6. ¿Sola?

2505 Words
¿Sola? 6  La mañana siguiente, no desperté junto a Thom. Desde ese momento en el que “descubrí” lo que por su mente cruzaba, él se marchó tan abochornado como confundido hacia las montañas. Avergonzado de sí mismo por haber dejado que lo viera, y perdido porque aún latía dentro mío sus confusas divagaciones, sobre qué sentir y como sentirlas. Y a decir verdad, me alivia que se haya ido. Necesitaba espacio, con Thomas las cosas se dificultaban cuando sus emociones y las mías se fundían. Quería pensar, y sé que él también deseaba hacerlo. No en esa mujer claramente, ella no estaba más con nosotros. Estaba muerta.  Sunny era su nombre, una chica de rostro dulce que a leguas percibías la bondad de su corazón, permanecía en un cuadro de madera n***o sobre el aparador del living de la casa de Lukas y su madre. Había ido con Thomas a cenar, ella no estaba –nunca lo hacía, siempre esquivaba a su hijo menor-. Pero estábamos acostumbrados, va, eso siempre repetía Thomas, por más que supiera a ciencia cierta que jamás le daba igual. Y en esa noche, en un ínterin de distracción en que los hermanos acomodaban la mesa, la cobriza llamó mi atención. Tenía una sonrisa amplia y blanca a la cámara, estaba de espaldas al acantilado, en una linda tarde despejada. Su cuerpo estaba de perfil, y el viento golpeaba en dirección a su redondo rostro, estirando su suéter verde hacia atrás. Era preciosa, deslumbraba un aura angelical que me hizo sentir incómoda conmigo misma. Yo era una mujer de energía oscura e imponente, jamás podría resplandecer tanta tranquilidad blanca ni aunque lo intentara.  Esa fue la primera vez que supe de ella, y luego, al preguntarle a Lukas sobre su nombre, mientras Thomas estaba en el baño, me enteré de que se llamaba Sunny Carter, y que era su mejor amiga. Mencionó también que había fallecido, pero jamás confesó por qué, y a juzgar por su acongojada expresión, había sido de una cruel manera. No obstante, era comprensible, la muerte siempre sería cruel y dolorosa cuando se tratara de un alma joven.  Al recordar su foto mientras revolvía el café, ya no me pareció bella y deslumbrante, sino triste y trágica. Su lindo rostro estaba manchado con la historia inconclusa –para mí- de un final desgarrador. Y díganme, confiesen en voz alta, si los ojos de uno no cambian cuando saben la verdad acerca de algo hermoso. Puedo apostar a que si no conocieran la historia del Titanic y vieran su foto por primera vez, se habrían llenado de admiración e ilusión. Pero eso no ocurre, porque no hay forma de sentir algo bueno cuando recuerdas el iceberg, el impacto, el agua entrando, y las esperanzas rotas de cientos de corazones designados a morir en el helado y oscuro océano.  Sunny era lo mismo. Una chica hermosa con un final que no sé, pero que aseguró fue horrendo.  Así es la muerte; horrenda, fría, y dolorosa. —Linn, el café se te enfrió. —Subí la mirada. Claire me miraba fijamente. — ¿Estás bien?  —Sí, solo algo pensativa. —Un brillo de duda despegó de sus ojos. Era una niña inteligente. Extendí la mano, pretendiendo que Claire apoyara su pequeña mano en la mía. —No es algo de lo que debas preocuparte cariño, ¿Si?  — ¿Por qué no? Puedo soportarlo, puedo aceptarlo todo Linn. He vivido sola mucho tiempo, la verdad no me da miedo. —Dijo exaltada, estrujando mis dedos inconscientemente.  Asentí. Como dije, era inteligente, era capaz, era todo lo que yo nunca podría haber sido a su edad. Y por esa razón debía mantenerla alejada, y a salvo. Porque era una niña, con o sin dones, yo tuve la oportunidad de una infancia –por más inestable que fuera- y deseaba lo mismo para ella. No quería atarla a problemas de adultos, y oscuridades del mundo, sino a la inocencia de un niño que aún ve la vida como un inofensivo regalo del cielo.  —Claire…—Suspiré, alargando una corta sonrisa. —Eres una niña, y yo soy un adulto.  — ¡Pero no quiero que pienses que estás sola! —De vez en cuando ocurría. Claire se ponía irritable cuando la hacíamos a un lado.  Entreabrí los labios, sorprendida por su comentario. —No estoy sola. —Respondí, extendiendo mis dedos para abarcar todos los suyos y transmitirle la inmensidad de mi calor.  — ¿Y dónde está Thommy? —Sus ojos se llenaron de lágrimas. — ¿Dónde está Charly, y Tess, y la abuela, o Peter, o Kange? ¿Dónde? ¿Dónde están todos ellos? —Su voz flaqueó al final, y profundamente avergonzada, Claire me soltó y escondió su rostro rojizo y ya húmedo con sus manos.  