Paso 5: Mantente al margen, sigue tus instintos y RETÍRATE si es necesario.
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Como si formara parte de un plan para obligarlo a renunciar apenas pasó su primera semana un rumor sin antecedentes surgió de la nada:
El rumor de que un hombre que llega a casa de Helena y desde temprano por la mañana y sale al casi caer la noche.
Solamente cobraba fuerza cada vez que Milo terminaba en casa de Helena para cuidar de Sophie, pero aún si se trataba de él no había mucho que pudiera hacer al respecto, necesitaba el dinero y los beneficios casi tanto como a su propia vida, lo suficiente como para soportar algunos chismes malintencionados.
«Solo están diciendo lo que le convienen, no soy más que el simple sirviente de una pequeña de seis años.»
Lo único especial en su vida era que le pagaban por jugar a las princesas.
Daynna, por otro lado. No estaba especialmente de acuerdo con dichos comentarios sin fundamentos, es por esto que se asegura hacer saber a Helena sobre la situación y luego plantearían posibilidades de solución.
Pero la respuesta que recibió no fue en absoluto como se lo esperaba.
— Son solamente rumores, terminaría en un manicomio si tuviera que hacer caso de cada uno de ellos. — Fueron las palabras de Helena. — Milo es solamente el niñero de Sophie, pero no importa cuántas veces lo diga ellos solo creerán lo que les conviene, entonces que sigan carcomiéndose los unos con los otros.
Un poco de publicidad tampoco le sentaría demás.
Pero Daynna no se sintió satisfecha con eso, su pesado suspiro quejumbroso llegó hasta los oídos de Helena, que estaba trabajando desde su escritorio.
— Ese chico desde que llegó solamente da trabajo, pero no necesitas preocuparte por eso, no creo que dure mucho con tanta presión social. Si llega a causar un alboroto yo misma me encargaré de echarlo.
Helena le lanzó una mirada mordaz, Daynna de nuevo estaba desafiando su autoridad.
— Soy yo la que decide si Milo se va o se queda.
— ¿Y qué harás si decide irse por su propia cuenta?
Helena suspiró.
— En ese caso dejaré que se marche libremente. — Respondió. — Pero se ha portado bien y Sophie está contenta con él ¿Tengo motivos para echarlo?
— Por ahora. — Masculló Daynna.
Pero dichas murmuraciones no llegaron hasta los oídos de Helena.
***
Cuando las carcajadas de Sophie suenan por toda la habitación Milo se siente avergonzado y derrotado, su retaguardia estaba atascada en la diminuta silla plástica que no soportó más su peso durante la hora del té y se rindió, antes de que siquiera pudiera percatarse sobre las patas traseras reventando ya había caído al piso y el té imaginario de Sophie se le derramó encima.
— ¡Milo se ve muy gracioso! — Sophie necesitó sujetarse el estómago, le dolía por tanto reír.
Milo solamente agradecía no haber sido despedido por eso, a costa de su orgullo, claro.
Es por eso que, con el coxis adolorido, tuvo que deshacerse de la pequeña silla traicionera cuanto antes.
Si bien su trabajo cuidando de Sophie no era tan malo habían muchos momentos en que se sentía como si no estuviese cuidando de una niña, sino de una mujer adulta completamente independiente, muchas veces se preguntaba por qué alguien que sabía hacer todo por sí misma necesitaba de una niñera.
No, había una mejor pregunta que esa.
Por qué una niña de seis años sabría hacer todo por su propia cuenta, sin pedir ni siquiera un pequeño tipo de ayuda.
''Yo puedo sola, Milo''
Bien sea al elegir cambios de ropa, abrir botellas, alcanzar cosas de lugares altos o atarse los cordones de los zapatos, eso era lo que Sophie respondía para todo. Milo simplemente la seguiría y evitaría que cayera al suelo o se hiciera daño con objetos filosos que definitivamente un niño de su edad no podía manipular.
¿Realmente eso era algo normal?
— ¿Qué estás haciendo, Sophie?
De repente ella levanta su pequeña cabeza hacia Milo limpiando a su alrededor, tenía un gesto aburrido en el rostro.
— Estoy leyendo un cuento de hadas.
— ¿Un cuento de hadas? — Preguntó, luego se acercó a ella con la intención de quitarle el libro. — Sophie, sé que puedes estar emocionada por saber qué sucede en el libro, pero si lo lees antes de que tu mamá te lo cuente esta noche se pondrá muy triste.
Sophie lo miró como si estuviera loco.
— ¿De qué estás hablando?
— ¿No estabas leyendo este cuento con tu mamá antes de dormir?
— No seas tonto Milo, mi mamá está muy ocupada con su trabajo. Yo leo mis propios cuentos, así que regrésame mi libro por favor.
Realmente la respuesta sorprendió a Milo, incluso él, que fue abandonado por sus padres, en algún momento de su infancia tuvo a alguien que le leyera un cuento.
¿Por qué con Sophie no era así?
— ¿Siempre le dices a tu mamá que no te lea?
La miró agachar la cabeza, como si tratara de esconderse.
— Ella está muy ocupada..
De alguna manera era como si, se sintiera ella misma como una carga.
