Estoy vacío. Sigo bebiendo. Los cuatrillizos están tensos. Me observan sin saber qué hacer. Saben que no es buena idea hablarme ahora. Que cualquier palabra puede ser mal interpretada. Saben que el humor de Salvatore Morgan no tiene advertencias previas. La copa vuelve a vaciarse. El mundo empieza a tambalearse suavemente, como un barco. Mi cabeza se siente pesada. El cuerpo... dormido. Pero no hay paz. Solo ruido. Mujeres bailan. Mujeres gimen. Mujeres se ríen. Yo bebo. Bebo porque no quiero pensar. Porque si pienso, recuerdo. Y si recuerdo… me mato. Mis dedos aprietan la copa vacía con furia. El cristal podría estallar entre mis manos, pero no lo hace. Aún tengo control. Apenas. —Llévenme de regreso —gruño al fin. El pelirrojo me mira. —¿Señor? —A la mansión, idiota. Ahora.

