El aire entre ellos se volvió más denso. Sofía apenas respiraba. Salvatore avanzó un paso más, lento, seguro, con la misma calma con la que antes caminaba entre sus enemigos. Cada movimiento suyo desprendía poder. La sotana negra se movía como una sombra viva alrededor de su cuerpo. Y entonces, ella lo sintió. Ese perfume. El mismo. Amaderado, oscuro, con una nota de tabaco y algo que era puramente masculino. El olor que había quedado grabado en su piel, en sus sábanas, en su memoria el mismo olor del padre que la confesó. ¿Cómo no se había dado cuenta? Su corazón se agitó. El aire no alcanzaba. El cuerpo le tembló. Podía sentir el calor de él tan cerca, el roce invisible de su presencia que la desarmaba. Quiso dar un paso atrás, pero sus piernas no respondieron. Salvatore la miraba

