La Torre Blackwood a las nueve de la noche se transformaba en una entidad distinta, un esqueleto de acero y cristal que observaba la ciudad con la indiferencia de un dios antiguo. Cuando los ascensores dejaban de escupir ejecutivos de paso apresurado y el eco de los teléfonos se extinguía, el silencio se volvía tan denso que casi podía palparse.
Para Lucía Valente, ese silencio era un arma de doble filo: le permitía pasar inadvertida, pero también obligaba a su mente a llenar el vacío con recuerdos que quemaban más que el desinfectante industrial que ahora impregnaba su piel.
Llevaba el uniforme gris de "Clean & Shine", una prenda de poliéster áspero que parecía diseñada para anular cualquier rastro de feminidad o identidad. Se había recogido el cabello en un moño tirante, ocultando los mechones castaños que Julián una vez había enredado entre sus dedos.
Bajo las luces fluorescentes del pasillo de servicio, Lucía no era la abogada brillante que dominaba la jurisprudencia; era el "Empleado 402", una sombra encargada de borrar las huellas de un mundo al que ya no pertenecía.
Esa noche, el sector del piso cincuenta estaba sumido en una penumbra azulada. Era el corazón del imperio Blackwood, el lugar donde se decidían los destinos de miles de personas con un simple trazo de pluma.
Lucía empujaba el carro de limpieza con una lentitud cautelosa. Sus movimientos eran mecánicos, fruto de meses de entrenamiento en la invisibilidad. Se detuvo frente al inmenso ventanal del despacho principal, una pared de vidrio que ofrecía una vista panorámica de la metrópolis. Allá abajo, las luces de los coches pasaban a toda velocidad, un recordatorio de que la vida seguía fluyendo mientras ella permanecía estancada en un limbo de miseria y secreto.
Sumergió el paño en el cubo de agua tibia, sintiendo cómo el calor traspasaba los guantes de látex. Comenzó a limpiar el cristal con movimientos circulares, rítmicos. Veía su propio reflejo proyectado contra la oscuridad exterior: una mujer de mirada cansada, con ojeras que ninguna cantidad de sueño podría borrar y una palidez que delataba las noches en vela cuidando la respiración sibilante de Leo.
—Un poco más —susurró para sí misma, pensando en la factura de la clínica—. Solo unas horas más.
De repente, al pasar el paño por la zona superior del vidrio, el ángulo de la luz cambió. Un movimiento sutil en el reflejo, justo detrás de su hombro, hizo que su sangre se convirtiera en granizo.
En la penumbra del despacho, sentado en el imponente sillón de cuero que presidía la estancia, estaba Julián. No había encendido las luces del techo; solo una lámpara de escritorio, de diseño minimalista, arrojaba un cono de luz ámbar sobre sus manos. Estaba inclinado sobre un contrato, con la frente apoyada en una mano y un bolígrafo de oro en la otra. La penumbra lo envolvía, resaltando la línea dura de su mandíbula y la perfección casi cruel de sus facciones.
El corazón de Lucía dio un vuelco tan violento que sintió un dolor sordo en el pecho. El aire se le escapó de los pulmones. Durante un segundo, olvidó dónde estaba. Olvidó el uniforme, a Elena y el desprecio del mundo. Solo vio al hombre que le había hablado de sueños en una barra de mármol.
El sobresalto fue físico. Sus dedos, entumecidos por el por el trabajo y nerviosismo, perdieron el agarre. La esponja, pesada y empapada de agua jabonosa, resbaló de su mano. El impacto contra el suelo de mármol pulido no fue sutil; fue un "ploc" húmedo y contundente que retumbó en las paredes de madera de nogal del despacho como si fuera un disparo.
El sonido rasgó el silencio sepulcral de la oficina.
Julián no se sobresaltó, pero su reacción fue la de un depredador que detecta una intrusión en su territorio. Levantó la vista del documento con una lentitud que Lucía encontró aterradora. Sus ojos, que en los recuerdos de ella eran pozos de una calidez intelectual desarmante, ahora eran dos témpanos de hielo gris.
Se pregunto si solo fingió con ella, pues no podía creer que el hombre que la hizo sentir viva tuviese esa mirada. Sin embargo, se quedó petrificada. Tenía el brazo todavía alzado hacia el cristal, la mano vacía y temblorosa. Durante lo que parecieron siglos, las miradas de ambos se cruzaron en el reflejo del vidrio y luego, de forma directa, cuando él giró la cabeza.
Diez segundos. Ese fue el tiempo que Julián la observó. Diez segundos en los que Lucía sintió que su alma quedaba expuesta. Esperaba algo. Cualquier cosa. Un parpadeo de duda, una contracción en sus pupilas que delatara que, en algún rincón recóndito de su cerebro, la imagen de ella seguía viva.
