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MI SECRETA BABYGIRL

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Blurb

Un secreto peligroso. Una doble vida. Y el único hombre capaz de destruirla… o hacerla suya.

De día, Solene Drax es la heredera perfecta, delicada e intachable del Upper East Side. De noche, es Aura: la pintora clandestina que vuelve loca a la élite masculina de Nueva York con lienzos de un erotismo salvaje y cotizados en las Islas Caimán. Su imperio secreto es su único boleto a la libertad… hasta que comete el error de llamar la atención del hombre equivocado.

Stellan Kross es un titán financiero implacable, de presencia colosal y frialdad germánica. El pilar moral de Wall Street y el socio principal de la familia Drax. Bastó un solo trazo para que Stellan descubriera la verdad sobre la "dulce" hija de su socio. Y lejos de delatarla, decide jugarse la carta más peligrosa: acorralarla.

Con una amenaza de encierro sobre la cabeza de Solene y un contrato de tutela implacable, Stellan le impone un juego sin salida: de ocho a ocho, ella será su humilde asistente corporativa en la firma. Pero al cerrar la puerta… ella será su babygirl, sometida a las reglas de un hombre obsesivo que no está dispuesto a compartirla con nadie.

¿Hasta dónde llegarás cuando el hombre que te chantajea es también tu adicción más oscura?