Milo se sentó a su lado. — ¿Qué te parece si yo leo algo para tí?
— Ya he leído todos los libros que mi mamá me ha dado. — Respondió Sophie. — Yo leo mucho, Milo.
— Pero seguramente no conoces la historia que te voy a contar. Es una historia que a mi hermana le gusta mucho sobre una chica pobre que se convierte en princesa.
La idea pareció atraer su atención, Sophie se levantó y empezó a bscar entre todos sus libros.
— No tengo esa historia.
Milo sonríe.
— No necesito el libro para contarla.
Y, aunque al principio se mostró un poco reacia ante una idea que le parecía infantil e incluso creyó que Milo no estaba diciendo la verdad, terminó accediendo a que le contara la historia.
— Había una vez una pequeña jovencita huérfana muy pobre que robaba a los ricos para sobrevivir... — Empezó a hablar mientras Sophie regresaba a sentarse a su lado.
Le había leído la historia a Perla tantas veces que el libro terminó gastado y roto entre sus manos, al escuchar el llanto de Perla por su libro favorito roto terminó recitándolo y se dió cuenta de que lo memorizó de princpio a fin.
Desde entonces, cada vez que ella se lo pedía, Milo terminaría recitándole la historia hasta verla dormida.
—... Y entonces, como había ayudado a atrapar al villano, el emperador le concedió el perdón por sus delitos y la nombró caballera honoraria, además la adoptó como a su hija, y entonces vivió feliz para siempre.
Sophie, que se había quedado embelesada durante todo el relato se atrevió a hablar poco después de que Milo terminara.
— ¿No se casó con el príncipe para convertirse en princesa? ¿Qué estuvo haciendo mientras la protagonista asó por todas esas dificultades? ¿Por qué no la ayudó?
Milo despeinó la cabeller de Sophie.
— A veces los príncipes no son necesarios en las historias.
Por esa misma razón era que a Perla le gustaba tanto el cuento.
— No lo entiendo. — Sophie hizo un puchero, entonces Milo ríe un poco.
— Tal vez lo comprendas cuando seas más grande.
Sophie sonrió hacia su dirección.
***
Sin embargo, además de la extraña madurez que Sophie se muestra había otro problema del cual necesitaba encargarse cuanto antes:
— ¿Qué demonios es esto?
Lo que estaban viendo sus ojos era algo inédito.
— La cena de la señorita ¿Qué no ves? — Respondió el cocinero como si fuera algo obvio.
Pero Milo le bloqueó el camino.
— Sí, si veo. Es por eso que estoy preguntando.
Normalmente no se quedaba a la hora de cenar, las comidas de Sophie eran estrictamente en el comedor y alguien más se ocuparía de ella, lo que le daría el tiempo de descansar e incluso lavarse el maquillaje de la cara.
Conociendo cómo era el ambiente en aquella casa y la autoridad que los empleados le daban a la queridísima hija de una mujer de negocios tan importante como lo era Helena se dió cuenta de que no debió haberlo dejado pasar por alto.
— Son los platillos favoritos de la señorita, no hay nada fuera de lo común aquí.
Milo echó un vistazo sobre la bandeja y quiso golpearse el rostro.
En su afán por complacer todo lo que Sophie pedía solo servían aquello que le gustaba para ser elogiados en lugar de despedidos, por supuesto, ¿qué más podría gustarle si no fuera comida rápida y golosinas?
— No puedes darle de cenar esto a una pequela de apenas seis años, por favor te voy a pedir que lo regreses y traigas cosas que sean más saludables. — Miró con cierto desagrado todo lo que había traído, de solo ver las cantidades exhorbitantes de azúcar sintió náuseas.
Por supuesto, Sophie no tardó en saltar a la acción.
— ¡Es mi comida, no puedes hacer esto! — Se quejó a voces mientras se aferraba a la ropa del cocinero. — Deja todo ahí en la mesa.
— No, llévatelo. — Contradijo Milo, retándola. — Eres una pequeña mocosa, ¿cómo piensas crecer bien si no cuidas de lo que comes?
— ¡Milo! — Gritó. — Te digo que si él se lleva mi comida mi mamá lo va a echar y te echará a tí también.
Milo se cruzó de brazos, de momento la situación se hizo más tensa, sobretodo cuando vió la cara de pánico por parte de un cocinero que no deseaba ser echado tan miserablemente de su trabajo.
Lo lamentó por él, pero no podía darle la razón a Sophie.
— Vas a comer vegetales y hortalizas, tal vez un postre si es que te lo mereces. — Le habló con firmeza.
Sophie, que nunca había escuchado un tono de voz similar porque nadie tenía las agallas suficientes como para enfrentarla, pareció retroceder sobresaltada, su ceño estaba arrugado y estaba haciendo una mueca de impresión bastante graciosa de ver, pero Milo no mostró ni siquiera una mínima sonrisa.
— Tú... No puedes hacerme esto, mi mamá... M-mi mamá me dijo que yo podía hacer todo lo que quisiera.
Milo levanta a Sophie y la sienta en la silla frente a la mesa, entonces da la orden al cocinero de cambiar la comida.
