Capítulo 1 "No quiero"

396 Words
Sonido de pisadas… —Camelia, sé que estás aquí escondida… —la voz del hombre resonó grave, arrastrando las palabras—. Sal ahora, maldit* mocosa, antes de que vaya por ti, y te vaya peor de lo que te iría si sales por tu cuenta —gruñó su padre, ebrio y con los ojos rojos de ira. Desde debajo de la cama, Camelia contenía el aliento. Sus pequeñas manos temblaban y su rostro estaba cubierto de lágrimas silenciosas. Finalmente, obedeció: salió despacio, con la cabeza gacha, evitando que su padre viera que lloraba. —Qué bueno que saliste. Pensé que habías huido… como tu madre —dijo el hombre, dejándose caer sobre una silla vieja de madera, que crujió bajo su peso—. Esa bruja me dejó solo contigo, y desde entonces mi vida se volvió una maldición. Le dio un trago largo a la botella que sostenía, mientras la niña lo miraba sin comprender. —Ustedes son como una peste —continuó—. Siempre hablando sola, diciendo nombres de muertos, inventando amigos… Al principio lo ignoré porque eres lo único que me queda, pero esto va de mal en peor. He tomado una decisión: mañana te llevaré al orfanato. —¿Q-qué? —balbuceó Camelia, con los ojos abiertos como monedas. Las lágrimas se derramaron sin permiso—. Papi… por favor, no me abandones. Me voy a portar bien, ya no voy a hablar con mis amigos, lo prometo… pero no me dejes ahí, por favor… —suplicaba de rodillas, con la voz quebrada. —¡Cállate! —rugió el hombre, levantándose de golpe—. Ya no eres mi problema. Te vas hoy. La tomó del brazo con violencia y la arrastró fuera de la casa. Los transeúntes los vieron pasar: un hombre tambaleante y una niña de apenas cuatro años, que lloraba y se resistía entre sollozos. Nadie dijo una palabra. —¡Papá, no quiero! ¡Por favor, no me dejes! —gritaba Camelia, mientras sus pasos se arrastraban sobre el suelo de piedra—. ¡Ya no hablaré nunca más, pero no me dejes! Nadie intervino. Nadie. Al llegar al orfanato, el hombre no miró atrás. Dejó a su hija con las cuidadoras, que la observaron con una mezcla de compasión y desdén. No sabía entonces que ese lugar sería el verdadero infierno de su infancia.
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