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El Rostro en la Pantalla
**SOLENE** El aire dentro de mi taller olía a trementina, óleo fresco y al perfume costoso que se colaba desde la planta baja. Me pasé el dorso de la mano por la frente, dejando una pequeña mancha de pigmento carmín sobre mi piel. Frente a mí, el lienzo cobraba vida bajo la luz cálida de los reflectores. Pintaba con furia, con esa necesidad visceral de plasmar en la tela la sensualidad y la sombra que el Upper East Side me exigía sofocar bajo vestidos de diseñador y sonrisas de compromiso. Para la alta sociedad de Nueva York, yo era la dócil y perfecta heredera del imperio Drax. Pero entre las paredes de este edificio discreto en el SoHo, yo era la creadora de un imperio secreto. Mi club-galería era un refugio de opulencia y pecado reservado para la élite masculina más selecta. Abajo, el murmullo de la música suave y el chocar de las copas de cristal marcaban el ritmo de la noche. Solo empleaba a mujeres hermosas, astutas e impecables, vestidas con una elegancia provocadora que volvía locos a los socios. Ellas no solo servían el mejor whisky de Manhattan; vendían una experiencia. Y en el centro de esa experiencia estaban mis obras. Las pinturas de Aura se vendían como pan caliente por cifras astronómicas, cotizadas en las Islas Caimán y disputadas por coleccionistas que pagaban fortunas por poseer una pizca de mi arte prohibido. La puerta de mi estudio privado se abrió con tres golpes rítmicos. Lola cruzó el umbral. Con su traje sastre perfectamente ceñido, su labial rojo encendido y esa postura de mujer de negocios implacable, Lola era el rostro visible del club, mi gerente de confianza y mi escudo ante el mundo. —Tienes que ver esto, Solene —dijo Lola, apoyando una mano en su cadera y ajustándose las gafas de montura fina—. La subasta de la sala privada estaba por cerrar, pero acaba de entrar una oferta que rompió el sistema. —¿Un socio habitual? —pregunté sin soltar el pincel, perfilando la sombra de una cadera en el lienzo. —No. Un cliente nuevo —respondió Lola, acercándose con una carpeta táctil en la mano—. Exige la compra directa de la colección completa de esta noche. Y no solo eso… está dispuesto a pagar el triple del valor comercial de cada cuadro. Hice una pausa, dejando el pincel sobre la paleta de madera. El triple significaba millones de dólares en una sola transacción. —Nadie paga esa cantidad sin una condición, Lola. ¿Cuál es? —Quiere exclusividad absoluta con Aura —sentenció ella, mirándome con seriedad—. Exige que la autora de las pinturas lo atienda en persona en el salón VIP para cerrar el trato y entregar los certificados. Si no eres tú quien baja, retira la oferta y promete comprar la galería entera solo para averiguar quién firma con tu seudónimo. Un escalofrío helado me recorrió la espalda. “Nadie conoce mi rostro. Nadie”. —¿Quién es? —murmuré, sintiendo que la curiosidad y la cautela se trenzaban en mi estómago. —No quiso dar su nombre en la recepción. Pero está esperando en el reservado del segundo piso —Lola caminó hacia el panel de control de la pared y tecleó un código rápido—. Activé la cámara de seguridad del pasillo VIP para que lo veas antes de decidir. La pantalla de alta definición colgada junto al caballete se encendió con un zumbido tenue. La imagen en blanco y n***o mostró la penumbra del reservado de cuero. Un hombre estaba de pie junto a la cristalera, de espaldas a la lente, sosteniendo un vaso de cristal. Era colosal. La envergadura de sus hombros y la postura erguida de su espalda imponían una autoridad aplastante que llenaba todo el encuadre. El hombre se giró despacio para dar un trago a su bebida, y la luz tenue del salón iluminó de lleno sus facciones. Facciones esculpidas en mármol. Ojos grises e invernales. Una mandíbula dura que denotaba una disciplina implacable. El aire se me congeló en los pulmones. El corazón me dio un vuelco violento contra las costillas y los nervios se me dispararon como una descarga eléctrica que me dejó sin aliento. Era Stellan Kross. El socio principal de mi padre. El magnate intachable de Wall Street. El hombre que esa misma mañana me había mirado con una frialdad ejecutiva en la junta corporativa… estaba abajo, en mi club secreto, exigiendo tenerme a solas. —¿Solene? —la voz de Lola sonó lejana, desconfiada al notar mi palidez—. ¿Lo conoces? ¿Quieres que mande a la seguridad a sacarlo? “Él no sabe que yo soy Aura… ¿O sí?”. Apreté los puños, sintiendo el sudor frío en las palmas de mis manos mientras la pantalla mostraba a Stellan mirando su reloj de oro con impaciencia depredadora. —No —susurré, intentando dominar el temblor de mi voz—. Prepara el reservado, Lola. Voy a bajar. **STELLAN** El aroma a humo de habano y a whisky escocés de cincuenta años impregnaba la atmósfera del *Penthouse* en la Quinta Avenida. La alta sociedad de Nueva York adoraba exhibir su opulencia en reuniones privadas donde las máscaras del decoro solían caer tras la tercera copa. Yo odiaba este tipo de eventos, pero el control del poder financiero exigía dejarse ver entre los leones de la ciudad. Sostenía mi vaso con firmeza, escuchando a los ejecutivos hablar de acciones y fusiones, cuando Marcus, uno de los inversionistas más frívolos del círculo de Wall Street, me dio una palmada en el hombro con una sonrisa cargada de malicia. —Tienes que ver esto, Stellan —dijo Marcus, guiñándome un ojo mientras me indicaba que lo siguiera hacia su estudio privado—. Llegó ayer por la tarde. Me costó un ojo de la cara en una transacción cifrada a través de las Islas Caimán, pero vale cada maldito centavo. Cruzamos la puerta de roble macizo. En la pared principal del estudio, bañada por una luz cenital perfectamente dirigida, se exhibía la pintura. Era un lienzo de formato grande. Una composición cruda, cargada de una sensualidad tan visceral y explícita que rozaba lo indecoroso, pero ejecutada con una elegancia y una maestría técnica deslumbrantes. Representaba la silueta de un cuerpo femenino envuelto en sombras y tonos carmín, transmitiendo una mezcla devoradora de deseo y desesperación. —Es una locura, ¿verdad? —comentó Marcus, dando un trago a su bebida mientras contemplaba la obra con una mirada abiertamente lasciva—. Esa mujer se hace llamar **Aura**. Nadie conoce su rostro, opera a través de un club exclusivo en el SoHo y solo vende por encargo cifrado. Te juro que ver este cuadro todas las noches en mi pared me provoca las erupciones más oscuras de mi deseo. Es pura adicción. No le respondí. Me acerqué al lienzo en silencio, dejando que mis ojos grises recorrieran cada pulgada de la pintura. Había algo en la textura de la tela. Algo en la forma violenta pero perfecta en que el óleo había sido aplicado en las esquinas. Me incliné ligeramente, examinando el trazo de la luz en la cadera de la figura y el remate rabioso junto a la firma con la inicial *A*. Un chasquido eléctrico resonó en mi mente. La memoria fotográfica que me había convertido en un depredador en los negocios no me fallaba jamás. Esa pincelada. Esa técnica de luz y sombra sobre la piel. “Yo he visto esto antes”. Hace solo tres meses, en la oficina privada de mi socio principal, Gerard Drax. Sobre el escritorio de Gerard descansaba un pequeño lienzo inofensivo: el retrato de un paisaje de los Hamptons cubierto por la niebla. Un cuadro sin pretensiones comerciales que Gerard me presumió con orgullo paternal, firmado en la esquina por su “inestable e inocente” hija, Solene. En aquel momento, pasé los dedos por la esquina de ese paisaje para apreciar el relieve del óleo. La técnica era idéntica. El mismo trazo rabioso, la misma inclinación del pincel en los cortes, la misma alma indómita atrapada bajo la pintura. Un escalofrío de incredulidad y fascinación gélida me recorrió la espina dorsal.

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