Lucía se detuvo en seco en medio del pasillo de servicio. El sonido de su número de empleada vibrando en el receptor de pared fue como un latigazo. Empleado 402. Despacho del CEO. Inmediatamente.
Sintió un frío gélido recorrerle la espalda. Por un segundo, pensó en correr hacia el ascensor, desaparecer en la noche de la ciudad y no volver nunca.
Pero recordó la factura de la clínica que descansaba en la mesa de su cocina. Recordó a Leo. Si huía ahora, perdería el único sustento que mantenía a su hijo con vida. Y lo peor: confirmaría las sospechas de Julián.
Enderezó la espalda, se tragó el nudo de terror en su garganta y regresó.
Al entrar, el despacho parecía haber cambiado de temperatura. Julián estaba de pie frente al ventanal, dándole la espalda. No se había puesto la chaqueta; la camisa blanca, ahora más arrugada, dejaba adivinar la tensión en los músculos de su espalda.
—Cierre la puerta —ordenó él, sin girarse.
Lucía obedeció. El "click" de la cerradura sonó definitivo, como una celda cerrándose.
—Señor, tengo áreas que terminar y...
—Cállese —Julián se giró con una lentitud depredadora.
Sus ojos grises estaban inyectados en sangre, no por el alcohol, sino por una lucha interna que Lucía conocía bien: la lucha de un hombre que intenta negar su propia naturaleza.
—Siéntese.
Señaló la silla de cuero frente a su escritorio. Lucía dudó, pero terminó sentándose en el borde, manteniendo la columna rígida.
Julián no se sentó; caminó alrededor del escritorio, invadiendo su espacio de nuevo, pero esta vez no la tocó. Se limitó a asecharla con su presencia.
—Dígame su nombre —exigió él.
—¿Mi nombre? Empleada 402, es como nos identificamos, nuestro nombre no importa.
Julián la observó y cruzó sus brazos. Seguía apoyado en el escritorio a su lado.
—A mí me importa.
Lucía elevó su rostro, llena de asombro.
—¿Qué?
Julián vio algo en sus ojos que le sorprendió y molesto en partes iguales. El verde esmeralda rebosaba de asombro y algo más, odio.
—Me interesa saber quién esta en mi planta. No se ilusione.
El gesto se le endureció en segundos. Lucía apretó los dientes y lo observó de nuevo.
—La empleada 402.
Aquel desafió solo hizo que Julián apretara los dientes, estaba por quejarse, pero decidió que lo mejor era cambiar la estrategia. Se aseguraría de ver cada detalle.
—Escúcheme bien —dijo, con una frialdad que ocultaba su turbación interna—. He revisado su desempeño. A pesar de su... falta de discreción de hoy, es eficiente. Y me molesta el desfile constante de personal desconocido en este piso.
Lucía negó internamente.
—A partir de mañana, usted queda asignada exclusivamente a mi servicio. Será mi asistente personal de mantenimiento.
Lucía lo miró con shock grabado en su rostro. Sus labios se entreabrieron para protestar, pero él levantó una mano para silenciarla.
—Solo usted entrará en esta oficina. Y solo usted se encargará del mantenimiento de mi residencia privada —sentenció, clavando sus ojos grises en los de ella—. No quiero a nadie más. Sus horarios se ajustarán a mis necesidades. Tendrá acceso a áreas restringidas, pero sepa que cada movimiento suyo será monitoreado. Si es una espía, la encontraré. Si es lo que dice ser... bueno, al menos tendré un poco de orden en mi entorno.
Lucía sintió que el aire se le escapaba. Estar cerca de él en la oficina ya era un riesgo mortal; entrar en su casa, en su intimidad, era caminar directamente hacia el corazón del incendio.
Pero antes de que pudiera articular una respuesta, la puerta del despacho se abrió de par en par sin previo aviso.
Elena Santoro entró como una ráfaga de viento gélido. Llevaba una carpeta negra y el aroma de su arrogancia precediéndola.
—Julián, amor, tenemos que revisar la lista de la Gala de Caridad ahora mismo —dijo, sin siquiera mirar a la mujer de gris—. El catering necesita la confirmación de los invitados VIP y...
Elena se detuvo al notar la tensión en la habitación. Sus ojos de serpiente se posaron en Lucía por primera vez en toda la tarde.
—¿Todavía está aquí esta mujer? —preguntó Elena, con un desprecio que goteaba veneno—. Pensé que los de mantenimiento ya habían terminado de molestar.
—Se estaba retirando —dijo Julián, levantándose—. Acabo de asignarla como mi asistente personal de servicio. Estará en casa a partir de mañana.
Lucía no esperó a escuchar más. Aprovechó el momento para salir del despacho, sintiendo la mirada de Elena clavada en su nuca como un puñal.
Caminó por el pasillo de mármol, tratando de controlar el temblor de sus manos, pero la suerte no estaba de su lado esa noche.
Elena salió del despacho apenas unos segundos después, sus pasos rápidos y decididos resonando contra el suelo. En el pasillo estrecho que conducía a los ascensores de servicio, Elena aceleró el paso y chocó intencionadamente hombro con hombro con Lucía. El impacto fue seco y brusco, obligando a Lucía a tambalearse contra la pared.
—¡Fíjate por dónde caminas, estúpida! —siseó Elena.
