El Eco en la Oscuridad

2089 Words
El silencio en el despacho de Julián Blackwood no consistía simplemente en la falta de ruido; era una sensación tangible, como si ejerciera una presión invisible que brotaba de las paredes de nogal y los muebles de cuero elegante. Lucía se encontraba en el extremo opuesto de la habitación, limpiando la superficie de una mesa lateral con movimientos lentos y calculados. Su objetivo era la invisibilidad absoluta; quería ser una parte más del mobiliario, un objeto inanimado que cumpliera su función sin perturbar el ecosistema de Julián. Sin embargo, sus ojos, entrenados durante años para detectar la más mínima debilidad en un estrado, no podían dejar de observarlo. Julián seguía sentado tras su escritorio, pero la intensidad con la que revisaba los documentos había desaparecido. Su postura, antes erguida y desafiante, se había quebrado. Soltó la pluma de oro, que rodó sobre el escritorio con un eco metálico, y se echó hacia atrás, hundiéndose en el respaldo de su sillón. Sus manos, grandes y de dedos largos, subieron a sus sienes, presionándolas con una fuerza que hacía que sus nudillos se volvieran blancos. Un gemido casi inaudible escapó de entre sus labios apretados. Lucía se detuvo. Conocía ese gesto. No era un simple cansancio; era la agonía de una migraña. El brillo de las pantallas y la luz blanca de los paneles LED del techo se convertían en dagas clavándose directamente en sus ojos. Por un instante, la barrera social, su enojo y los cinco años de miseria se desvanecieron para Lucía. Recordó la vulnerabilidad de Julián aquella noche en el hotel, cuando después de la pasión, él le había confesado que sufría migrañas la mayoría de los días. Recordó cómo ella había masajeado su frente con las yemas de los dedos, y cómo él se había quedado dormido bajo su tacto, murmurando que ella era la única que lograba calmar la tormenta en su mente. El instinto de cuidado, forjado en las noches de fiebre de Leo, fue más fuerte que su prudencia. Antes de que su cerebro pudiera enviar una señal de alerta, las palabras escaparon de su boca en un susurro cargado de una autoridad que no pertenecía a una limpiadora. —Debería apagar esas luces LED y beber un poco de agua alcalina, señor. Julián no se movió, pero su respiración se detuvo. Lucía, dándose cuenta del error, se regañó, sabía que debía haberse callado, pero la inercia de su conocimiento medicolegal la empujó al precipicio. —Es una presión aguda en el nervio supraorbitario —continuó, su voz recuperando sin querer el tono melodioso y seguro de la Lucía Valente abogada—. El brillo de esas pantallas está causando una fotofobia que solo empeora la inflamación periférica. Si no reduce el estímulo visual, el espasmo vascular no cederá. El silencio que siguió fue peor. Lucía se quedó helada, con el trapo de microfibra apretado contra el pecho, dándose cuenta de que acababa de usar una terminología que ninguna empleada de mantenimiento, por muy observadora que fuera, manejaría con tanta precisión. Julián bajó las manos de sus sienes con una lentitud que helaba la sangre. Al escuchar esa voz, algo ocurrió en las profundidades de su conciencia. No fue un recuerdo nítido, sino un flash que lo golpeo por todo el cuerpo. El tono, la cadencia, la forma en que ella pronunciaba las palabras... fue como si una corriente eléctrica recorriera los cables cortados de su mente. Por un milisegundo, la oscuridad de su amnesia fue iluminada por el destello de una risa cristalina y el rastro fantasma de una piel suave y cálida bajo sus dedos. Se levantó de golpe, con una violencia que hizo que la silla rodara hacia atrás y chocara con el ventanal. Caminó rodeando el escritorio con pasos pesados, como un animal herido que acaba de encontrar el rastro de su cazador. Lucía retrocedió, pero no fue lo suficientemente rápida. Julián la