Unas ganas de llorar invadieron a Sofía. Sus ojos se volvieron cristalinos, y sintió cómo un nudo áspero le maltrataba la garganta. Sin embargo, levantó la cabeza como una reina, porque eso era lo que era y lo que siempre sería. Un hombre que había sido como su padre se lo repitió tantas veces, que terminó creyéndolo fielmente: una mujer debía sostener su corona aunque todo el mundo ardiera a sus pies. Se echó el cabello hacia atrás con un movimiento firme, y con una sonrisa fingida tomó la mano de la mujer. —Sofía Uribe—se presentó con voz clara, aunque por dentro sentía que se estaba muriendo—. Me encanta que las personas sepan que existo, incluso cuando yo no tengo ni idea de quién son ellas. El comentario fue como una daga envuelta en terciopelo. Akira apretó los dientes con tanta f

