POV Sofía
—Ya lo he visto todo, Salvatore Morgan.
El silencio cae como un golpe seco.
Él no responde. Solo se queda ahí, mirándome… de arriba abajo, sin prisa, como si estuviera evaluando cada centímetro de mí. Sus ojos grises son dos cuchillas heladas que cortan despacio. No sé si me examina, me juzga… o me recuerda.
Sin decir nada, me da la espalda. La luz dorada acaricia su piel desnuda mientras camina hacia un armario. Mis ojos se clavan donde no deberían: sus nalgas, firmes, musculosas, como si estuvieran esculpidas para encarnar la fuerza. Se mueve con esa seguridad que no se aprende, se nace con ella. «Claro… hasta sus malditas nalgas son intimidantes.»
Lo veo desaparecer por una puerta lateral. Sé que ahí están las mujeres.
Me acerco, y su voz grave retumba en italiano:
—Vistance e uscire di qui
—Abbiamo fatto qualcosa di male, signore?
—No. Solo… andate via. Qualcuno importante è arrivato.
Sus palabras son tranquilas, pero no hay espacio para discutir.
La mujer más alta, con el cabello oscuro cayéndole sobre los hombros, me mira. No es una mirada casual. Es veneno puro. Yo le devuelvo el gesto, levantando apenas la barbilla. «Vamos, mírame bien. No pienso bajar la vista.»
Ellas salen en silencio. El aire queda cargado, como si las paredes hubieran escuchado más de lo que debían.
Yo rompo la calma:
—Te espero en el comedor, muero de hambre.
No me contesta. Solo se queda ahí, con esa expresión que no logro leer.
Me siento en la mesa larga, sola. El mármol frío bajo mis dedos me recuerda que este lugar no está hecho para la comodidad, sino para el poder. La sirvienta entra para dejar la comida y mientras arregla todo me sonríe de manera cálida.
«Me agrada»
Pasan unos minutos. Escucho pasos firmes acercándose y entonces aparece. Ya vestido: camisa negra, pantalón oscuro, reloj de metal. La sobriedad de su ropa solo hace que su presencia pese más. Se sienta frente a mí, su mirada seria, centrada en mí como si no existiera nada más en la sala.
—¿Cómo fue tu viaje? —Su voz es más gruesa de lo que recuerdo.
—Bien —respondo dándole un sorbo a mi agua.
—¿Cómo fue tu secuestro? —pregunta, sin rodeos.
Trago saliva.
—No recuerdo nada.
No baja la mirada.
—Eso no es algo que se olvide.
—Pues yo lo olvidé.
Hay un silencio breve, roto solo por el sonido del cuchillo cortando la carne.
—Conmigo estarás protegida —dice, y lo hace sonar como una sentencia, no como una promesa.
Estoy a punto de responder, pero la puerta del comedor se abre. Un hombre entra. Alto, rubio, con un porte impecable y unos ojos azul cielo que parecen observarlo todo a la vez. Camina con paso seguro, como alguien que pertenece a este mundo tanto como Salvatore. Le dice algo en el oído y….
Salvatore se levanta sin dejar su copa de vino.
—La sirvienta te mostrará tu habitación —me dice, y ya está de salida con el otro hombre.
Bianca, la joven que me recibió, aparece de nuevo.
—Sígame, señorita Sofía.
La sigo por un pasillo interminable. Subimos una escalera secundaria, más estrecha, hasta llegar a una puerta doble.
Cuando la abre, me quedo quieta.
La habitación es inmensa, con un ventanal que da a un jardín trasero lleno de cipreses. La cama es enorme, cubierta con sábanas de lino blanco y un dosel oscuro. A un lado, una chimenea apagada, con una alfombra persa frente a ella.
Hay un escritorio antiguo junto a la ventana, y sobre él, un jarrón con lirios blancos. El aire huele a madera pulida y a algo más… algo que no identifico, pero que me resulta familiar. «Su olor… está aquí.»
El baño se abre a través de una puerta de cristal: mármol n***o, una bañera profunda, toallas perfectamente dobladas. Todo impecable. Todo perfectamente ordenado, como si alguien hubiera decidido que aquí nada, absolutamente nada, debe estar fuera de lugar.
Me acerco a la ventana. Desde aquí, la vista es amplia, pero las rejas ocultas entre los arbustos me recuerdan que no importa cuán hermoso sea el paisaje… sigue siendo una jaula.
«Conmigo estarás protegida»… dijo.
Protegida o vigilada.
Bianca se despide con una inclinación leve, dejando la puerta cerrada tras de mí.
Estoy sola.
Dejo la maleta sobre la cama y respiro hondo. El lino cruje bajo mis manos, suave, impecable. El silencio aquí es casi pesado.
Empiezo a sacar la ropa, una prenda tras otra. La doblo y la pongo en el armario, en cajones que huelen a madera pulida. Pero mis manos se mueven en automático. Mi cabeza está en otra parte.
