Capítulo 20

1728 Words
Selena llegó al estacionamiento del hospital y bajó de su auto. ―Doctorcita, qué bueno que llegó, la estaba esperando. Selena se volvió sorprendida al escuchar la voz de Susana. ―Buenos días, Susana, ¿pasó algo? ―Eso quiero saber yo… ¿qué pasa entre usted y mi esposo? ―¿Cómo? ¿Qué dice? ―Lo que escuchó, sé que usted conoce a Robert, él no lo recuerda, pero usted sí, ¿verdad? ―¿De qué está hablando? ―De esto ―respondió Susana mostrándole una foto suya en un celular. Esa foto la recordaba perfecto; Robert la tomó una tarde en la que estaban en la piscina del condominio dónde él vivía; ella salía riéndose. ―¿Por qué tiene usted esa foto? ―Por qué la tenía mi esposo en su celular, es lo que yo quiero saber. ―No lo sé, Susana, esa foto es mía. ―Lo sé, sé que es usted la de la foto, pero… ¿por qué la tenía mi esposo en su celular? ¿Es que acaso son amantes? ―Pero… ¿cómo se le ocurre decir algo así? ―No encuentro otra explicación, doctorcita. ¿Por qué actúa como si no lo conociera cuando las dos sabemos que no es así? ―¡Susana, yo no soy la amante de nadie! ―Entonces explíqueme por qué Robert tenía su foto en su celular. ―No, no lo sé, Susana. ―Sí, lo sabe, ahora quiero que me lo diga a mí. ―No puedo decirle nada porque no lo sé, ahora debo irme, debo trabajar. ―Cuídese mucho, doctorcita, mire que esto puede traerle graves consecuencias. ―¿Me está amenazando? ―No, solo le estoy advirtiendo. Susana se alejó a paso rápido hasta la entrada del hospital. Selena se quedó un rato ahí de pie sin saber qué pensar. Susana le había dicho a Robert que él había perdido el celular, si era así ¿por qué ella tenía su foto? ¿Es que él aún la conservaba? Pero… ¿Cómo es que la tenía Susana? Todo eso estaba muy extraño. Selena echó a andar hacia el hospital, pero entró por la puerta de los funcionarios. Entró a su oficina, se puso el delantal y revisó su agenda en el computador. En ese momento entró Alice. ―Hola, doctora, ¿cómo está? ―Hola, Alice, bien ¿y usted? ―Bien, pero afuera está la esposa del señor Ivanek y dice que desea verlo. ―Dile que las visitas empiezan a las diez, faltan dos horas todavía. ―Se lo dije, doctora, también lo hizo Paola, pero insiste en verlo. ―Entonces díganle a Francisco que hable con ella, Alice, no se puede pasar por sobre las reglas del hospital, además, ahora debemos pasar el control a los pacientes y eso, nos lleva bastante rato, no se puede ahora. ―Está bien, le diré a Francisco que hable con ella, vuelvo enseguida, doctora. ―Está bien, Alice, gracias. Selena se sirvió un café bien cargado, lo necesitaba para empezar el día después de la inesperada conversación con Susana. Luego de terminado el café, Selena hizo la ronda a los pacientes hasta llegar a la habitación de Robert. Se detuvo un momento y recordó la foto que le mostró Susana. No, esa foto no la tenía Robert en su nuevo celular, él había dicho que solo había recuperado algunas fotos en donde estaba con Susana, entonces… ¿de dónde sacó Susana esa foto? Tocó la puerta de la habitación y luego entró. ―Doctora, la estaba esperando. ―¿Buenos días, Robert, pasó algo? ―No, es solo que espero cada mañana que usted venga por aquí, usted me hace más llevaderos los días aquí, aunque debo confesar que me tratan muy bien. ―Qué bueno, Robert, aquí tratamos de que los pacientes se sientan cómodos dentro de su enfermedad y sobre todo que no se sientan solos. ―Bueno, yo a veces me siento un poco solo y entonces me dan ganas de que usted venga a verme. ―Robert, amaneció de buen humor hoy y eso me alegra. ―Sí, doctora, hoy vendrá mi padre a verme y eso me tiene contento. ―Es verdad, hoy vendrá él a verlo y eso es muy bueno. ¿Cómo pasó la noche? ―Bien, dormí muy bien, me dieron el medicamento para dormir y no me di cuenta de nada más. ―Qué bueno, pero vamos a ir probando con menos dosis para que él cuerpo no se acostumbre al medicamento y pueda dormir sin ningún inductor del sueño. ―Está bien, doctora, usted es la que manda. ¿Descansó bien? La noto… no sé, preocupada, ¿podría ser? ―No, Robert, estoy bien y descansé muy bien también, no me pasa nada. ―¿Por qué no le creo? Su mirada está diferente. Selena sintió un estremecimiento cuando Robert la miró. Era su mirada. La mirada de Robert. ―No sé qué ve en mi mirada, Robert, estoy igual que siempre, no me pasa nada. ―Está bien, le creo, pero espero que lo que siente pase pronto, a veces basta con hablar con alguien para