Capítulo 27

1673 Words
Susana entró lentamente. ―Espero que no hayan estado hablando de mí y de nuestra relación con Robert, eso a ustedes no les incumbe ―habló ella de una forma déspota que molestó a todos. ―Susana, ¿en qué habíamos quedado? ¿Qué haces aquí? ―Querido Robert, ¿debo recordarte que estamos juntos? ―¿Estamos juntos o estamos casados, Susana? ―Da lo mismo, estamos juntos y eso es lo que importa, aunque a tu familia no le guste y te metan cosas en la cabeza ahora que no recuerdas nada. ¿Es más fácil así, no es cierto? Y sí, estamos casados, Robert, pero lo hicimos en secreto, para que toda esta gente no pusiera el grito en el cielo cuando supieran que me habías pedido matrimonio. ―¡¿Qué estás diciendo?! ―bramó Robert. ―A ver, Susana, no estamos aquí para escuchar tus desfachateces ―habló Steve, molesto―, Robert necesita estar tranquilo y con esta actitud tuya no podrá hacerlo. ―¿Por qué pueden estar ustedes aquí y yo no? ¿No tengo el mismo derecho? ―Yo así lo decidí, Susana, te pedí que nos diéramos un tiempo. ―Tú lo decidiste… ¿Mi opinión no cuenta? ―Susana, estamos hablando cosas de la familia, ¿puedes retirarte? ―No, Robert, no lo haré, lo que se hable aquí quiero saberlo, no quiero que hablen mal de mí a mis espaldas. ―No estábamos hablando de ti, Susana ―intervino Abril―, vete, por favor. ―Eso es lo que tú quisieras, cuñadita, pero no, no lo haré, tengo el mismo derecho que ustedes de estar aquí. ―Susana, has caso, vete de aquí, por favor. ―¿Tienes derecho a estar aquí tú que eres su amigo y no lo tengo yo que soy su esposa? No, están muy equivocados. ―Susana, queremos que Robert esté tranquilo y contigo no lo consigue. ―Suegrito, había estado muy calladito; ustedes son los que no le dan tranquilidad hasta el punto de que me pidió que no volviera por aquí, eso fue cosa de ustedes. ―Susana, esa decisión la tomé yo y te prohíbo que le hables así a mi papá. ―Robert, debo recordarte que en estos momentos no estás en condiciones para tomar ninguna decisión. ―Por el momento no quiero verte y si no te vas llamaré a la enfermera. ―Pues, llámala, Robert, a ver si ella me va a prohibir que esté aquí. Robert tocó el timbre para llamar a la enfermera, quien acudió de inmediato. ―Señor Ivanek, ¿necesita algo? ―Quiero que esta mujer salga de aquí y que no la dejen pasar otra vez. ―Está bien, señor Ivanek ―respondió la enfermera―, señora, por favor, salga de la habitación. ―No lo haré, enfermera, soy su esposa y tengo todo el derecho de estar aquí. ―Lo siento, señora, pero es el paciente quien decide quien está y quien no, ahora salga, por favor. ―¡Le dije que no me iré! ―Permiso, vuelvo enseguida ―exclamó la enfermera saliendo de la habitación. A los pocos minutos llegó Selena con un guardia el cual se quedó al lado de la puerta. ―Señora Susana, buenos días ―saludó Selena―, ¿puede hacer el favor de salir de la habitación? El señor Ivanek no puede pasar malos ratos, él necesita tranquilidad. ―No saldré, doctorcita, tengo todo el derecho de estar aquí, junto a Robert. ―Yo no quiero que estés aquí, Susana, entiéndelo. ―Robert, ellos te han estado metiendo cosas en la cabeza, no les hagas caso, mi amor. ―Ellos acaban de enterarse que te pedí que no volvieras, no tienen nada que ver con la decisión que tomé. ―¿Y usted, doctorcita? ―dijo Susana con la mirada desafiante― usted sí tuvo que ver con la decisión que tomó mi marido? ―¡Susana! ¡Deja a la doctora tranquila! ―gritó Robert. ―Hernán, saque a esta señora de aquí, por favor ―ordenó la doctora al guardia. Él entró y miró a Susana. ―Señora, sígame por favor ―ordenó él. ―No, no iré. ―Venga, vamos ―dijo él, tomándola del brazo. ―¡Suélteme! ¡No me toque! ―chilló Susana. ―Lo siento, si usted no quiere salir por las buenas tendrá que hacerlo por las malas. Hernán la llevó fuera de la habitación y desde allí Susana los miró con odio. ―Me quejaré con el director del hospital, esto no se quedará así, ya lo verán. El guardia cerró la puerta tras de sí. ―Lamento lo ocurrido, no volverá a pasar ―se disculpó Selena. ―Usted no tiene la culpa, doctora, disculpe usted por la actitud tan impertinente de Susana ―respondió Robert. ―Daré orden para que no la dejen pasar ―anunció la doctora. ―Gracias, doctora, estaremos mucho más tranquilos si sabemos que ella no se aparecerá por aquí otra vez ―agradeció Diego. ―Les pido mil disculpas, esto no debiese