«¿Todas las doctoras eran unas perras?»; pensó Sofía apretando los labios y tratando de calmarse. —Señorita Uribe, pase, por favor. Sofía se sentó frente al escritorio. Salvatore ocupó el asiento a su lado, tan cerca que parecía un guardián más que un acompañante. La doctora abrió el expediente, tomó un bolígrafo y comenzó las preguntas rutinarias: —¿Fecha de su última menstruación? —Hace tres semanas —respondió Sofía, bajando la mirada, consciente de la presencia de él. —¿Ha tenido relaciones sexuales? —preguntó la doctora, con tono clínico. El silencio se volvió insoportable. Sofía apretó los labios. La vergüenza la quemaba, pero antes de que pudiera articular palabra, la voz de Salvatore retumbó en la consulta: —Es virgen. El bolígrafo de la doctora se detuvo un instante. Luego

