En la cocina, dos sirvientas conversaban en voz baja, riendo nerviosas entre sí mientras recogían los utensilios del desayuno. Al verlo entrar, ambas se sobresaltaron, tragaron saliva y se escabulleron casi corriendo, como si la sola presencia del capo las quemara por dentro. Salvatore no se inmutó. Caminó directo hacia la cafetera, sirvió un espresso fuerte y lo llevó a sus labios. Tomó un sorbo lento, dejando que el calor recorriera su garganta, cuando de pronto sintió un roce familiar en su pierna. La cola de Morgana se paseaba por su pantalón con movimientos suaves, casi insinuantes. —Che vuoi, gatta? —murmuró con voz grave, bajando la mirada hacia ella—. Ni creas que porque te acaricie siempre lo haré. No me gustan los animales. La gata lo miró con ojos brillantes, Amarilloss y fi

