Mateo no se movió de la puerta. Su respiración se volvió pesada mientras recorría con la mirada el escote profundo de la espalda de Lucía. El azul de la seda parecía cobrar vida bajo la luz amarillenta del pasillo, fluyendo sobre sus caderas como agua oscura. —Te ves... —Mateo tragó saliva, buscando las palabras—... te ves como otra persona. Lucía se miró en el pequeño espejo del baño. Durante cinco años, solo se había visto de pasada: ojerosa, con el cabello recogido en una coleta práctica y la piel pálida por el encierro. Pero ahora, con el maquillaje cubriendo las huellas del cansancio y el vestido moldeando su figura, la imagen que le devolvía el cristal la dejó sin aliento. Era ella. La Lucía que caminaba por los pasillos de Harvard con la cabeza alta. La que no pedía permiso par