alcanzó y la sujetó del brazo. Su agarre no era fuerte, pero sí de una fuerza contenida y desesperada que la obligó a quedar a escasos centímetros de él. Pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo y ver las finas líneas de dolor alrededor de sus ojos grises, que ahora la escrutaban con una intensidad aterradora. —¿Quién es usted? —exigió él. Su voz era un gruñido bajo, cargado de una confusión que rozaba el pánico. —Señor, yo... suélteme —suplicó Lucía, tratando de recuperar su papel de empleada doméstica mientras cambiaba un poco la voz. —Esa voz... —Julián ignoró su súplica, acercándose más, invadiendo su espacio personal hasta que Lucía pudo oler el aroma de su fatiga y su perfume—. La reconozco. Está aquí, en alguna parte —se golpeó la sien con la mano libre—. ¿Dónde la he oído antes? ¿ha trabajado en un hospital? ¿En cuál? ¡Dígame quién es! Lucía sintió que el mundo se desmoronaba. Estar tan cerca de él era una tortura de la que no podía escapar. Sus ojos se llenaron de lágrimas, no solo de miedo, sino de un dolor antiguo que amenazaba con romper su máscara. Por un segundo, quiso gritarle la verdad. Quiso decirle como la había usado y dejado atrás, hablar de Leo, el hijo que compartían. Pero al pensar su nombre Leo apareció, pálido y enfermo. Elena la destruiría si Julián la recordaba ahora, sin pruebas, sin defensa, eso la dejaría en la miseria absoluta. Y necesitaba comer. —Se equivoca, señor —dijo Lucía, forzando un temblor en su voz y bajando la mirada para romper el contacto visual—. Soy solo una limpiadora con un hijo muy enfermo. —No mienta —presionó él, sacudiendo su brazo levemente—. Ninguna limpiadora habla de nervios supraorbitarios y espasmos vasculares con esa seguridad. —Se aprende medicina por pura necesidad, señor Blackwood, no por conocimiento —mintió Lucía, dejando que una lágrima rodara por su mejilla—. Cuando pasas cinco años en salas de urgencias públicas, viendo cómo tu hijo se asfixia porque no tienes dinero para un especialista, terminas aprendiendo cada síntoma, cada término y la forma de aliviar el dolor porque no tienes a nadie más que lo haga. Uno se vuelve experto en supervivencia cuando la alternativa es un ataúd pequeño. Julián se quedó paralizado. El peso de las palabras de Lucía, cargadas de una verdad visceral, aunque parcial, lo golpeó como un mazazo físico. La soltó de inmediato, como si el contacto con su le quemara la piel. Dio un paso atrás, su rostro pasando de la furia a una confusión amarga. La solidez de su mundo se tambaleó ante la cruda realidad de la mujer que tenía enfrente. El destello de memoria se desvaneció, reemplazado por la frustración de sentirse un extraño en su propia mente. —Váyase —dijo Julián, dándole la espalda. Su voz sonaba derrotada, ahogada por la migraña que regresaba con más fuerza—. Recoja sus cosas y lárguese. No quiero verla más por hoy. Lucía no esperó a que se lo repitiera. Recogió su carro de limpieza con manos temblorosas y salió del despacho casi corriendo. No se detuvo hasta llegar al baño de servicio, donde se encerró en uno de los cubículos y se desplomó contra la puerta. El llanto de Lucía en el cubículo fue silencioso, una serie de espasmos que sacudían sus hombros mientras se mordía el dorso de la mano para no gritar. Estar tan cerca de Julián, sentir su calor y ese rastro de reconocimiento en su mirada, había sido como caminar sobre brasas. Pero lo que más le dolía no era su olvido, sino el hecho de que incluso en su amnesia, él seguía siendo el mismo hombre dominante que podía destruirla con una orden. Se lavó la cara con agua helada, tratando de borrar el rastro de las lágrimas. Miró su reflejo, volvía a estar en su sitio, pero por dentro, la abogada Valente estaba empezando a despertar de un largo letargo. —No vas a romperme otra vez —susurró al espejo con una determinación gélida. Marcó