Paso 2. Mantén la calma: Conserva la compostura, no te atacará si no lo haces primero
* * *
Todavía necesitaba que alguien le explicara cómo habían acabado las cosas de esa manera, él siendo arrastrado por unos tipos que le doblaban el tamaño y la musculatura mientras que una niña de no más de cinco años se aferraba a su pierna como si fuera la última oportunidad que tenía en su vida de ver un espécimen tan extraño como un sujeto a punto de quitarse la vida.
¿Acaso las cosas no podían ponerse peor?
La madre de la niña, quien estaba sentada justo a su lado, tampoco era una persona que le inspirara confianza. Cada partícula de su cuerpo ignorándolo como a una presencia fantasmal le indicaba el duro rechazo que estaba recibiendo de su parte, Milo se encogió en su asiento con un nudo tanto en el estómago como en la garganta ¿A dónde iría a parar su pobre cuerpo endeudado?
¿Y si se trataba de una emboscada? ¿Y si lo estaban llevando directo a su ruina a manos de uno de los hombres a quienes le debía?
De repente palideció en su puesto, la ansiedad por no saber lo que estaba ocurriendo comenzaba a consumirlo poco a poco, haciéndole sentirse desesperado, como si el espacio dentro del auto comenzara a encogerse y su respiración fuera bloqueada a causa del oxígeno que comenzaba a hacerle falta.
Necesitaba salir, enloquecería si pasaba otros segundos allí dentro, queriendo vomitar dentro de tan bonito auto.
Ella fue capaz de notar la inquietud del joven a su lado — Oye ¿Qué sucede? ¿Estás b..?
Su pregunta se quedó a medias cuando el vehículo se detuvo, además, Milo no la estaba escuchando por nadar perdido dentro de sus propios pensamientos pesimistas.
Sintió como si hubiera visto la luz en cuanto salió del auto, sorprendiéndose al ver que, muy por el contrario a lo que se había estado esperando no se había bajado en un sitio de mala muerte, al contrario, se trataba de una casa, no, una mansión, una muy imponente y lujosa.
Tardó varios segundos en asimilar aquello.
— P-perdón ¿Dónde estamos? — Preguntó, desconcertado. y viendo como la niña de antes volvía a aferrarse a su pierna, ya podía decir que se lo había estado esperando.
— Tienes que entrar primero antes de comenzar a hacer las preguntas — Contestó la madre de Sophie, alzándola en brazos — Tienes que dejar que el señor camine, no puedes obstruir su paso de esa manera ¿Qué haremos si se lastima?
Sophie miró a Milo por encima del hombro de su mamá — Lo siento — Hizo un pequeño puchero acongojado.
Milo negó con la cabeza y se esforzó por sonreír tan amplio como pudo, aún sin entender lo que estaba ocurriendo con precisión.
¿Lastimarse? ¿Acaso eso quería decir que no estaba ahí para ser lastimado por algún mafioso o pandillero?
Que lo dejaran entrar a tan lujoso lugar fue aun más desconcertante, trató de no mirar nada y atinar a seguir a Sophie junto a su madre, de quien todavía desconocía el nombre.
— Ponte cómodo — Mencionó la madre de Sophie.
Milo no estaba muy seguro sobre poder ''acomodarse'' en un lugar así.
Había sido guiado hasta un salón que era probablemente tres veces más grande que el departamento pequeño en el que vive solía vivir junto a su hermana, Perla, antes de que ella ingresara al hospital y terminara viviendo allí solo. Toda la decoración de aquel salón era lujosa, elegante y para nada encajaba en un lugar tan sofisticado como ese.
Probablemente nunca en su vida había meditado antes de sentarse en un mullido sofá blanco, es decir ¿Por qué tenía que ser blanco cuando se había caído al suelo, prácticamente arrastrado y lo más probable era que estuviese completamente sucio? Quizá se trataba de ponerlo a limpiar lo que tocara después de ensuciarlo.
Solamente sabía una cosa: Necesitaba mantener la calma.
Desde su punto de vista aquella mujer era capaz de olfatear el miedo a kilómetros de distancia, como una leona a punto de a****r a un conejo inocente, saldría perdiendo si hacía un movimiento brusco.
— Bien, te preguntarás por qué te he traído hasta acá — La madre de Sophie se sentó justo frente a él, con una mirada tan pesada que podría atravesarlo en cualquier momento si no guardaba el debido cuidado — La cuestión esta en que a mi hija le gustaste.
En ese momento ni siquiera se había percatado de que la niña seguía aferrada a él hasta que se atragantó con su propia saliva al escuchar semejante declaración y miró a Sophie con su mantita abrazándose a su brazo.
— ¿P-perdón? — Cuestionó Milo — L-lo siento, me parece muy adorable pero esto es un poco...
Un poco raro, loco, surrealista, insólito y pare de contar.
— Seré muy directa con usted: Si mi hija quiere algo yo se lo doy. — Contestó — Ten la seguridad de que definitivamente no me agradas, te ves tan débil y delgado que pareciera como si en cualquier momento fueses a ser arrastrado por la brisa, tu piel está tan pálida, como si nunca hubieras recibido los rayos del sol y tienes un aspecto que solo me hace querer vomitar y echarte de mi casa. Pero Sophie vio algo en tu fantasmagórico ser que le gustó y deberías estar agradecido por eso.