Me quebranto verla tan triste. Por un momento, me quedé inmóvil sin saber qué hacer. Esto de cuidar a alguien tan pequeño era todavía nuevo, y había situaciones que no sabía manejar por completo. “Como la vez que Claire mencionó su disgusto por la maestra” Dudé bastante si en aconsejar que ignorara la situación, o en ir y hablar personalmente con la mujer para resolver la riña entre ambas. A veces los maestros pueden ser más inmaduros que los alumnos que guían. Al final decidí aconsejarle, y dos días más tarde, Claire fue castigada por ponerle un chicle en su asiento. Quizás si hubiera tenido esa charla, hubiera apaciguado las ansias de Claire por defenderse a sí misma. Gracias a ello, y otros momentos cotidianos, entendí que la niña no sabía lo que era ser protegida. Nadie nunca lo había hecho realmente.  Y aquí empezaba mi tarea.  Suavemente corrí el asiento hacia atrás, me pare, y acorte la distancia que me separaba de la pequeña. Ella seguía sollozando, y cuando mi mano se posó en su espalda, dejó de hacerlo.  Me agaché para quedar a su altura, y despacio tomé sus manos para apartarlas de su cara. —Ellos siempre van a estar Claire. —Musité, revelando ante mí sus ojitos hinchados y borrosos. Ella sorbió la nariz y apretó sus labios con los dientes. Despegué la mano de su espalda y repartí caricias en su mejilla, en su frente, su ojo derecho, y el mentón donde colgaba su última lágrima caída. Limpié cada rastro de humedad salada mientras le decía. —La presencia no borra la soledad, y la distancia su existencia. Somos seres tan solitarios como acompañados, y ninguno de esos lugares está mal. Thommy necesita estar solo, al igual que la manada y mi familia. —Pinché su nariz con el dedo, mientras suspiraba. —Y como yo. A veces la única forma de encontrar soluciones y respuestas es estando en soledad.  —No estás sola, estoy yo…—Dijo de pronto, sosteniendo mi mano –que reposaba en su mejilla nuevamente- con la suya, que era más pequeña y suave.  —Sería un error incluirte cariño, no estaría siendo buena contigo si cargo tu corazoncito con pesares que solo la gente grande debe lidiar.  —Pero ya lo he hecho, sé lo que es y por eso quiero… La callé dejando un beso en su frente. Con delicadeza enrede mis brazos a su delgado cuerpo y la acerque al mío. Repose el mentón en su cabeza, y pude sentir sobre mi piel su acelerado corazón.  —Lo hiciste porque estabas sola Claire. —Inevitablemente mis ojos se mancharon de lágrimas. Aun recordaba la primera vez que la había visto, tan herida, frágil y asustada. —Pero ya no volverás a estarlo, me tienes a mí, tienes a Thommy, nos tienes a todos pero por sobre todo, me tienes a mí.  —Soy fuerte. —Murmuró contra mi pecho. Sus brazos rodeaban mi cintura.  —Sé que lo eres. —Implacable, madura, poderosa, intimidante, una bruja imparable. Claire lo era. —Sin embargo sigues siendo una niña, y hasta que no te vea cumplir los veinte años, lo serás y te cuidare como tal. Has crecido en un mundo demasiado rápido, todo tiene sus etapas, y la tuya es ir al colegio, pelearte con tus maestras, hacer amigos, y disfrutar del chocolate y las galletas.  La escuche reír. —Suenas como la mamá de mi amiga.  — ¿Susan? —Inquirí.  —Está asfixiando a Emily, se preocupa demasiado.  —Es lo que hacen…es lo que hacemos las madres.  Por la tarde deje a Claire en casa de Susan. Quería que estuviera alejada de los disturbios que rodeaban a nuestra familia un rato, por lo que al decirle que volvería antes de la cena a recogerla, me encamine al hospital para ver a Alina y a Delsy. No tenía noticias nuevas, sé que seguían en terapia intensiva, y que su condición no había empeorado. Lo cual era bueno dentro de lo malo.  Estacioné  la camioneta a dos hileras de distancia de la entrada. Era un volkswagen nivus color gris. Un regalo de mi padre y mi abuela por mi cumpleaños. Sin duda me había costado aceptarlo, era costosa y yo usaba más las patas que las piernas, pero mi abuela insistió. “Nunca se sabe cuándo las patas no te respondan” dijo entre risas, y aunque sabía que lo decía en broma y no en alusión a aquel tiempo en el que viví sin mi loba, entendí que se refería propiamente al hecho de que soy tan humana como animal. Y que eventualmente, así como debo tener una casa y una heladera, también necesito transporte.  Ahora no me parece tan mala idea, y lo agradezco. Puedo llevar a Claire a donde quiera sin subirla a mi lomo, y ser una madre normal. He repetido esa palabra muchas veces en estos últimos días, madre, porque es lo que quiero ser para Claire. No amiga, no hermana, sino madre. Tengo diecinueve años recién horneados, pero he pasado por tanto, que hasta me aterra… Me aterra morir sin poder saborear lo que es que te llamen mamá.  