que la angustia se vaya y podamos seguir tranquilos, Selena, perdón, doctora. ―Está bien, no se preocupe, Robert. Voy a seguir viendo a mis pacientes. ―Bien, doctora, que se encuentre con puras buenas novedades y que tenga un buen turno. ―Gracias, Robert, usted es muy amable. ―No sé cómo soy, doctora. ―Ya lo sabrá, Robert, no se desespere, ahora hay gente a su lado que le ayudará a recordar cosas. ―Doctora, ellos me cuentan cosas de mi vida, pero yo no las siento, es cómo si me estuvieran hablando de otra persona. ―Eso es normal en estos momentos, pero llegará el momento en que empezará a recordar y todo lo que ahora le cuentan será parte de su vida. ―Espero que sea así, doctora. Robert la miraba a los ojos mientras hablaba; de pronto su mirada cambió, fue más profunda. ―Selena, cuando yo esté recuperado… ¿podría invitarla a un café? ―Robert… usted está con Susana y eso a ella podría molestarle. ―No, Selena, eso es otro cuento. ¿Aceptaría mi invitación? ―Lo pensaré, Robert. ―Está bien, doctora, solo dígame que lo pensará. ―Lo haré, Robert, ahora debo irme, que tenga un buen día. ―Gracias, doctora, usted también y olvídese de cualquier cosa mala que pase por su mente. Selena sonrió y salió de la habitación. Un poco antes de las diez de la mañana, llegó Steve, Abril y Diego. Susana estaba sentada esperando para ver a Robert y los vio entrar. ―Susana, ¿cómo estás? ―preguntó Diego. ―Bien, Bien, Diego, ¿y usted? ―Bien, vinimos a ver a nuestro hijo que se suponía que estaba en Escocia, Susana ―dijo él mirando a Susana con una mirada severa. ―Ya hablaremos, Susana, nos debes muchas explicaciones ―intervino Abril―, pero este no es el lugar ni el momento. ―¿De qué tendríamos que hablar, Abril? ―De las mentiras que has dicho en el último tiempo ―respondió Abril. Vamos a hablar con la doctora, papá. ―Sí, vamos, hija. Los tres se alejaron dejando a Susana hecha un ovillo de nervios. Ya se le ocurriría algo para salir del paso. La familia de Robert pidió hablar con la doctora Breckmann y cuando ella los recibió entraron a su oficina. Cuando dieron las diez, Susana fue al ascensor y subió a la habitación de Robert. Entró sin tocar la puerta. ―Robert, ¿estás de mejor humor hoy? Solo vine a verte unos minutos, ya que debo irme al trabajo. ―Hola, Susana, ¿cómo estás? ―Perfectamente bien. ―Ah, qué bien, me alegro. ―Voy a remodelar todo el departamento para cuando llegues, así te sentirás más cómodo. ―Ya te dije que no iré a vivir contigo, Susana, entiéndelo, no quiero volver a hablar sobre el tema, ya está todo dicho. ―Veo que sigues con el mismo humor de ayer. ―El hecho de que no acepte algo que tú quieres no significa que esté de mal humor, Susana, al contrario, estoy con un humor extraordinario, hoy vendrá mi papá a verme y Steve y Jorge. ―Mira que bien, espero que esas visitas te tengan de mejor humor en la tarde y no te hagan mal. ―¿Por qué habría de hacerme mal mi familia, Susana? ¿Has ido a visitar a mi madre que está en la clínica? Se supone que es tu suegra ¿no? ―Robert, sabes que ellos no me soportan. ―¿Sé? ¿Cómo puedo saberlo y cómo es eso de que no te soportan? ¿Por qué? ―Tienes razón, no lo recuerdas, pero ellos no me pasan, no me quieren para ti, piensan que soy poca cosa y me lo han hecho sentir en muchas oportunidades, tú lo sabes, por eso no los visitábamos mucho, porque tú siempre me has apoyado a mí. ―¿Estás segura de lo que estás diciendo, Susana? ―Sí, Robert, es verdad, por eso estábamos buscando un departamento aquí en Viña, para salir de Santiago y del lado de ellos. ―¿Estábamos buscando un departamento en Viña? ¿Es que vivíamos con ellos? ―No, pero vivimos en Santiago y ellos siempre iban a nuestro departamento y no nos dejaban vivir tranquilos. ―No, lo que me dices no puede ser verdad. ―Es verdad, Robert, por eso debes volver a vivir conmigo, porque estando con ellos solo lograrás que nos separen, mi amor. ―Susana, tendré que corroborar con ellos lo que me estás diciendo, yo no lo recuerdo, no sé si realmente las cosas son como tú me las estás contando. ―¿Y qué harás? Seguramente le creerás a tu familia, ¿verdad? ―Si tú eres mi esposa también eres mi familia, ¿o no, Susana? ―Sí, también lo soy y por lo tanto deberías creer lo que te digo, pero allá tú si tienes que corroborarlo con ellos. ¿Esa es la confianza que me tienes? Me voy, ya me pusiste de mal humor, nos vemos en la tarde.
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