Su perfume

1934 Words
Eran las siete de la tarde. En la empresa, las sombras de los rascacielos vecinos se proyectaban sobre la alfombra de lana virgen como dedos largos que intentaban atrapar lo que quedaba del día. Lucía se encontraba en una esquina, puliendo una estantería de libros legales con una minuciosidad que rozaba la obsesión. Cada lomo de cuero, cada título dorado sobre Derecho mercantil y sucesiones era un recordatorio de la vida que Elena le había arrebatado. —Parece que está apurada. Lucía salto en el lugar antes de mirar al hombre del otro lado de la mesa. —¿No saluda? Lucía pensó que el hombre frente a ella acababa de perder un tornillo, porque había dicho que no quería ruido. —Creo que dijo que no hiciera ruido. —Eso no quita los modales. Se levantó y rodeo el escritorio, Lucía dio un paso atrás, sus ojos se entrecerraron mientras observaba al hombre que ayudo a arruinar su vida. —No me pagan por hacer sociales, señor. Lucía volvió a ignorarlo y Julián a molestarse, apretó sus labios y estaba dispuesto a acercarse, pero su teléfono sonó. Él contestó con un monosílabo seco, pero su expresión cambió de inmediato. —¿Ahora? —preguntó, con una tensión que hizo que se le marcara la vena de la sien—. No, no me importa que el ministro esté esperando. Si el bloque de acciones de Valente tiene una irregularidad en el registro, la boda puede esperar, pero el contrato no. Iré a la sala de conferencias técnica. Se movió con un movimiento brusco, dejando su teléfono personal sobre el escritorio de cristal. Salió de la oficina a zancadas, cerrando la puerta con un golpe seco que dejó a Lucía a solas. El silencio volvió a caer sobre la habitación, pero esta vez se sentía cargado de una electricidad peligrosa. Lucía miró hacia la puerta y luego hacia el escritorio. Sabía que debía seguir con su trabajo, que cada segundo que pasaba inmóvil era un riesgo innecesario, pero sus pies se movieron por voluntad propia. Se acercó al escritorio. La pantalla del teléfono de Julián se iluminó de repente, notificando un recordatorio de calendario. Lucía bajó la mirada, atraída por un dolor masoquista que no podía controlar. "Cena de ensayo: Gala de Caridad y Anuncio de Boda medios - 20:00h" El nombre de Elena Santoro brillaba en la pantalla junto al de Julián, unidos por un guion que parecía una cicatriz. Lucía sintió una náusea física. Mientras ella contaba los centavos para las medicinas de Leo, el hombre que la embarazo se preparaba para celebrar su unión con la mujer que la había destruido. La ironía era tan cruel que Lucía tuvo que apoyarse en el borde del escritorio para no caer. En ese momento de absoluta vulnerabilidad, un sonido inesperado rompió su trance. En el bolsillo de su uniforme gris, su propio teléfono —un aparato viejo con la pantalla agrietada— empezó a vibrar con una insistencia frenética. Con el corazón martilleando contra sus costillas, Lucía sacó el aparato para silenciarlo, temiendo que el ruido alertara a la seguridad del piso. Pero al encender la pantalla, el mundo pareció detenerse. Era una notificación de su galería de fotos, un recordatorio automático de "Hace un año". En la pantalla apareció Leo. El niño sonreía a la cámara con una alegría que su enfermedad no lograba apagar. Tenía el cabello alborotado y los ojos entrecerrados por la risa, pero lo que le cortó la respiración a Lucía fue la perspectiva. Con el teléfono de Julián justo al lado, el parecido era insultante. Era una fotocopia genética. La misma estructura ósea, la misma forma en que las cejas se arqueaban, el mismo mentón decidido. Verlos uno al lado del otro, el objeto de lujo del padre y la reliquia barata con la imagen del hijo fue como recibir un golpe en el estómago. —¿Qué está haciendo? La voz de Julián estalló en la habitación como un trueno. Había regresado por su teléfono. Lucía dio un salto, soltando casi su teléfono sobre el escritorio. Julián estaba en el umbral, con la respiración ligeramente agitada y los ojos encendidos por una furia. No había llegado a la sala técnica; se había olvidado el dispositivo y había regresado justo a tiempo para ver a la "limpiadora" hurgando en su espacio personal. —Señor, yo... —Lucía intentó esconder su teléfono tras la espalda, pero el movimiento fue torpe y desesperado. Julián cruzó el despacho en tres zancadas, emanando una energía depredadora que hizo que el aire se volviera denso. —¿Intentaba robar información confidencial? —rugió él, deteniéndose a escasos centímetros de ella—. Al parecer mi prometida tiene razón, no se puede confiar en nadie que use un uniforme de mantenimiento. Aquellas palabras le hicieron apretar los puños. Se había acercado para ver lo que pasaba con la empresa de su padre, pero no logro hacer mucho. —No estaba robando nada, se lo juro —dijo Lucía, con la voz quebrada. La humillación empezaba a arder en sus mejillas como un ácido. —Vacíe sus bolsillos —ordenó él. Su tono era el de un juez dictando sentencia—. ¡Ahora! Lucía, temblando