haber sucedido. ―Tranquila, doctora, usted no es la culpable de nada, nosotros sabemos cómo es Susana ―explicó Abril―, solo queremos que nuestro hermano esté tranquilo. ―Lo estará, no se preocupen por eso, esto no volverá a suceder, ahora los dejo, ya me voy, debo volver a casa. ―Vaya, doctora, y que tenga un excelente día, sabemos que hoy está libre, pero vino a ver a Robert por lo sucedido anoche, muchas gracias por eso ―agradeció Steve. ―Debía hacerlo, él es mi paciente. ―De todas formas, muchas gracias por eso, doctora ―habló Diego. ―Tranquilos y sigan acompañando al paciente que sé que los necesita mucho, buenos días. ―Buenos días, doctora. Cuando ella salió Abril comentó: ―Ella es una muy buena doctora, muy preocupada de sus pacientes. ―Eso es verdad, cuando está de turno siempre está pasando por acá y antes de irse viene a saber cómo estoy y hoy vino estando en su día libre y llegó temprano, antes de que cambiaran el turno, para hablar con el doctor Ordoñez. ―No cualquier médico hace eso, otro en su lugar habría hablado con el médico de turno del día y se habría evitado el viaje al hospital ―reflexionó Steve. ―Tienen razón, ella es una muy buena profesional, es una muy buena doctora ―acotó Jorge que, aunque sabía que en este caso había algo personal, también sabía que Selena era una excelente profesional. ―Tuviste suerte de que ella te encontrara, hermano. ―Sí, Steve, eso es verdad, además ella me salvó la vida, estaré eternamente agradecido con ella. Jorge notó que a Robert le brillaban los ojos cuando hablaba de Selena y pensó que, aunque él no la recordaba, ella seguía dentro del corazón de su amigo como él seguía dentro del corazón de Selena. ―Jorge… ¿alguna vez te conté que me iba a casar en secreto o que ya lo había hecho? ―No, Robert, jamás lo hiciste. ―Pero ¿puede que me haya casado tan en secreto que ni a ti te lo conté, Jorge? ―No lo sé, Robert, solo me dijiste que querías dejarla, que nunca la habías amado y que se había vuelto insoportable, que siempre se enojaba cuando ibas a ver a tu familia y que la mayoría de las veces ibas solo, en muy pocas ocasiones ella te acompañaba. Querías volver a tu departamento ―contó su amigo. ―¿Nunca te hablé de divorciarme? ―Jamás, solo decías que querías terminar con la relación. ―¿Cometería realmente esa locura de haberme casado en secreto? ―se preguntó Robert, como pensando en voz alta. ―Tú amabas tu libertad, Robert, siempre fue así ―respondió Jorge. ―Si era así… entonces no pude haberme casado y menos en secreto, no soy un niño chico. ―Esa no sería una actitud tuya, Robert, te conocemos hijo. ―Papá, yo no podría dejarlos afuera de algo tan importante como casarme. ―Lo sabemos, Robert, pero ya no pienses más en eso, debes estar tranquilo. ―No puedo dejar de pensar, Steve. ―Robert, debes tratar de estar tranquilo, que estas cosas que hace Susana no te afecten, además ya no la dejarán subir a verte. ―Abril, ella se las arreglará para venir de todas formas. ―Robert, amigo, veamos qué pasa en los próximos días, ahora trata de estar tranquilo. ―Jorge, tú me conoces, ¿verdad? ¿Me crees capaz de hacer algo así? ―Sinceramente, no, Robert, no creo que lo hayas hecho. ―Tal vez esa es otra mentira de Susana, y se aprovecha de que tú no recuerdas nada, hijo. ―Sí, papá, puede ser. Mientras tanto, Susana pedía hablar con el director del hospital. ―Espere un segundo, por favor ―pidió Paola, la recepcionista, mientras marcaba un número. ―Suba al piso siete y hable con Jane, ella es la asistente del director ―dijo al fin. Susana, sin dar las gracias, se dirigió a los ascensores y marcó para que se abrieran las puertas. En cuanto eso sucedió, entró y marcó el número siete. Ya vería esa doctorcita lo que pasaría, se creía la dueña del hospital, y era solo una doctora más, como cualquier otra. Ella no vendría a prohibirle ver a Robert si así lo quería. Volvería las veces que quisiera verlo, nadie se lo iba a impedir. Salió del ascensor y se dirigió a la persona que le había dicho Paola. ―Buenos días, ¿usted es Jane? ―Sí, buenos días, ¿en qué la puedo ayudar? ―respondió la chica. ―Necesito hablar con el director del hospital, el doctor… ―se detuvo, no sabía el nombre del director del hospital. ―Doctor Félix Paretti, él es el director del hospital. ―Entonces con él necesito hablar, señorita.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD