Selena llegó al hospital y luego de pasar visita a los pacientes se dirigió a la habitación de Robert.
―¿Cómo se siente, Robert?
―Bien, doctora, solo que ahora que tengo mi celular no he podido llamar a mi familia.
―Y eso ¿por qué?
―No me atrevo, si al menos tuviera una foto de ellos podría imaginar con quien estoy hablando, pero ni siquiera sé cómo son sus rostros.
―¿Cómo es eso de que no tiene ninguna foto de su familia?
―Susana me dijo que había perdido mi celular hacía poco y recuperé muy pocas fotos, pero ninguna de ellos.
―¿Qué fotos son las que recuperó entonces?
―Solo unas pocas en las que estoy con Susana.
―¿Ella no le ha avisado a su familia que usted tuvo un accidente?
―No, me dijo que arruinaría el viaje de mis padres y que mis hermanos están ocupados en sus cosas.
―Robert, la familia siempre quiere y debe estar presente en cosas como estas, es mi opinión, yo creo que ella debiera llamarlos y contarles lo que a usted le pasó, más aún si está con una pérdida de memoria temporal; en estos momentos le haría muy bien verlos y hablar con ellos.
―Es lo que quiero hacer, doctora, hablaré a mi hermano primero.
―Trate de hacerlo, Robert, pero también trate de estar tranquilo, no se esfuerce pensando en cómo saldrán las cosas, se lo digo por su bien.
―Sí, doctora, estoy tranquilo, solo que pienso en que hablaré con unos desconocidos.
―Tal vez no lo sienta así cuando hable con ellos, usted no los recuerda, pero ellos a usted sí.
―Tiene razón, pero con Susana me pasa que siento que es una perfecta desconocida, siento que nada me apega a ella, de hecho, ya le dije que cuando salga de aquí me iré a vivir solo, para mí sería muy incómodo vivir con una desconocida por la que no siento nada.
―Si eso lo deja más tranquilo…
―Sí, me deja mucho más tranquilo.
―En estos momentos debe tratar de estar lo más tranquilo posible, debe tratar de que nada lo altere, así será más fácil que pueda ir recordando todo, Robert.
―¿Sabe, doctora? A usted la siento más cercana que a Susana, me siento bien con usted, es como si la conociera desde siempre.
Selena se sintió nerviosa con las palabras de Robert.
En ese momento le dieron ganas de contarle toda la verdad, pero no, ese no era el mejor momento.
―Debe ser porque soy quien está a cargo de su caso, Robert.
―Sí, claro, ¿qué más podría ser? Todos los días doy gracias porque fue usted quien me encontró esa noche, Selena, y salvó mi vida.
―Cualquiera lo habría hecho, Robert.
―Pero fue usted y no otro, Selena, y eso me hace sentir muy bien, muchas gracias por todo.
―No me dé las gracias, cuando lo vi dentro del auto solo rogaba que estuviera vivo y me siento muy agradecida de que así fuera, Robert.
―Muchas gracias, doctora.
―Nuestra misión como médicos es salvar vidas, Robert.
―Pero siento que usted lo hace con vocación, con pasión; no le cuente a nadie, pero el doctor Freeman es más impersonal, no es cercano como usted.
Selena sonrió.
―Sí, tiene razón, él es así, pero es un excelente médico.
―Pero usted es una eminencia en cirugías, eso me lo dijo la señorita Alice.
Selena volvió a sonreír.
―Alice, lo que pasa es que con ella nos queremos mucho.
―Ella puede quererla mucho a usted, pero lo que dijo sonaba a verdad, no lo decía solo por el cariño que puede tenerle.
―Gracias, Robert. Ahora voy a ver a otros pacientes y más tarde regreso por aquí.
―Está bien, doctora, gracias por escucharme.
―No se preocupe, siempre que quiera hablar lo escucharé, Robert, y piense en hablar con su familia.
―Lo haré, doctora.
Selena salió de la habitación y se dirigió al estar médico. Se sirvió un café y lo bebió con lentitud. Esa mañana iría Jorge a ver a Robert.
¿Sería verdad que Robert había perdido su celular y no tenía ninguna foto de su familia? Selena no sabía qué pensar, si Susana había dicho que era la esposa de Robert cuando en realidad no lo era, quizá tampoco era verdad que él había perdido el celular y el que tenía ahora era simplemente otro, pero… ¿por qué?
Había muchas cosas que Selena no entendía.
A las diez Jorge llamó a Selena para decirle que había llegado; ella salió a recibirlo.
―¿Cómo amaneció hoy, Selena?
―Bien, pero dice que no pudo llamar a su familia, no tiene ninguna foto de ellos y siente que va a hablar con unos desconocidos.
―¿No tiene fotos de ellos?
―No, pero ve, que te lo cuente él.
―Sí, luego hablamos.
―Suerte, Jorge.