Lucía se enderezó, bajando la cabeza por instinto, pero al hacerlo, su moño se aflojó levemente, dejando que un mechón de su cabello cayera sobre su rostro. Elena se detuvo en seco.
Algo en el perfil de la limpiadora, en la forma en que sus hombros se tensaron a pesar de la sumisión fingida, encendió una alarma en su cerebro.
Elena se acercó, obligando a Lucía a retroceder hasta que su espalda golpeó el frío metal de la puerta del ascensor de carga. Con una mano enfundada en un guante de piel fina, Elena le levantó el mentón a Lucía con una fuerza humillante.
El silencio que siguió fue el de una tumba. Elena escaneó el uniforme barato, las manos maltratadas por los químicos y los ojos cansados de Lucía.
Poco a poco, el reconocimiento se filtró en sus pupilas, transformando su sorpresa en una satisfacción diabólica. Una sonrisa lenta y cruel, se dibujó en sus labios rojos.
Podía ver el triunfo en su mirada.
—Vaya, vaya... —murmuró Elena, y su voz era un susurro que olía a menta y muerte—. Pero si la rata ha salido de su alcantarilla después de todo este tiempo. ¿Limpiando los suelos que debiste heredar, Lucía Valente?
Lucía sintió que el corazón se le detenía. El disfraz de "empleada 402" se desmoronó bajo la mirada de su enemiga. No había forma de ocultarlo; Elena la había encontrado en el lugar menos esperado, y la ironía de verla allí, reducida a la servidumbre, le producía un placer casi orgásmico a la mujer que le había robado todo.
—Te ves... patética —continuó Elena, recorriendo con desprecio el uniforme gris—. ¿Dónde quedó la princesa de los Valente? ¿Dónde está esa abogada brillante que nos miraba a todos por encima del hombro? Parece que el barro te sienta bien, querida.
Lucía intentó mantener la mirada, pero el miedo por Leo era un ancla que la arrastraba hacia abajo.
—No quiero problemas, Elena —susurró Lucía, con la voz quebrada—. Solo necesito trabajar.
—Oh, vas a trabajar —rio Elena, acercándose aún más, invadiendo el espacio personal de Lucía hasta que sus rostros quedaron a escasos centímetros—. Me parece una idea brillante que Julián te haya contratado. Es justicia poética.
De repente, la expresión de Elena cambió. Su rostro se volvió una máscara de odio puro. Se inclinó hacia el oído de Lucía, y su aliento cálido se sintió como una quemadura.
—Escúchame bien, rata muerta de hambre —susurró con una voz que solo Lucía podía oír—. Quédate cerca. Quédate muy cerca. Me divertiré mucho viendo cómo me sirves el vino en mi boda mientras disfruto de todo. Me deleitaré viendo cómo te arrodillas para limpiar el rastro de mis tacones en la mansión que solía ser tuya.
Lucía sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal.
—Si dices una sola palabra a Julián sobre quién eres... si tan solo mueves un dedo para comentar quién era tu padre —Elena apretó el mentón de Lucía con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en la carne—. El niño será el primero en desaparecer. Porque sé que lo tuviste.
—¡No te atrevas a tocarlo! —sollozó Lucía, el pánico rompiendo finalmente su defensa.
—Entonces sirve —sentenció Elena, soltándola con desprecio—. Mantente callada como la basura que eres. Mírame ser feliz. Si intentas ser una heroína, Lucía, te aseguro que enterrarás a ese niño antes de que termine la semana.
Elena se enderezó, se alisó el traje de sastre y se ajustó el anillo de compromiso —el diamante que Julián le había dado— con un gesto triunfal. Se alejó por el pasillo sin mirar atrás, mientras tarareaba una canción.
Lucía se desplomó contra la puerta del ascensor, dejándose caer hasta el suelo. El llanto que había contenido durante años estalló en un silencio desgarrador. Estaba atrapada.
La decisión de Julián, la había condenado más. Estaba a merced de la mujer que la odiaba, sirviendo al hombre que no la recordaba, y con la vida de su hijo colgando de un hilo que Elena Santoro estaba dispuesta a cortar en cualquier momento.
El silencio del pasillo de servicio se tragó los sollozos de Lucía, pero no el eco de la amenaza. Elena no solo la había reconocido; sabía de la existencia de su hijo. La mención del niño transformó el miedo de Lucía en una agonía líquida que le quemaba el pecho.
Se puso en pie con torpeza, apoyándose en las paredes frías. Tenía que salir de allí. Al llegar al vestuario de empleados, sus manos temblaban tanto que le costó abrir el candado de su taquilla.
Se quitó el uniforme gris con una urgencia febril, como si la tela estuviera impregnada de veneno, y se puso su ropa civil: unos vaqueros gastados y una chaqueta que ya no la protegía del frío.
Al salir a la calle, el clima de marzo la recibió con una ráfaga de viento húmedo que le azotó el rostro. Caminó hacia la parada del autobús, pero se detuvo a mitad de cuadra y miró hacia arriba.
—Me quiere en su casa —susurró para sí misma, y el terror se mezcló con una ironía sangrienta—. Me quiere donde Elena pueda verme desmoronarme cada día.
Tomó el autobús de vuelta a su barrio, ocultando el rostro contra el cristal empañado. Al llegar a su pequeño apartamento, la imagen era el contraste más cruel con el lujo que acababa de dejar.