En él.
En lo que vi.
«Dios… esas gotas de sudor bajando por su espalda…»
«Y ese aroma… no era solo perfume. Era… él. Puro, caliente, animal.»
Me detengo con una camiseta en las manos. No puedo evitarlo: la imagen vuelve entera, brutal. Sus músculos tensándose, su respiración grave, la forma en que dominaba la habitación y a las tres mujeres penetrandolas con tanta fuerza.
«¿Ese tamaño de m*****o existe de verdad? ¿O es que todo en este hombre tiene que ser excesivo?»
Siento calor. Literalmente. Entre las piernas, una humedad incómoda que me obliga a apretar las rodillas. No es algo que pueda admitir en voz alta, pero es imposible negarlo.
¡Dios! Jamás había sentido esto.
Cierro un cajón con más fuerza de la necesaria y tomo el teléfono. Notificaciones. Varias de Salomé.
> Salomé: ¿Llegaste bien?
Salomé: ¿Cómo fue el viaje?
Salomé: ¿Salva te dio una buena bienvenida?
Sonrío sin querer.
> Yo: Sí, llegué bien.
Yo: El viaje… largo.
Yo: La mansión es enorme. Fría.
La respuesta llega en segundos.
> Salomé: No me cambies de tema, Sofía. ¿Dime qué te dio un buen recibimiento?
Muerdo el labio. ¿Cómo se responde a eso? ¿Cómo le digo que su recibimiento fue verlo follar con tres mujeres a la misma vez?
Cierro el chat antes de que insista. No quiero decirle nada… porque decirle sería revivirlo, y no sé si ahora mismo quiero eso o si sería como echarle gasolina a un incendio que ya me arde en la piel.
Me quedo mirando el techo. La mansión, la habitación, la seguridad… todo es nuevo. Pero lo que realmente no me deja tranquila es él.
Su voz.
Su olor.
Su sombra en la puerta.
Y esa mirada que me dejó temblando sin tocarme.
El silencio de la habitación es denso. Me levanto de la cama y camino hacia el ventanal. Las cortinas pesadas se abren con un suave susurro… y ahí está.
Una piscina larga, de agua turquesa, rodeada de piedra clara y setos perfectamente recortados.
«No recuerdo la última vez que nadé…»
Mis ojos se quedan fijos en el agua. Una idea se forma sola.
Abro la maleta y busco en el fondo: mi traje de baño n***o. Entero, escotado, con la espalda al descubierto. Me cambio rápido, dejando la ropa tirada sobre la cama, y tomo una toalla.
El aire exterior está tibio, con olor a ciprés y cloro. Bajo las escaleras laterales que llevan al jardín y me acerco a la piscina. El mármol frío bajo mis pies contrasta con el calor del sol en mis hombros. Me dejo caer al agua de un solo salto, rompiendo la superficie.
El agua me abraza, envolviendo cada centímetro de mi piel. Cierro los ojos y nado hasta el otro extremo, estirando los músculos, dejando que el mundo se reduzca al sonido de mi respiración bajo el agua.
Me detengo, flotando boca arriba. Y entonces lo siento.
No es un sonido. Es… una presencia.
Abro los ojos y giro la cabeza.
En la terraza del piso superior, apoyado contra la barandilla, está él. Salvatore.
Con una copa de whisky en la mano. El ámbar del líquido brilla con la luz mientras él la inclina lentamente. Su mirada está fija en mí, tranquila… pero hay algo más. Algo que me recorre entera.
«Claro… no tiene nada mejor que hacer que verme nadar.»
Me doy la vuelta en el agua, avanzando hacia el borde más cercano, pero no aparta los ojos.
Cada brazada bajo esa mirada se siente distinta. Como si el agua fuera más espesa, como si cada gota sobre mi piel estuviera marcada por él.
Me apoyo en el borde, el agua cayendo en cascadas por mi cuerpo. Levanto la vista. Él sigue ahí, bebiendo un sorbo de whisky sin prisa, sin dejar de mirarme.
«No sonríe. No habla. Solo… observa. Como si pudiera verme por dentro.»
Me quedo quieta un instante más, el corazón latiendo demasiado rápido para lo que debería ser un simple baño.
Él no se mueve de la terraza. Solo apura otro sorbo de whisky, y luego deja la copa sobre la barandilla con un gesto lento, calculado. Me doy cuenta demasiado tarde de que está bajando las escaleras que dan al jardín.
Sus pasos son firmes, sin prisa. Cada uno parece pesar lo suficiente para que el suelo lo sienta.
Cuando llega hasta el borde de la piscina, se inclina un poco hacia mí.
—Bebé, sal de la piscina. Te puedes resfriar.
No es una sugerencia. Es esa voz que siempre hace que uno obedezca sin pensarlo. Aun así, me doy el gusto de nadar un par de metros más antes de acercarme. Subo despacio por la escalera metálica, el agua resbalando por mi piel.
