Habían pasado unas semanas desde que Camelia fue dejada en el orfanato.
Durante ese tiempo, comenzaron a correr rumores sobre ella:
que hablaba sola,
que su padre la había abandonado porque estaba loca,
que era hija de una bruja…
y que una maldición la seguía a donde fuera.
Al principio, nadie le daba importancia, pero pronto las cuidadoras comenzaron a evitarla.
Sus miradas se volvieron frías, y sus voces, más duras.
—¿Ya has terminado de lavar la ropa? —preguntó una de ellas con tono impaciente.
—No, aún no termino… pero ya casi —respondió Camelia, sonriendo con cansancio.
—¿Aún no terminas? —replicó la mujer, cruzándose de brazos—. Yo, hace horas, habría terminado.
—Lo siento… me esforzaré más la próxima vez —murmuró la niña, agachando la cabeza y mirando la tina con unos cuantos trapos flotando en el agua.
—Eso espero… —dijo la mujer, alejándose—. Oh, y por no haber terminado a tiempo, serás la última en comer. —Su risa sonó como una puerta vieja cerrándose.
---
Camelia terminó de lavar y tender la ropa diez minutos después de que la cuidadora se fue.
Cuando llegó al comedor, no había nadie.
Pensando que todos ya habían comido, fue a la cocina para pedir un poco de comida, pero el lugar también estaba vacío.
Revisó las ollas.
Encontró un poco de arroz cocido y un pedazo de pan endurecido.
Se sirvió en silencio, comió despacio y, al terminar, lavó su plato antes de volver a su cama.
Allí, se sentó a jugar con una muñeca de trapo que había hecho con retazos de tela y comenzó a hablar con María.
—¿Por qué estás sola, Lia? —preguntó la voz, materializándose en la penumbra del cuarto.
—Pues… creo que todos salieron —respondió Camelia con una sonrisa débil—. Como estaba lavando la ropa, se fueron sin mí.
María se sentó frente a ella. Su figura parecía hecha de bruma.
—Sabes que no es cierto —dijo suavemente—. Los demás te temen porque hablas con nosotros.
No todos entienden que eres distinta.
—Eso supongo —murmuró Camelia, acostándose a su lado.
—No te preocupes —continuó María, con una sonrisa que no era del todo humana—. Nosotras te cuidaremos. Nadie se atreverá a hacerte daño.
—Pfff… eres muy graciosa —bostezó Camelia—. Nadie ha sido malo conmigo. Tengo comida, una cama, y nadie me pega… —sus párpados se fueron cerrando poco a poco—.
Extraño a papá… pero estoy bien… aquí…
Y se quedó dormida.
María la miró en silencio.
Sabía que las palabras de la niña eran mentira.
La acarició con cuidado, como si temiera romperla, y le dio un beso en la frente antes de desvanecerse.
—Descansa, Lia… —susurró—.
Nosotras siempre te cuidaremos.