Milo se quedó en silencio, ni siquiera sabía cómo reaccionar a la oleada de adjetivos despreciativos que le cayeron encima de forma repentina, mayormente por el hecho de que todo era cierto, desde que enfermó su hermana no había tenido la oportunidad de respirar siquiera.
— Todavía no sé a dónde quiere llegar con eso ¿Para qué estoy yo aquí?
— Me gusta el tío — Balbuceó Sophie medio adormilada, extendiendo su pequeña mano hacia la mejilla de Milo.
El tacto fue cálido, agradable.
— Entonces así son las cosas, se ha encaprichado contigo y no te soltará tan fácilmente. Es por eso que he venido a ofrecerte un puesto especial como niñera.
Al escuchar aquello no pudo evitar sorprenderse.
¿Entonces había sido arrastrado hasta allí solamente para convertirse en niñera?
— ¿Que yo cuide a su hija? — Preguntó Milo, incrédulo.
— Verás, como seguro habrás podido notar soy una mujer ocupada con un trabajo que requiere la mayor parte de mi tiempo, no puedo simplemente dejarlo todo y cuidar a mi hija así como tampoco puedo llevarla al trabajo por el simple hecho de que no es un ambiente adecuado para los niños pequeños, es por eso que te he traído, para que la cuides — Respondió ella.
Milo suspiró.
— Con todo respeto de verdad creo que tiene una gran hija... Pero simplemente no puedo cuidar de ella. — Lamentaba tener que ser quien rechazara la petición, pero no podía — Yo... No puedo hacerlo, estoy demasiado ocupado, tengo un montón de deudas sin pagar y si no consigo trasladar a mi hermana a un mejor hospital para que reciba su tratamiento seguramente morirá... No tengo tiempo para cuidar de su hija, lo siento.
Además de que el sueldo de una niñera no sería suficiente para todos ls gastos con los que tenía que lidiar, convertirse en el guardián de Sophie implicaba dejar sus trabajos a medio tiempo con los que había estado subsistiendo para dedicarse todo el día a una niña..
Ella se quedó mirándolo con asombro, era la primera vez que alguien tenía las agallas suficientes como para rechazarla, era tanto así que no podía salir de su asombro aun cuando Milo se puso de pie, dispuesto a irse.
— Te pagaré el doble — Dijo de repente, Milo se detuvo a mitad de camino al escucharla — Pagaré tus deudas también — Añadió — Y si duras más de una semana con mi hija cubriré los gastos de tu hermana con nuestro seguro médico, el cual es uno de los mejores del país.
Milo se tensó ante la propuesta y volvió a girarse.
¿Cómo sabía si no estaba siendo engañado ya que había expuesto una necesidad?
— ¿De verdad haría algo como eso?
Intentó mirar la sinceridad en los ojos de aquella mujer escalofriante, ella asintió.
— No soy alguien que bromee con este tipo de cosas — Fue su respuesta, certera. Le extendió la mano — ¿Entonces qué dices? ¿Aceptas trabajar para mí y convertirte en la niñera de mi hija?
Milo asintió, estrechándole la mano de vuelta.
* * *
Perla lo estaba mirando con obvia confusión, no era normal que su hermano el pesimista se mostrara tan contento mientras quitaba la cáscara de la manzana y la rebanaba en varios trozos más pequeños, se sentó en la camilla con la ayuda de Milo, quien incluso acomodó la almohada detrás de ella.
El espacio dentro de aquella habitación de hospital era realmente reducido, apenas había comodidad solamente para el paciente por lo que Milo constantemente se quejaba por tener que empujar algunas cosas para avanzar o tener que acomodar sábanas y cojines para dormir en el piso porque el tamaño dels sofá para las visitas era demasiado reducido.
Por primera vez en mucho tiempo no se estaba quejando sobre nada de eso.
— ¿Acaso te sucedió algo bueno? ¿Por qué no me lo cuentas ya? — Perla tomó un trozo de la manzana, la cual masticó y tragó bajo la mirada expectante de su hermano — Milo, te quiero, pero ... ¿Manzanas? ¿No son demasiado costosas?
— Tú querías comerlas ¿Cómo podría dejarte con las ganas de probarlo? Así que será mejor que comas bien. — Milo le sonrió.
Perla no podía contra el ingenuo encanto de su hermano, sin embargo seguía preocupada dado que sabía sobre el ajustado bolsillo que Milo estaba tratando de esconder con tantas fuerzas.
— ¿Cómo han estado las cosas? ¿Te han vuelto a molestar los cobradores? — Dejó las manzanas de lado para acariciar la mejilla de su hermano, todavía recordaba cuando él acababa seriamente golpeado para no permitir que los cobradores se la llevaran a ella como pago — Si tan solo no estuviera aquí podrías vivir una vida normal, lo siento mucho, Milo, arruiné tu vida ¿Verdad?
Él vio las lágrimas tristes en los ojos de su hermana, las cuales secó.
— Tú no fuiste quien se marchó de repente y nos dejó llenos de deudas, no tienes la culpa de nada así que no quiero escucharte volver a decirlo ¿Bien? Tu único deber es curarte rápido para que podamos salir de este maldito hospital, así que asegúrate de hacerlo — Perla asintió ante las palabras de su hermano, que le estaba sujetando las mejillas — Antes habías mencionado si me ocurrió algo bueno, sinceramente creo que así es... Perla, pronto podré darte las atenciones que realmente te mereces.
Y aunque en ese momento ella lo miró extrañada Milo la abrazó, no había necesidad de apurarse a dar explicaciones, solamente tenía que ser agradecido de haber sido encontrado.