Tres meses. Noventa días sin Pablo. Sin mensajes, sin reclamos, sin excusas. Como si se hubiera desvanecido. Durante ese tiempo, Braulio se volvió mi refugio. El trabajo se transformó en una especie de terapia: entre juntas, estrategias, informes y cafés compartidos, nos hicimos inseparables. Y lo notaban. Todos. “Parecen una pareja de esposos que se llevan bien”, nos dijo una vez Laura, entre risas. Yo solo reí. Porque tenía razón. Nos entendíamos con solo mirarnos. Una tarde nos entregaron un reconocimiento importante: el mejor equipo operativo del trimestre. Era algo grande, y como todo buen equipo, decidimos festejar. Todos. Aunque al final, solo quedamos unos pocos. Y después, solo él y yo. Había alcohol, risas, música. Y salsa. Siempre salsa. —¿Te acuerdas de esta? —me gri

