El sonido de la tos rompió el murmullo de la cocina. Sofía giró enseguida. Lucenzo, aún en sus brazos, comenzó a encogerse contra su pecho, el rostro enrojecido, el aire escapándole entre jadeos cortos. El silbido de su respiración era débil y rápido, demasiado rápido. —No… no, amor, tranquilo, respira conmigo —murmuró ella, sosteniéndolo con una mano en la nuca. El ruido de los platos cesó. Las mujeres se miraron entre sí. Amanda fue la primera en dar un paso. —¿Otra vez? Sofía asintió, con la voz baja. —Voy a nebulizarlo, no puedo esperar. Disculpenme con la madre, si pregunta por mí. Bianca dejó el vaso en la mesa, se limpió las manos en el delantal y se adelantó. —Voy contigo —dijo sin dudarlo. —Bian, no hace falta… —No empieces. —Ya había tomado el bolso, con el aerosol y el

