La sala de asesoría personal del Estudio LEA era íntima y sobria, como un vestidor de una mansión europea. Paredes en tonos crema, grandes espejos con marcos dorados envejecidos, una mesa de mármol clara con una lámpara de luz cálida, y un perchero con opciones de ropa seleccionadas por temporada. Todo estaba diseñado para que cada mujer se sintiera como en una película de Audrey Hepburn. Lea tomaba cada sesión como un ritual: observaba, escuchaba, analizaba, sugería. No se trataba solo de imagen, sino de lenguaje, de postura, de presencia. Laura se sentó frente a ella con las piernas cruzadas de manera segura, pero su postura era ligeramente desafiante, como si no esperara que nadie le dijera qué hacer. Vestía bien, sin duda, pero sin la delicadeza de quienes dominan el lenguaje silencio