— Si tienes alguna queja habla con recursos humanos.
Sophie no podía creer su arrogancia, así como la molesta cara que Milo seguía haciendo mientras ella masticaba y tragaba perezosanmente los trozos de ensalada al vapor y espárragos que tanto odiaba.
Verla comiendo silenciosamente -Pese a estarlo haciendo a regañadientes- fue motivo de sorpresa en la casa, como si Milo hubiera hecho algo particularmente increíble.
— Sé que su mamá da miedo pero no pueden seguir concediendo este tipo de caprichos, ella no sabe lo que es bueno y sano para su cuerpo. Si se llega a enfermar serán nuestras cabezas las que van a rodar por ser tan irresponsables.
El equipo de la cocina prestó atención especial a las palabras del valiente Milo, que entraría a revisar la comida dentro de los frigoríficos.
— Como lo supuse, en su mayoría son ingredientes para preparar postres. — Murmuró. — ¿Acaso no hay nadie que se encargue de esto? ¿Cómo es que la señora de la casa lo permite? Los vegetales y las hortalizas están a punto de pasar a una mejor vida pero dentro del refrigerador hay una máquina para hacer yogurt helado.
Los encargados de la cocina se miraron entre sí, un poco desconcertados.
— La señorita Daynna es la que se encarga de enviar suministros a la cocina, nosotros solo usamos lo que ella envía.
Las palabras de la cocinera hicieron que Milo detectara cuál era el problema: Daynna.
— Ustedes tienen voz, para la próxima vez no dejen que esto pase.
— Así que ahora también das órdenes a un personal que no trabaja para tí. — Sintió escalofríos cuando escuchó la voz de Daynna tras él, como un fantasma que estaba en todas partes y era invocado con solo pronunciar su nombre — Para que lo sepas solamente selecciono los mejores alimentos y, a mi manera, cuido muy bien de la dieta que mantiene mi sobrina.
Milo quiso reírse.
— Los mejores alimentos de hace diez días probablemente porque casi todo está echado a perder, una pequeña en proceso de crecimiento no puede ser alimentada correctamente con eso.
Daynna se enoja.
— Estás siendo demasiado entrometido, ¿Acaso no crees que Sophie está en la edad en que tiene el derecho de pedir lo que está dispuesta a comer? Por algo su madre trabajaba tan duro.
— Una pequeña de seis años no sabe cómo elegir adecudamanete sus alimentos y cuidar de su salud, así que mientras yo esté a cargo de ella decidiré lo que come y lo que no.
— No será por mucho tiempo.
Sin saber si aquello era una clara amenaza o una advertencia Milo dejó que Daynna se retirara bajo la mirada atenta de los espectadores.
***
Durante la siesta de la tarde de Sophie, poco antes de su hora de salida Milo aceptó hacer un favor, todo lo que tenía que hacer era subir el cesto de toallas limpias a la habitación que usaban para almacenarlas junto con edredones y dejarlas allí, luego alguien se encargaría de guardarlas en su sitio
No era algo particularmente complicado de hacer, su único inconveniente solamente era tratar de no desorientarse dentro de la inmensidad de aquella casa.
— Estoy seguro de que esa piscina ya la ví tres veces. — Murmuró mirando hacia abajo desde el barandal.
A su derecha habían habitaciones, a su izquierda una inmensa piscina, detrás de él escaleras y un largo pasillo que rodeaba la casa sin recorrer por delante.
«El tiempo que tarde buscando debería serme contado como sobretiempo. » Se quejó.
Cuando sus pies lo empujaron hacia delante una extraña sensación le pidió que regresara sobre sus pasos, Milo instintivamente se frena y siente nervios cuando escucha voces traspasando las paredes.
'Te juro que llamaré a la policía si no te vas en este preciso instante'
'¡¿Quién es el hombre que viene a tu casa todos los días y con el que te estás revolcando, Helena?! ¡¿Tan poco te importó nuestro matrimonio?! ¡Estoy siendo el hazmereír de la empresa por tu culpa!'
'Son solo rumores, cualquier persona con dos dedos de frente se daría cuenta de eso'
Estaba más que claro; era una pelea.
Pero no cualquier pelea, se trataba de una discusión marital.
Cuando gira la cabeza ve el par de puertas blancas completamente cerrada, adentro estaban peleando tan fuerte que podía escucharlos.
Sin la más mínima intención de quedarse en el medio Milo huye de la escena, haciendo sus pasos silenciosos para pasar desapercibido, había algo dentro de él que seguía inistiendo en una cosa: Si lo veían terminaría en un gran problema.
Las puertas se abre bruscamente cuando Helena y Alex terminan de pelearse, él iba hecho una bola de furia luego de ser echado miserablemente, su mueca se desfigura aún más cuando alcanza a ver la espalda del inocente Milo.
— Así que eres tú.
Milo, como si tuviera algo que ver en el problema -O como si fuera la raíz de ello-, se tensó, ni siquiera terminó de darse la vuelta cuando el puño de Alex ya se había dado contra su cara.
Por una milésima de segundo creyó merecerlo, nada de eso habría pasado si desde un principio no se hubiera detenido.