su salida en el reloj biométrico y abandonó la torre. El aire de la noche, aunque cargado de smog, le devolvió un poco de cordura. Tomó el último autobús hacia los suburbios, apretando su bolso contra su pecho. Durante el trayecto, no dejó de pensar en la expresión de Julián cuando ella mencionó a su pequeño. Había visto una pizca de humanidad que no esperaba encontrar en el hombre que se había aliado con su madrastra. Al llegar a su edificio, el ascensor, como de costumbre, no funcionaba. Subió las escaleras a oscuras, guiada por el instinto, hasta el cuarto piso. Al abrir la puerta, el olor a sopa de pollo y vapor de eucalipto la recibió. En la pequeña sala, Mateo estaba sentado en el sofá desgastado, con un libro de cuentos en la mano. A su lado, envuelto en una manta de lana, estaba Leo. El niño no estaba dormido. Sus ojos, esos pozos grises que eran la viva imagen de los de Julián, brillaron al verla entrar. —¡Mamá! —exclamó Leo con una voz que, aunque débil, desbordaba alegría. Lucía dejó caer su bolso y corrió hacia él, arrodillándose para envolverlo en sus brazos. El cuerpo de su hijo se sentía pequeño y frágil, pero era su ancla en la tormenta. —Hola, mi bebito —murmuró Lucía, besando sus sienes—. ¿Cómo te has portado con el tío Mateo? —Hemos leído sobre caballeros y dragones —dijo Leo, recostando su cabeza en el hombro de su madre—. Pero el caballero de la historia no tenía medicina, mamá. ¿Tú traes la mía? Lucía sintió una punzada en el corazón. Miró a Mateo, quien le lanzó una mirada de advertencia. El jarabe para la coagulación se había terminado esa tarde. —Mañana la tendremos, mi amor. Mañana sin falta —prometió ella, sintiendo el peso de la mentira como una losa. Mateo se levantó y se acercó a la cocina para servirle un plato de caldo caliente. —Ha tenido un poco de tos. Nada grave, pero no quería que te preocuparas más de la cuenta —dijo Mateo en voz baja cuando ella fue a la cocina. —Julián casi me descubre hoy, Mat —confesó ella, apoyándose en el mostrador. Sus manos aún temblaban—. Siente que me conoce. Mi voz... mi voz le hace daño. Mateo la tomó de los hombros, obligándola a mirarlo. Sus ojos estaban llenos de una devoción que Lucía prefería ignorar para no complicar más su existencia. —Si él te descubre, Lu, tienes que estar lista. Ese hombre tiene el poder de quitarte a Leo si se entera de que es su heredero. Elena no es tu única amenaza; los Blackwood no dejan cabos sueltos. Lucía miró hacia la sala, donde Leo intentaba dibujar algo en un cuaderno viejo. El niño era perfecto, una mezcla de su intelecto y la fuerza de Julián. Si Julián Blackwood lo veía, no habría duda alguna. —No dejaré que se lo lleven —sentenció Lucía, con el tono de quien está dispuesta a quemar el mundo—. Julián es el prometido de la mujer que mató a mi padre. Para él, somos un error de su pasado que debe borrarse. Y para mí, él es solo el donante que me dio a Leo. —Si te descubre nos vamos —Mateo habló de nuevo—. Mañana compro el jarabe. —Mateo. —Nena, tengo un caso, es bueno —sonrió. —No me parece justo. —Si todo sale bien, pueden ir a vivir conmigo. —Veremos. Lucía no quiso responder, solo se aseguró de no ser tan mala, no podía darle más que una amistad. Se acostó junto a su hijo, escuchando su respiración irregular. Mientras Leo dormía, ella cerró los ojos y, por un instante, se permitió recordar no al CEO cruel del piso sesenta, sino al hombre que, cinco años atrás, le había pedido que se quedara con él. El futuro era un precipicio, y ella estaba a punto de saltar, llevando a su hijo de la mano. Lo que Lucía no sabía era que, en la suite presidencial de la ciudad, Julián Blackwood tampoco dormía. Él estaba frente a un espejo, tocándose la sien y repitiendo en un susurro una palabra que su mente se negaba a procesar: "Lucía".
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