, abarcándola por completo. Respiraba agitadamente contra el rostro inmóvil del hombre pálido de cabello azabache. No lo había sentido, ni oído, ni nada. ¿Era un fantasma? ¿Otra premonición sin aviso? Si lo era, explicaría porque mi entorno era ajeno. El extraño, alto y robusto, vestido con jeans y camisa negra, inclinó la cabeza ligeramente a un lado. La furia que me recorría, persuadió lo que estuve pensando, haciéndome creer que nada era un sueño. — ¿Puedes verme? —Su voz tersa retumbo en mis oídos como si estuviera dentro de mi cabeza, y me sacudí con fuerza. Quería atacarlo. Parecía inofensivo, pero estaba enfrente mío, junto a mi cama, y no dudaría en defenderme de cualquier acto ilógico que cometiera. Como el hecho de que estuviera en mi dormitorio. Y lo hice. Abrí la boca, extendí los colmillos, e hice el amagué de morderle, pero algo me detuvo. Su mano. Su mano había subido hasta mi cabeza, estaba acariciándome, mientras que un escudo le protegía e impedía que lo dañara. ¿Qué era? ¿Cómo podía hacer eso? No tenía la más mínima idea, y eso me enojaba. —Puedes verme. —Afirmó. Sus ojos negros nunca me abandonaron, y temí. Eran una tormenta; bulliciosos y repugnantes. Quería dejar de verlo, sombras se movían en ellos, gritos se desprendían y los oía como si fueran un eco maligno al fondo de mi mente. Tuve que cerrar los ojos cuando la cabeza empezó a punzarme, y la sangre se comprimió en mis sienes, como si mis venas se hubieran tapado. —No es muy tarde… Si me has visto, es porque mereces otra oportunidad. —Dijo. “¿Qué?” Todo se tornó n***o. La alarma volvió a sonar, y sentí la suavidad de la cama entremezclado con la calidez de Thomas. Fruncí el ceño, ¿Había sido un sueño? No estaba sobresaltada ni agitada, tan solo confundida. Me removí entre los brazos de mi novio, cuando el cantar de un pájaro sobre el tejado me hizo abrir los ojos. Había sido un sueño raro, tan real como los incesantes cantos del ave, y los ronquidos de Claire en la otra habitación. Estuve varios segundos con la mirada pegada en el techo, tratando de hallar consuelo en la respuesta. Pero no había respuesta, por ende, tampoco consuelo. Tan solo pude tranquilizarme cuando de mi mente se fue esfumando lo que había soñado, y el miedo ceso calmo como océano tras una turbulenta lluvia. Anoche había comido mucho en casa de Sam, seguramente algo de eso había afectado mi sueño. La calidez de Thomas bajo mi cuerpo me hizo darme la vuelta, y acurrucarme abrazando la almohada, a veces su calor era demasiado junto al mío, y abrazarlo era sofocante. Sonreí al oírle quejarse, sin espera su brazo rodeó mi cintura, y su pecho se apegó a mi espalda. Sin timidez su rostro se acuno en la curvatura de mi cuello, y suspiró. Para entonces había vuelto a cerrar los ojos, presa del alivio y la nueva ola de sueño que me tentó a seguir durmiendo. No duro mucho. La idea de que lo que había visto fuera una visión futura, me erizó los vellos de la piel. Me desperecé y abrí los ojos pausadamente. El sol entraba pusilánime por la ventana, y el reloj sobre la mesita de luz marcaba las siete, del día cinco de enero.
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