Hace seis meses

1322 Words
Hacía años que Héctor no tenía el presentimiento de ser observado, analizado, seguido. Ya tenía mucho que había dejado de mirar sobre su hombro en busca de perseguidores cuyo único objetivo era hacerle daño a él y a su hija. Y qué bien se sentía. Pues con el paso de los años se dio cuenta de que no había que temer y que por fin se había liberado de la pesada carga que llevaba sobre los hombros. Había perdido mucho, más bien le habían arrebatado mucho y merecía vivir tranquilamente. Así que fue una sorpresa total sentir aquel picor en la nuca y una extraña sensación fría recorrerle el cuerpo entero. Peligro. Era peligro. Se hallaba mirando fijamente el televisor, el canal mostraba una novela tan sosa que incluso le daba vergüenza verla. Dos jóvenes enamorados se veían a escondidas, ambos nerviosos, pero emocionados, la tensión entre ellos atravesaba la pantalla, iban a besarse, era inevitable. Y entonces lo sintió. Apagó lo más rápido que pudo el televisor y se puso en guardia. El aire empujando las ramas hacia la ventana provocaba un golpeteo, pero había algo más además de todas las señales de peligro que su instinto le obligaba a ver. Era miedo, un pánico atroz que no sentía desde aquella vez en que perdió al ser que más amaba, a aquella mujer que le hacía ver lo mejor de él y que lo ayudaba a salir adelante cada vez que caía. Pasó tanto tiempo desde la última vez que lo sintió que olvidó lo que era. Por el rabillo del ojo notó un movimiento, fue tan tenue, que de no tener un retazo de lo que alguna vez fueron reflejos sobrehumanos, lo habría pasado por alto. Al entrecerrar los ojos notó una sombra escondida entre los árboles de su jardín, estaba tan bien camuflado que supo que no podía ser más que uno de ellos. Habían llegado por él, al fin lo habían encontrado. Si estuviera solo no le importaría un comino lo que ocurriera con él, sin embargo, su hija dormía plácidamente en una habitación en el piso de arriba y él mismo se juró no volver a perder a alguien que amaba. Con paso decidido, abrió el ventanal y salió dispuesto a enfrentarse a quién viniera a amenazarlos. El viento soplaba con fuerza, era fresco y travieso, las bruscas corrientes le dieron la bienvenida. Se envolvieron curiosas alrededor de su cuerpo propiciándole tiernas caricias. Se permitió disfrutar del toque juguetón del aire durante un segundo, necesitaba familiarizarse de nuevo con él, acostumbrarse, sentirlo como si fueran uno solo. Sobre todo, si tenía que usarlo. —Nunca me gustaron los juegos —habló Héctor con seguridad—. Cualquiera que sea tu asunto dilo ya. Le sorprendió escuchar una risa burlona, pero amigable proveniente de la sombra. A paso lento, la sombra se acercó a él dejando atrás la penumbra y revelándose a sí. No era un desconocido. —Siempre tan aguafiestas y aburrido —respondió un hombre de aspecto robusto y bigote rizado—. Uno pensaría que después de tantos años te has vuelto algo más animado. Pero tampoco era un amigo. Aunque si lo fue en algún momento. En los buenos tiempos, viejos tiempos. —Podría decir que me alegro, pero no estoy tan seguro. Recordar aquellos momentos en que pelearon hombro a hombro, bebieron vino y aguardiente hasta hartarse e incluso intercambiaron consejos de amor fue doloroso. Porque Héctor lo extrañaba, no se arrepentía de haberse ido y escondido, pero no negaría que le gustaría revivir aquellos momentos en que todo era risas, sangre y el dilema de si uno viviría un día más. Lo más preocupante no era su nostalgia, si no su descuido. Después de tanto tiempo se había dado el lujo de ser menos minucioso y controlador, de ignorar su paranoia. Y eso fue un terrible