—Pasaste el examen —dice finalmente, su voz baja, grave, resonando en el salón—. Cien puntos—. Vamos a celebrarlo —dice, sin apartar los ojos de los míos—. No pienso dejar pasar la ocasión. No pregunta. Ordena. Siempre ha sido así. Y sin embargo, en ese tono, hay un matiz que me enciende por dentro. Como si, bajo toda esa dureza, estuviera concediéndome algo. Trago saliva y asiento despacio, sin romper el contacto visual. —Así que cámbiate, te espero abajo —me dice. Camino directo a mi habitación y tomo una ducha rápida. Me coloco un vestido de tiras de color oscuro y unas sandalias de medio tacón. El cabello me lo dejo suelto y luego bajo las escaleras hasta la cochera. Cuando llego, ahí lo veo, dentro del auto listo para el viaje. Abro la puerta del auto y el aire de Nápoles me golp

