El pensamiento la golpeó con fuerza. —Si se entera, lo perderé —murmuró. Salvatore no era Damián. No era Luciano. Era Salvatore Morgan. El hombre que ella amaba, pero también el hombre más peligroso que había conocido. Se mordió el labio, conteniendo un sollozo. Si él sabía que el niño era suyo… si sabía que las pastillas prenatales que cambió Akira dañaron sus pulmones… podría odiarlo. Podría despreciarlo. Y Salvatore, cuando odiaba, destruía. Sofía apretó los puños. —No puede saberlo —repitió. Fue hasta la cuna. Acarició la mejilla del niño. Lucenzo suspiró dormido, moviendo los labios en un gesto casi inocente. Sofía se arrodilló junto a él y apoyó la frente sobre la manta. El silencio se hizo pesado. —Te protegeré, mi amor. Aunque tenga que huir otra vez. Afuera, el viento