error, pues si lo encontraron, significaba que ya llevaban tiempo buscándolo. —¡Héctor! ¡Amigo! —la sonrisa del hombre bonachón no fue amenazante—. Pero lo mínimo que merezco es un abrazo, ¿Han pasado quince años? ¿Dieciséis? —Catorce exactamente. —Exacto, podríamos beber vino de Asturias para celebrar el reencuentro. —Ve al grano —exigió Héctor, cortante—. Tengo una hija, vivo en paz, estamos felices. ¿Vienes a matarnos? El semblante del hombre se ensombreció. Dio un par de pasos al frente y Héctor se tensó. Estaba oxidado, pero pelearía con todo lo que tenía. Instintivamente miró a todos lados esperando ver a más seres saliendo de entre las sombras, pero a simple vista al menos estaban ellos dos solos. Después del momento de tensión, el visitante agachó la cabeza y suspiró. —No tuve algo que ver con lo que te pasó y lo sabes —argumentó con un tono que denotó tristeza—. Ni siquiera estaba al tanto de tus planes —levantó la cabeza y clavó su mirada en él—. Al parecer no fui digno de tu confianza. Definitivamente eso fue una declaración interesante. Confiaba en su amigo, en otros tiempos le confió su vida, pero Héctor cometió varios errores que al final lo llevaron a no confiar en nadie. Y tal vez eso fue lo que provocó su perdición. —Nadie estaba al tanto de los planes y aún así ve cómo terminó todo —Héctor suspiró—. Imagínate lo que habría pasado si confiara en alguien. —Jamás habría dicho una sola palabra —su amigo lo miró con tristeza una última vez y entonces se volvió serio—. Y a pesar de todo, vine a precaverte. —He vivido tranquilo por años, no creo correr ningún peligro. Mentira, el pensamiento de un día despertar con un cuchillo en la garganta había decrecido, pero seguía rascando en lo más profundo de su mente. —Dejaron de buscarte hace doce años, pero ahora buscan desesperadamente lo que te llevaste el jodido día que escaparon, así que reanudaron la caza. Y sí, descubrieron que seguías vivo —su amigo hace una pausa y escucha al viento silbar—. Esta vez están decididos, apenas torturaron a los padres de Eva, pronto irán por los tuyos y luego vendrán por ti. Si yo te encontré, ellos también lo harán en algún momento. Vete, deslíndate totalmente de nuestro mundo y no regreses. La pobre familia de Eva, no puede creer que esos malditos le hicieran daño y luego su familia será la que sufrirá. Nadie más que Eva, él y otras personas de confianza sabían sobre el plan. Y los detalles para después sólo él y su amada los conocían. Aunque torturaran hasta el cansancio a su familia no sabrían cómo ni dónde encontrarlos, pero aun así...arriesgarse podría desembocar en su muerte y la de su hija. Y su amigo tenía razón, si él lo encontró otros lo harían. —¿Cómo sabes que nos buscan? —Hace un tiempo escuché a la Reina hablar de lo que te llevaste, de tu traición, de que no podían permitir dejar perdido algo tan valioso como… Eso. Lo van a recuperar a cualquier costo. Héctor soltó una maldición. Él siempre intentó hacer lo correcto, o lo que pensaba que era la correcto. Después solo deseó una vida tranquila y normal con su amada y con su hija. Pero perdió a la primera, no podía perder a la segunda. Cambiarían de nombre, de país, tendrían que borrar cualquier huella de su existencia y peor aún, tendría que despedirse del viento para siempre. —Bien, me iré, nos desligaremos para siempre de ustedes —su amigo sonríe con tristeza—. Gracias por avisar, hermano, mucha suerte en la guerra. Ambos hombres se acercaron hasta quedar uno frente al otro. Héctor tomó a su amigo por los hombros antes de darle un corto abrazo. – Hasta la otra vida, amigo. – Hasta la otra vida.
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