Sollozos.
—Papá… snif —murmuró Camelia, acurrucada en un rincón oscuro de la habitación—.
Papá, regresa… por favor… —dijo casi en un susurro, con la voz rota.
Había pasado un día desde que su padre la dejó en el orfanato.
Lloró sin descanso, hasta quedarse dormida en brazos de una de las cuidadoras. Para ellas, aquella escena era parte de la rutina: consolar niños que llegaban con el corazón hecho pedazos por padres que ya no podían —o no querían— cuidarlos.
Al amanecer, una campana anunció el inicio del día. Camelia fue despertada junto con los demás niños para desayunar y luego cumplir con las labores asignadas.
A ella le tocó tender las camas.
Mientras alisaba las sábanas, las lágrimas le corrían por las mejillas redondas. Cuando terminó, se sentó en el suelo, abrazando sus rodillas, y escondió el rostro entre ellas.
Sollozó bajito, pidiendo en silencio que su padre regresara por ella.
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Actualidad.
—…María, ¿estás aquí? —preguntó Camelia, mirando hacia un costado.
—Claro que sí, pequeña —respondió una voz suave, mientras una figura se deslizaba desde la pared—.
Siempre estoy contigo. Eres la única persona viva con la que hablo, además… es divertido jugar contigo.
Camelia sonrió, limpiándose las lágrimas.
—Creí que te habías ido…
—Te prometí que seríamos mejores amigas —dijo María, sentándose a su lado—.
Incluso después de tu muerte.
Camelia se estremeció apenas, pero enseguida se dejó abrazar. María, aunque invisible para los demás, lo había visto todo.
Había estado ahí cuando su padre la dejó, cuando lloró sola, cuando todos los demás dormían.
—No llores más, Camelia —susurró María, acariciándole el cabello—. Si te sientes sola, puedo traer más amigos. El señor William también quiere estar con nosotras…
—Eso me encantaría, Mar… —Camelia se detuvo al escuchar pasos.
La puerta se abrió.
—Hola, Camelia —dijo una cuidadora—. ¿Con quién hablabas?
Silencio.
Camelia bajó la mirada.
—…Bueno —continuó la mujer, fingiendo no notar nada—. Vine a ver si terminaste. Veo que sí.
¿Tienes hambre? Vamos al comedor.
La niña asintió sin decir palabra.
Detrás de ella, María sonreía desde la pared, invisible, observando cómo la pequeña se alejaba.