Es así que diecinueve años no tiene relevancia, porque mi edad jamás ha tenido ese poder. Ni antes cuando era niña y viví en carne propia el alcoholismo de mi padre, ni cuando me puse al frente de la guerra. Viviré hasta el momento que el destino decida que me marche, existiendo y sintiéndome más vieja y cansada de lo que debería.  —Linn. —La voz de Kange me sacudió de la hilera de mis pensamientos.  Cerré la puerta tras de mí, que hasta ese momento no sabía que había abierto, o incluso salido, y froté las palmas contra mis jeans. Hacía mucho frío ese día, el invierno estaba entrando confiadamente entre nuestros huesos. Los licántropos teníamos temperatura elevada, pero en invierno podíamos pasar tranquilamente con jeans y abrigos delgados, luciendo igual de anormales que el resto del año pero más desapercibidos.  —Kange. —Saludé con una ligera sonrisa. — ¿Hay noticias?  —Lo de siempre, nada ha cambiado. Por eso venía, no creo conveniente que entres para recibir la misma noticia que yo. —Quiso decir en broma, sin embargo sonó más bien como un retorcido comentario tosco, gracias a la sonrisa chueca que se estiraba del lado izquierdo de su cara. —Frederic me llamó, habrá una reunión.  Fruncí el ceño. —No he recibido nada.  Él suspiró, dejando una marca de inquietud en su expresión. —Lo sé.  — ¿Y? ֫ —Es lo que quiere, excluirte.  Eso fue como un baldazo de agua fría. — ¿Q-que? —Inquirí torpe y en alto.  —Está muy enojado por lo que sucede con Alina, Delsy y el resto de su gente. Nada le ha sucedido a la manada de Jake ni de Sam, ni a sus allegados.  —La madre de Thomas y Lukas, a ella si le paso. —Le recuerdo con amargura, sintiendo un feo cosquilleo bajo la piel.  —Frederic está enojado Linn, anda…anda divulgando que tu…—Sus palabras se quedan en el aire, y me pongo ansiosa. —que tú lo sabías.  El cosquilleo se convierte en calor, y el calor en fuego.  “¡Hay que matarlo!” Escupe mi loba clavando las garras en mi carne. Gimo de dolor y furia, y miró a Kange. El retrocede, y alza sus manos para tratar de retenerme. No quiero, gruño y retuerzo los dedos, quiero marcharme del estacionamiento.  —Linn, no es prudente que vayas ahora, no así. —Comienza diciendo suavemente. Su dulce tono logra irritarme más. —Tienes que contenerte.  — ¡A la mierda con eso! —Suelto en un grito, y voy deshaciéndome del cárdigan marrón que vestía. —Me he retenido. El funeral ha sido un asco y no dejare que ese idiota vaya repartiendo mierdas sobre mí.  —Es su hija la que le vuelve irracional. Por favor, entiéndelo.  —Lo entiendo, créeme. —Es lo que digo, pero mis pasos empiezan a moverse lejos de la camioneta, en dirección al bosque. —Lo que no entiendo es por qué, ¿No he hecho lo suficiente como para que mi nombre jamás fuera cuestionable? Ninguna de mis vidas les falló, todo lo que hice, y todo lo que haré, siempre será por mi gente.  —Linn.  Di la vuelta. Kange estaba inquieto, movía la pierna en un incesante repiqueteo. Algo de esperanza se extendió por su rostro cuando pude suavizar la mía.  — ¿Qué pasará si pierden la fe en mí? —Esta vez, enterré mi enojada loba y di a relucir la humana angustiada y dolida. —Mi loba, por ende yo, existimos para esto. El día que ellos dejen de necesitarme, mi plazo se habrá cumplido y no tendré nada que hacer más que quedarme a un costado.  Atrape mi labio inferior con los dientes, para callar los temblores internos. La vergüenza me hizo bajar la mirada, y posteriormente, darme la vuelta. Sonaba tan ridículo decir en voz alta que dependía de la gente, que hasta yo sentí asco de mi misma. Pero era mi tarea, ese era mi propósito. Si fallaba, si rompía su confianza o si dudaban de mí sin pruebas, sería desastroso.  No corrí, siempre lo hacía para ir al bosque, pero esta vez camine. Intentaba relajarme, porque una vez que mi loba tome el control, era probable que mi lado sentimental y humano fuera pisoteado por la brusca irracionalidad de mi animal.  Y así fue.  “¡Ese idiota va a ver! ¿Quién se cree que es?” Gritó mi loba entre gruñidos.  “Relájate, perderemos nosotras si haces algo estúpido.” “¿Algo estúpido? ¿¡No te das cuenta que está difamando nuestro nombre!?” “Y la gente puede creerle.”  “¡Hemos salvado sus malditos pellejos!” “Y sus familiares están en el hospital. ¿Qué piensas que pesa más?”  “Malditos desagradecidos.”  Pensé en ello. Esto era realmente agotador.
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