Él ya tiene una toalla en las manos. Me la pasa por los hombros y la envuelve alrededor de mí con un gesto firme, casi posesivo. El calor de la tela contrasta con el frío del agua.
—Ya no soy una niña, Salvatore —le digo, mirándolo directo a los ojos.
Su boca se curva apenas en lo que podría ser una sonrisa breve, pero su tono no cambia.
—Siempre serás mi pequeña niña, bebé.
Me quedo quieta.
«¿Me sigue viendo como una niña?»
«¿Es eso lo que soy para él? ¿O solo es lo que quiere que crea?»
Su mano se queda un segundo más de lo necesario sobre mi hombro antes de apartarse. No hay prisa en sus movimientos, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—Anda, ve a cambiarte. —Su mirada se mantiene fija en la mía, y hay algo ahí… algo que no logro descifrar—. Te espero adentro.
Se da la vuelta, y yo me quedo en el mismo sitio, con la toalla bien apretada contra mi cuerpo, viendo cómo su figura se aleja hacia la mansión.
«Todos tiemblan cuando él está cerca… y yo también. Pero no por las mismas razones.»
Subo a la habitación envuelta en la toalla. El mármol frío bajo mis pies contrasta con el calor que aún llevo en la piel.
El agua de la piscina quedó atrás, pero su mirada no.
Cierro la puerta y me cambio despacio: ropa interior negra, un vestido ligero de tirantes que apenas roza mis rodillas. Me paso una toalla por el cabello, intentando que se seque más rápido.
Estoy guardando la toalla húmeda en el baño cuando escucho un golpe suave en la puerta… y luego, sin esperar respuesta, se abre.
Salvatore entra.
Se sienta en el borde de la cama, y me hace señas para que me siente a su lado. Eso hago, y luego sin decir nada pone una mano sobre mi pierna. Un gesto firme, protector… pero en cuanto su piel roza la mía, una corriente me atraviesa de arriba abajo.
«No… esto no debería sentir así.»
—Voy a encontrar a quien intentó secuestrarte, Sofi —dice con esa calma que es más peligrosa que cualquier grito—. Estoy trabajando en eso.
Asiento, sin apartar la vista de su mano sobre mi pierna.
—Lo sé.
—No me esperes para cenar —continúa—. Llegaré tarde.
Se inclina hacia mí y, con un movimiento lento, me besa la frente. Un contacto cálido, suave, que no dura más de un segundo… pero que deja un rastro ardiente.
Se incorpora y camina hacia la puerta.
Yo me quedo inmóvil, con el corazón latiendo demasiado rápido y las mejillas encendidas.
«Protegida… así dice que me quiere.
Protegida… y yo aquí, hirviendo.»
La puerta se cierra y el silencio vuelve, pero su mano todavía pesa sobre mi piel, como si no se hubiera ido.
…
Salvatore no volvió a cenar. Justo y como dijo. Cené sola, con Bianca hablando cosas que no escuché y con el reloj marcando cada hora.
Subí a la habitación y me tumbé en la cama.
Al principio intenté leer, luego revisé el teléfono, pero nada me distraía.
Su rostro volvía una y otra vez. Su mano sobre mi pierna. Ese beso en la frente.
«No debería pensar en esto…»
Pero lo hago.
No puedo evitarlo.
Recuerdo su olor, la textura de su piel cuando me cubrió con la toalla, la forma en que sus músculos se tensaban bajo la camisa. Y la imagen de antes… en aquella habitación… su cuerpo…
Mi respiración se acelera. Mis manos se mueven por pura necesidad, como si mi cuerpo me traicionara. Cierro los ojos y dejo que mi mente dibuje lo que no puedo tener. Siento un calor profundo, creciente, imposible de detener. No sé cuánto tiempo pasa, solo sé que termino jadeando suavemente, el corazón golpeándome contra las costillas.
Me quedo quieta, envuelta en un calor dulce y pesado, hasta que el sueño me vence.
…
No sé cuánto tiempo después me despierta un sonido.
Pasos.
Lentos, pesados, en el pasillo.
Me levanto, aún algo aturdida, y abro la puerta de mi habitación. El pasillo está medio iluminado por las lámparas de pared. Camino despacio hasta que lo veo. La luz dibuja la fuerza de sus hombros, el ancho de su espalda, las sombras de sus tatuajes.
Yo llevo mi pijama: seda negra, tirantes finos, el escote más bajo de lo que quizá debería.
Él me mira. No, me recorre con la mirada. Lento, intenso, hasta que parece darse cuenta y aparta los ojos, limpiamente, como si no quisiera cruzar una línea.
—¿Puedo dormir contigo esta noche? —pregunto, y mi voz suena más frágil de lo que planeaba—. Tengo miedo.
Él me mira de nuevo, más serio, y asiente.
—Claro, bebé.
Se aparta para dejarme pasar, y mi corazón late como si acabara de aceptar algo que no sé si voy a poder manejar.