Deseó que él dijera "Lucía", que preguntara por qué llevaba ese uniforme, que la rescatara de la pesadilla. Pero la mirada de Julián era la de quien observa una mancha en la pared. No había reconocimiento. No había memoria. Solo una irritación fría y distante.
Finalmente, él rompió el silencio. Su voz no era la voz profunda y melódica de aquella noche; sino como hoja de afeitar, afilada y desprovista de cualquier matiz emocional.
—Se le cayó algo.
La frase fue tan simple y devastadora que Lucía sintió que las rodillas le flaqueaban. El vacío en los ojos de Julián era real.
—Recójalo —continuó él, volviendo a fijar su atención en el contrato como si ella fuera un bicho que acababa de hacer un ruido molesto—. Y siga trabajando en silencio. No pago por distracciones, y mucho menos por ruidos innecesarios en mi despacho.
Lucía se agachó, sintiendo que el calor de la humillación le quemaba la cara. Sus dedos rozaron el agua sucia del suelo mientras recogía la esponja. La proximidad de Julián, a apenas unos metros, era una tortura. Podía olerlo: el aroma de su loción de sándalo y el olor a papel nuevo. Era el aroma de su destrucción.
—Lo lamento, señor —susurró ella. Su voz salió pequeña, una sombra de la voz segura que una vez discutió con él sobre derecho constitucional—. No volverá a ocurrir.
—Asegúrese de ello —replicó él sin levantar la vista—. Mi tiempo es lo único que no puedo recuperar, y usted me ha hecho perder tres segundos de análisis. No permita que se conviertan en cuatro. Siga con su labor y desaparezca.
Lucía asintió, aunque él no la estaba mirando. Se puso de pie con la espalda encorvada, asumiendo el papel que la vida le había asignado. Continuó limpiando el cristal, pero ahora sus movimientos eran torpes, nublados por las lágrimas que luchaba por no derramar.
Cada vez que pasaba el paño, veía a Julián en el reflejo. Lo veía trabajar con una intensidad inhumana, ajeno al hecho de que la mujer que limpiaba era la hija de su difunto enemigo y la madre del hijo que ignoraba tener.
Él volvió a su lectura, marcando el contrato con trazos firmes de su pluma. Para Julián Blackwood, el CEO más poderoso del país, ella no era más que una silueta anónima en uniforme gris. Una parte del personal de mantenimiento, un gasto operativo, nada.
Sin embargo, se permitió mirar de reojo una vez más para corroborar que hacía. Solo para descubrir que la falda que llevaba se subía más de la cuenta dejando sus piernas visible.
Parecía desnutrida, tan frágil como un alfiler, sin embargo, cada curva se marcaba a la perfección en su cuerpo. su cabello brillaba y podía sentir su perfume mezclado con el desinfectante.
Pero lo que más le llamo la atención, fue la ropa que les daban, carecían mucamas de hotel de lujo.
Deja de mirar a la empleada. Se regaño mentalmente antes de volver a su trabajo.
Lucía por su parte termino con su trabajo y recogió todo en silencio. Al salir, lanzó una última mirada hacia el hombre sentado bajo la lámpara. Julián no se movió. No se despidió, ni volvió a mirarla.
Lucía cerró la puerta con un clic casi imperceptible, dejando atrás el lujo y la frialdad, llevándose consigo el peso de saber que, para el mundo y para él, Lucía Valente ya no existía.
Volvió a casa agotada, arrastro los pies por el suelo y fue directo a la habitación de su hijo para encontrarlo dormido y con Mateo al lado.
—Llegó la reina de la casa —Mateo sonrió antes de levantarse de la cama y envolverla con los brazos.
—Huelo a desinfectante y tengo hambre —se quejo mientras sacaba el labio y sentía el beso en su frente.
—Te guarde cena, ve a bañarte.
Mateo le sonrió mientras la miraba ir a la cama para dejar un beso en la frente de Leo y caminar de nuevo al baño. La dejo ahí mientras iba por cerveza y comida, cuando Lucía volvió le sonrió y bebió un trago.
—¿Cómo estuvo hoy? —consultó.
—Igual que siempre —suspiró—. Me preocupa que dejes tus citas por nosotros, Mat. Pasas todas las noches aquí.
—No me interesa tener citas, Lu. Soy feliz aquí.
Lucía comenzó a comer ignorando el hecho de que su amigo, la observaba con añoranza. De hecho, Mateo llevaba años enamorado de ella, pero nunca se animo a declararse.
—¿Qué haría sin ti, Mateo?
Consultó mientras soltaba un suspiró.
—No quiero averiguarlo, cariño. Pero ahora, podemos ver una peli o solo dormir.
—¿Te quedas con nosotros?
—Claro.
Lucía sonrió antes de levantarse con el plato vacío y besar su mejilla.
—Eres el mejor amigo.
Mateo sonrió, aunque por dentro aquellas palabras le dolían. Aunque algo dentro de él se encendió. Quizás podría conquistarla.