Paso 1. Deja que te encuentre: No hay que buscarlos, ellos mismos deciden con quién quieren estar aún si no son conscientes de eso, quien sabe, quizá la vida te dé una oportunidad especial.
* * *
Allí abajo todo lo que le esperaba era el final de su miserable vida.
Sus manos temblaron sujetas a los barandales del puente, tragó en seco mientras miraba las corrientes marinas atropellándose entre sí y entremezclándose con tanta fiereza que si saltaba en ese preciso momento la corriente lo halaría hacia el fondo y le imposibilitaría salir.
«Aterrador» Fue la palabra que llegó a su mente de forma natural.
Apretó la imagen de su hermana menor entre manos, las lágrimas ya habían empañado su rostro y la brisa le soplaba directamente a la cara.
— Lo siento, Perla… — Se lamentó por su pequeña hermana — Lo siento por tener que dejarte sola de esta manera… Pero ya no lo soporto, por favor, entiéndeme.
Ni siquiera había sido capaz de despedirse de ella, esa misma mañana la visitó como todos los días, un poco más silencioso de lo habitual, la miró dormir mientras la solución intravenosa fluía directamente por su torrente sanguíneo, dejó un tazón de caldo de pollo en la pequeña mesita para que comiera en cuanto despertara, era lo único que tenía para darle, luego besó su frente y la acobijó de nuevo.
Entonces sus pies se dirigieron hacia lo que parecía ser un destino inevitable.
No tenía siquiera un centavo en el bolsillo, su refrigerador llevaba días vacío, ningún empleo era suficiente para abastecer los gastos del hospital, los cobradores estaban pisándole los talones mientras le amenazaban con dejarlo en la calle y cada noche recibía las sentencias de hombres peligrosos a los que había tenido que recurrir por préstamos, su dulce hermana no merecía una vida como esa, no merecía ver cómo era golpeado hasta el cansancio a causa de una deuda que no podía pagar ni tampoco merecía ver cómo moriría por esta misma causa.
Si fallecía un poco antes no habría ninguna diferencia, al quedarse completamente sola alguna fundación podría encargarse de velar por la salud de Perla y ayudarla a seguir adelante.
Esa fue la idea que lo animó a cometer aquella locura.
— ¿Qué ray…? — Masculló cuando se vio atascado al suelo.
Algo aferrándose a su pierna de manera repentina le hizo asustarse y retroceder, en la misma situación cayó directo al suelo, contrario a lo que creía la pequeña cosa aferrándose a él continuó allí, agarrándolo con firmeza.
Se trataba de una niña, fácilmente calculaba que debía rondar entre los cinco a seis años. Ella se estaba agarrando de él con fuerza, sin siquiera mirarlo, solo estaba ahí, impidiendo su muerte.
— ¿Qué estás haciendo? No puedes aferrarte así a un desconocido — Milo sacudió ligeramente la pierna con la intención de ser liberado.
Pero ella se rehusó a soltarlo.
— ¡Juega conmigo a las casitas! — Exclamó con su vocecita agitada llena de alegría.
Milo necesitó de varios segundos para asimilarlo.
— ¡He dicho que me sueltes! ¿Quién te crees que eres? — Preguntó alterado.
Intentó huir de aquella niña, pero ella lo persiguió con determinación, frustrando así sus planes y derribándolo a la primera oportunidad que tuvo, entonces se le subió a la espalda y comenzó a saltar bruscamente sobre su ya de por sí jodida columna.
— ¡Este juego es muy divertido, caballito! — Dijo contenta.
Pero Milo definitivamente no estaba contento con eso.
— ¿Dónde está tu mamá? Vete con ella, no estoy de humor para jugar — Apoyó la mejilla en el pavimento.
— Mi mamá no tiene tiempo para jugar conmigo — Murmuró.
— ¿Y esa es tu excusa para venir y destrozar mi espalda? — Gruñó Milo, harto.
Al notar que se quedó callada creyó que por fin había tomado conciencia y se bajaría, sin embargo esa niña, una vez más, fue contrario a sus expectativas y le tomó del cabello, tirando hacia atrás.
— ¡Auch, eso duele pequeña mocosa! — Se quejó Milo.
Nada parecía estar yendo bien ese día, tan pronto como decidía ponerle fin a su vida una niña de cinco años interrumpía su muerte solo para usarlo como su juguete personal. ¿Acaso podía ser peor?
«Debo dejar de hacerme esas preguntas» Se dijo en cuanto el claxon de un vehículo sonó repetidas veces frente a sí.
Cuando alzó la mirada se vio completamente rodeados por lujosas camionetas negras y de vidrios polarizados, la piel se le erizó ante el susto y no pudo evitar tragar en seco, la niña saltando sobre su fregada espalda comprendió la situación y se puso de pie, los vehículos casi triplicaban su pequeño tamaño.
— Espera — Milo la detuvo antes de que corriera hacia ellos — No es seguro.