―Y tú tranquila, Selena, iré paso a paso con él.
―Gracias, amigo.
―Por nada, amiga, hablamos luego.
―Está bien.
Jorge caminó por el pasillo hasta llegar a la puerta de la habitación de su amigo, tocó, abrió un poco la puerta y entró.
―Hola, Robert, ya sé que no sabes quién soy yo ―exclamó Jorge entrando a la habitación―, ¿puedo? ―preguntó mostrando una silla que había al lado de la cama.
―Sí, claro, toma asiento y… tienes razón, no sé quién eres.
Jorge se sentó y miró a Robert, era muy extraño verlo así sin que él lo reconociera, sabiendo que eran tan amigos.
―¿Quién eres?
―Soy Jorge, Jorge Kleiber y somos amigos, Robert.
―¿Somos amigos? ¿Qué tan amigos?
―Muy amigos, Robert.
―¿De dónde nos conocemos?
―De la U, estudiamos juntos y desde entonces somos muy amigos.
―¿Conoces a mi familia?
―A tus padres los vi un par de veces en que fui a tu oficina y ellos llegaron a hablar contigo, a tus hermanos los conozco más ya que nos juntábamos para tus cumpleaños en tu departamento.
―Jorge… tu cara me suena conocida, siento como si te hubiese visto antes, pero no sé dónde.
―Nos juntamos muy seguido, dos o tres veces al mes a tomarnos un trago y a conversar.
―Entonces nos juntábamos harto.
―Así es, amigo, somos muy amigos. Robert, ¿no le has avisado a tus padres que sufriste un accidente?
―No, ellos están viajando por Europa.
―¿A Steve y a Abril tampoco?
―No, cada uno debe estar ocupado en sus cosas.
―Claro que deben estar ocupados en sus cosas, Robert, pero nunca tanto como para no venir a verte, si no les cuentas lo que pasó no te lo perdonarán.
―¿Tú sabes si somos unidos como hermanos?
―¡Por supuesto! Claro que son unidos, por eso te digo que ellos debieran saber lo de tu accidente.
―Pero viven lejos.
―¿Cómo que viven lejos? Santiago no está tan lejos de acá, ¿no?
―¿Santiago? ¿Ellos no viven en Iquique y Frutillar?
―¿De dónde sacaste eso, Robert?
―Susana me lo dijo.
―¿Susana te dijo eso? ¿Vive contigo y no sabe dónde viven sus cuñados?
―A ver, Jorge… no entiendo nada.
―Abril y Steve viven en Santiago, lo mismo que tus padres.
―¿Entonces por qué ella me dijo que uno vivía en el sur y el otro en el norte?
―Ni idea, amigo.
―¿Hace cuánto tiempo que me casé con Susana?
―A ver, Robert, vamos con calma, creo que estás teniendo mucha información de una vez y eso no es bueno, debemos ir paso a paso.
―Pero… ¡Necesito saber!
―Lo sé, sé que quieres saber todo de una vez, pero lo que más me dijo tu doctora es que debía ir paso a paso contigo, Robert, el tener toda la información de una vez, puede ser contraproducente.
―Sí, lo sé, pero tú no te imaginas lo que es estar así, sin saber nada de tu vida, Jorge.
―Te entiendo, Robert, pero por tu bien debemos ir de a poco, yo contestaré todas tus dudas, pero poco a poco, no todo de una vez.
―Está bien.
―¿Te dijeron cuándo podrías irte de alta?
―En unas dos o tres semanas, pero cuando lo haga iré a vivir solo, Jorge.
―¿No te irás a vivir con Susana?
―No, ella para mí es una extraña, no la siento cercana para nada, en cambio a ti sí, lo mismo me pasa con la doctora, con Selena, siento que la conozco desde siempre, pero a Susana, no, definitivamente, no.
―Si sientes que te sentirás mejor viviendo solo, debes hacerlo, debes estar tranquilo para que los recuerdos vuelvan a ti poco a poco, Robert.
―No me sentiría cómodo viviendo con una desconocida, Jorge.
―Entonces no lo hagas, amigo, tal vez sea mejor así.
―Siento que así será.
En ese momento se abrió la puerta y entró Susana, quien se sorprendió al ver a Robert con una visita.
―Hola, amor, ¿usted quién es? ―se dirigió a Jorge.
―Es un amigo, Susana, un muy buen amigo con quien me juntaba algunos días a conversar.
―¿Un amigo?
―Así es, Susana, soy amigo de Robert, nos conocimos desde la universidad, fuimos compañeros y nunca hemos dejado de juntarnos.
Susana no contaba con que Robert tuviera un amigo de tantos años y eso a ella, por supuesto que no le convenía.
―Yo soy la esposa de Robert ―se presentó ella.
―Hola, Susana ―saludó Jorge mirándola profundamente a los ojos. Ella sintió que ese hombre sabía más de lo que a ella le hubiese gustado.