Tiziano comenzó a azotarlas, mientras él se tocaba con solo verlas. Los gemidos de ambas llenaban la habitación, rebotando en los espejos. Vicky, con lágrimas en los ojos, apenas podía sostenerse, pero no dejaba de obedecer. Joana, en cambio, lo miraba con una mezcla de dolor y placer, retorciéndose debajo de Tiziano. Cada vez que una intentaba apartarse, él las obligaba con un tirón del cabello o un apretón en las muñecas, marcando su dominio. —No se detengan hasta que yo lo diga. Cuando finalmente las dos cayeron rendidas sobre la seda, con el cuerpo perlado de sudor, Tiziano se levantó, caminó hacia la mesa y encendió un cigarro. Inhaló el humo con calma, sin mirar atrás. Vicky intentaba recuperar el aliento, las piernas aún temblándole. Joana, con la piel marcada por azotes, lo ob