Ella lo miró con burla, luego palmeó su cabeza como si fuera un cachorro.
— Todo estará bien, caballito — Repitió mientras seguía palmeando su despeinada cabeza.
Milo se sobresaltó cuando la puerta del piloto del auto que tenía justo en frente se abrió, tuvo que alzar la cabeza y adaptarse a la luz de los focos que le apuntaban directamente a la cara, un hombre grotesco y fornido salió de ahí, probablemente rondaba cerca del metro noventa y era realmente aterrador. Él simplemente le dio la espalda y abrió la puerta trasera, la del pasajero.
Esperándose lo peor –Que fuera algún cobrador de deudas que acabaría ahí mismo con su vida- cerró los ojos con fuerza y resguardó a la niña al ocultarla tras de sí una vez se puso de pie, pasara lo que pasara ella no tenía por qué pagar por sus pecados.
Sin embargo, el contorneo fino de un par de tacones chocando contra la acera al caminar le dejó estático, confundido y perplejo.
Una mujer, de fina estampa y elegancia con un saco n***o puesto por encima de los hombros atrajo su atención, Milo concentró su mirada en la ondulada cabellera brillante como la noche que caía elegantemente de lado sobre su hombro izquierdo, recordándole las olas del mar que bailaban con la brisa. El vestido n***o ceñido al cuerpo hasta las rodillas que llevaba resaltaba su figura y aquellos zapatos altos en absoluto opacaban aquellas esbeltas piernas.
Todo en ella gritaba ‘’Perfección’’.
— ¡Mami! — El grito de la niña que salió corriendo de su escondite lo tomó por sorpresa, no esperaba que aquella mujer fuera su madre.
En seguida, con el cariño maternal que Milo jamás se imaginó poder legar a tener, ella recibió a su hija y la estrechó entre brazos.
— Santos cielos, Sophie ¿Cuántas veces debo decirte que no puedes escapar así? — Acarició la bien peinada melena de su hija — Hiciste que mamá casi tuviera un infarto por el susto.
Milo volvió a observarla, pensó en la gran influencia que debía tener esa mujer para ser capaz de convocar tanta seguridad para encontrar a su hija pequeña.
Entonces el miedo de ser confundido con algún secuestrador lo paralizó.
— Estoy bien mami, mi nuevo amigo jugó conmigo — Justo cuando estaba a punto de escapar Sophie lo señaló, entonces un guardaespaldas le bloqueó el camino — ¡Me gusta mucho! Es muy divertido.
Claro, si divertido era casi quedarse pelón mientras una niña le fracturaba la columna por supuesto que lo había sido.
Era capaz de admitir tal cosa con tal de quedarse libre.
— ¿Es así? — Preguntó la madre de Sophie, elevando su mirada hacia Milo.
Hubo algo en esa pequeña pregunta que le hizo sudar frío, la voz de ella se había tornado gélida y lo miraba como si fuera un desecho de la humanidad al que quisiera encajarle la punta filosa de sus zapatos por haberse atrevido a acercarse a su preciada niña.
— N-no es como parece… Ella me tomó por sorpresa, yo solo quería… — Intentó explicar, deteniéndose antes de hablar sobre su razón para estar ahí.
Ella alzó su mano en un claro esto para que cerrara la maldita boca, echó una mirada fugaz a su guardaespaldas de antes y Milo se aterró cuando volvió a ser juzgado con aquella dura mirada.
Quiso morirse cuando Sophie volvió a pegarse como garrapata a su pierna.
— Gracias por haber cuidado a mí preciada hija — Enfatizó — Sophie, deja ir al señor. Es hora de regresar a casa, te compré un pony tal y como querías.
Milo se atragantó con su propia saliva al escuchar aquello.
— ¡No quiero, mamá! ¡No, no! — Se agarró con más fuerza a la ropa de Milo cuando los de seguridad halaron a la niña para que soltara.
Era increíble la fuerza bruta de una niña a mitad de un berrinche.
— ¡Me gusta, mamá! ¡No quiero! — Pataleó Sophie.
Milo solo podía pensar en lo jodido que estaba.
— ¿Q-qué vamos a hacer? Esto se ha convertido en un problema — Levantó a la niña del suelo al ver que a se había hinchado de tanto llorar.
No era tan insensible como para no secarle las lágrimas aunque sea, estaba asustado, no, aterrado, sin embargo no podía dejar de establecer comparaciones con su hermana menor cuando tenía esa misma edad.
Mientras Sophie lloraba e inundaba de mocos su camiseta ella lo miró de arriba abajo, antes de que dijera alguna idea estúpida Milo se acercó a ella y le regresó a su hija.
— Será mejor que me vaya — Dijo Milo.
Pero ni bien alcanzó a andar dos pasos aquella mujer dio una orden directa que no le permitió seguir avanzando:
— Súbanlo al auto.
— ¡¿Qué?!
Ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar cuando ya lo habían encerrado en el vehículo.