—Traga —dijo Massimo de dónde estaba y ella obedeció como buena niña. Pensó que todo había terminado, pero los hermanos seguían jugando con su cordura. Gimió bajito, perdida, con los ojos entrecerrados. Su cabello caía sobre sus hombros, enmarcando un rostro arrebatado. Los dedos de Francesco habian comenzado a acariciar su abdomen, Lucas le sujetaba firme las muñecas contra la cama, y Giancarlo trabajaba con precisión, arrancándole sonidos que jamás pensó que emitiría. Massimo, inmóvil, no apartaba la vista. Sus labios se curvaron en una media sonrisa mientras murmuraba con un tono bajo y cargado de deseo: —Mírala… se está deshaciendo. Bianca lo escuchó. Y lejos de sentirse avergonzada, cerró los ojos y dejó que un gemido más fuerte escapara de su garganta cuando él clímax le bajó p

