Lucía llegó a su casa con la caja negra bajo el brazo, escondiéndola detrás de su cuerpo como si llevara un cadáver. El vestido pesaba una tonelada y aun no entendía como podía ser que un pedazo de tela se sintiera como una condena.
Al entrar, el olor a guiso barato y el sonido de los dibujos animados en la televisión la golpearon. Mateo estaba sentado en la mesa, revisando unos papeles del bufete con sus gafas de montura y el cabello despeinado.
Se levantó en cuanto la vio.
—Llegaste temprano.
Lucía sonrió como pudo, observando a su hijo saltar en el sillón.
—Sí, tengo que manejar las cosas de la gala desde aquí y luego ir directo a la fiesta.
Mateo observó su rostro y luego clavó los ojos en la caja a su espalda.
—¿Qué es eso? —preguntó, señalando.
Lucía la dejó sobre el sofá, intentando que pareciera algo sin importancia, pero la marca del diseñador en la tapa gritaba "lujo".
—Es para la gala, Mateo. El uniforme de la gala. Julián insistió en que...
—¿"Julián"? —Mateo soltó una risotada amarga—. Ya lo llamas por su nombre.
—Es su nombre —caminó a su hijo.
—¿Ahora aceptas regalos costosos?
Lucía lo miró, desde que se le declaró las cosas entre ellos habían estado algo raras y tensas. La intento besar en la noche y terminó corriendo el rostro. No dijo nada, solo sonrió y beso su frente.
—Es por Leo —aclaró.
—¿Qué cosa? ¿Aceptar ropa cara?
Lucía sentía las lágrimas que había contenido en la oficina finalmente ganaban la batalla.
—He tenido a ese hombre a centímetros de mi cara hoy. A su prometida molestándome. Me muero de miedo, Mateo. No quiero que me molesten de nuevo.
No mentía, Lucía estaba aterrada con lo que pudiese pasar con Leo.
—Me aterra que recupere la memoria y nos destruya a todos. ¿Crees que quiero ponerme esto? ¡Lo odio! Odio este vestido y lo odio a él. Pero si no voy, no hay medicina. Necesito la plata para poder conseguir otra cosa.
Mateo se acercó y le tomó los hombros con fuerza.
—Entonces no vayas. Yo pediré el dinero, robaré si hace falta, pero no entres en ese lugar. Elena no es tonta, Lucía. Ella sabe quién eres. Te arruino una vez, ¿Crees que no lo hará de nuevo?
Lucía negó despacio.
—Sé que sí, Mateo. Pero es solo este trabajo y me voy, solo un trabajo.
—¡Joder! Entiende.
—No delante de Leo.
Lucía se zafó de su agarre, camino hasta su hijo que la miraba y luego hacia la habitación. Leo observaba a Mateo que se quedo en el living parado.
—¿Por qué se enojó, Mateo? —susurró.
—Solo ha tenido un día complicado en el trabajo.
Caminaron al baño. Se encargo de llenar todo de vapor, dejo que entrara y comenzó a jugar con él mientras lo lavaba.
—¿Cómo te fue en el jardín?
—Bien. Jugamos con masa —comenzó a balbucear algunas cosas mientras dejaba que lo lavaran.
—¿Todo eso hiciste?
—Sí.
Siguió lavándolo hasta que envolvió su cuerpo.
—Mamá ¿Cuándo llega papá?
Lucía apretó los labios con fuerza.
—Papá sigue en la luna.
—Pero lo vi en la tele.
Su corazón dejo de latir, su rostro fue a su hijo que parecía seguro de sus palabras.
—¿En la tele?
—Sí.
Lucía tomó aire y miró a la puerta donde estaba Mateo con la vista desencajada.
—¿Ya estás listo, campeón? —se acercó para mirar a Leo.
—¡Sí! ¡Comer! —levantó las manos—. Mamá, Mateo me dejo cocinar.
—Oh, que lindo, seguro estará riquísimo.
Mateo tomó a Leo y comenzó a caminar, hasta que Lucía habló de nuevo.
—Si no voy, Elena hará algo, solo quiere humillarme y la dejaré —susurró Lucía sin volverse—. Ella me mostró una foto de Leo en jardín. Sabe dónde estudia. Sabe todo. Si huyo ahora, nos cazará. La única forma de salir de esto es cobrando ese bono y desapareciendo de la ciudad el fin de semana.
Mateo la miró, sus ojos recorrieron el rostro de Lucía.
—Vamos a comer.
Pasó el resto del día ausente. Jugo con Leo, miraron una película. Mateo acarició su brazo y dejo besos en su cabeza de vez en cuando.
Leo solo miraba de costado a ambos y sonreí. No fue hasta que se hizo la hora de dormilo y arreglarse que quedaron solos de nuevos.
—¿Aun amas a papá? —consultó.
—¿Qué?
—Tío Mateo te ama, dijo que son amigos y que quiere ser mi papá —Leo miró la cama—. Y Toto dice que mi papá, se fue y no vuelve.
—Cariño…
Lucia pensó de nuevo. Leo iba al jardín, entendía muchas cosas y era muy inteligente, pero no creía que tuviese edad para esas charlas.
—Papá se fue hace mucho tiempo, cariño y no sé si volverá.
Los ojos de Leo se llenaron de lágrimas.
—Yo creo que sí.
Lucía lo beso en la frente, espero que se durmiera y fue directo a la ducha. Demoró más de lo previsto, cuando salió apenas quería peinarse, pero tomó su tiempo en secarse el cabello y arreglar su rostro.
Sacó el vestido de la caja. No era el que se había probado; este tenía un escote profundo en la espalda y una caída que dejaba poco a la imaginación.
Era un vestido hecho para ser deseada, no para trabajar.
"Es una orden, no una sugerencia", la voz de Julián resonaba en su cabeza.
—¿Aún lo amas?
Mateo habló desde la puerta. Lucía terminó de maquillarse y observó al hombre que la había apoyado en todo este tiempo.
—Me interesa tener confianza en una relación, que crean en mí y si no puedes hacer eso, creo que lo mejor será que no lo intentemos.
Lo observó sin ninguna emoción. Mateo apretó sus labios y miró a un costado antes de volver a mirar a Lucía.
—Confió en ti, no en él.
—Creo que no lo haces y eso es molesto.
Caminó a un costado para entrar en el baño y salir con el vestido puesto. Mateo observó su cuerpo con hambre, uno que no intento disimular.