de rabia y vergüenza, colocó sus escasas pertenencias sobre el cristal del escritorio: un manojo de llaves gastado, un paquete de pañuelos, una moneda de poco valor y su teléfono agrietado. Julián escaneó los objetos con una mirada de asco. Al ver el teléfono de ella, estuvo a punto de tomarlo, pero se detuvo, como si tocar algo tan "barato" fuera a manchar su prestigio. No encontró documentos, ni grabadoras, ni nada que pudiera incriminarla legalmente, pero su desconfianza no disminuyó. Su mente, fracturada por la amnesia, parecía buscar un culpable para el vacío que sentía constantemente. —A la pared —dijo él, con una voz que era una orden absoluta. —¿Qué? —Lucía retrocedió, asustada. —Voy a asegurarme de que no lleva nada oculto. No voy a permitir que una oportunista comprometa la fusión más importante de la década. Julián se acercó para registrarla. Fue un acto de dominación y humillación física diseñada para recordarle su lugar en la jerarquía. Sus manos, expertas y firmes, empezaron a palpar los hombros y los brazos de Lucía por encima de la tela áspera del uniforme. Lucía cerró los ojos, apretando los dientes para no gritar. El contacto era eléctrico, doloroso y extrañamente familiar. Pero entonces, algo ocurrió. Al acercarse para revisar los bolsillos laterales de su pantalón, Julián tuvo que invadir por completo el espacio personal de Lucía. Al hacerlo, el calor del cuerpo de ella y el movimiento de su respiración agitada hicieron que el aroma de su piel se elevara en el aire estático del despacho. No era un perfume caro de diseñador, ni el olor a desinfectante industrial. Era el aroma de jabón de jazmín silvestre y un matiz sutil, casi imperceptible, de algo que olía a lluvia y a hogar. El efecto en Julián fue devastador. Se quedó paralizado, con las manos suspendidas sobre la cadera de Lucía. El aroma lo golpeó como un mazo, rompiendo por un instante las cadenas de su amnesia. Fue un ataque sensorial: de repente, no estaba en el piso sesenta de su torre, sino en una cama de sábanas blancas, envuelto en ese mismo olor mientras una mujer le susurraba su nombre entre gemidos. Era el olor de sus sueños, de las pesadillas hermosas que lo acosaban cada noche y que no lograba ponerles rostro. Julián retrocedió un paso, pero no le quitó la vista de encima. Su mirada, que antes era de puro odio profesional y desprecio, se volvió errática, confusa, casi suplicante. Sus pupilas se dilataron hasta que el gris de sus ojos desapareció. —¿Qué es eso? —susurró él, y su voz ya no era la del CEO, sino la del hombre que se ahogaba en su propio pasado—. Ese olor... Julián se acercó pasando la nariz por su cuello, algo que provoco un temblor en todo el cuerpo de Lucía. Se apartó para hablar, pero se quedo callado cuando vio sus ojos apretados. Lucía abrió los ojos y lo miró. Por un segundo, el deseo y la nostalgia flotaron entre ellos, tan espesos que podrían haberse tocado. Estaban a un centímetro de que el pasado colapsara sobre el presente. Julián se acercó, sus narices se rozaron y la respiración se cortó. Todo se electrifico, ambos dejaron de respirar, pero Lucía sabía que eso no podría ser bueno. Ceder ante él era lo peor que le podía pasar. —Es solo jabón, señor —dijo Lucía, recuperando su voz de acero—. El más barato del mercado. Ese que la gente como usted nunca usa. Julián apretó los puños, luchando por recuperar el control, se encontraba peleando contra el odio de su propia debilidad y un deseo salvaje que no sabía explicar lo hizo temblar. Dio un paso hacia atrás —Lárguese —dijo él, señalando la puerta con una mano temblorosa—. Recoja su basura y lárguese antes de que llame a seguridad para que la saquen a rastras. Y no vuelva a acercarse a este escritorio. Nunca. Lucía recogió sus llaves y su teléfono, el aparato donde la cara de Leo seguía siendo la prueba de su traición, y salió del despacho sin mirar atrás. En el pasillo, se derrumbó contra la pared. —Tengo que irme de aquí. Dio un paso para bajar directo a los depósitos, limpiaría otro lugar, no quería que la viera de nuevo, solo terminaría su trabajo y se iría. El eco de la puerta al cerrarse tras la salida de Lucía dejó a Julián Blackwood en un estado de agitación que ninguna auditoría o crisis financiera había logrado provocar jamás. Se quedó de pie en el centro de su despacho, rodeado de un lujo que de repente se sentía asfixiante, como si las paredes de cristal estuvieran encogiéndose para atraparlo. El aroma a jazmín silvestre aún flotaba en el aire, una presencia invisible que se burlaba de su amnesia y de su lógica. Se llevó las manos al rostro, frotándose los ojos con fuerza, tratando de borrar la imagen de esa mujer, de sus ojos cansados pero feroces, y de esa sensación de "pertenencia" que lo había golpeado al tocarla. No tenía sentido. Él era un Blackwood, un hombre educado para la frialdad y el cálculo. Ella era una empleada de mantenimiento, una mujer que limpiaba sus suelos. Sin embargo, el vacío en su memoria, esa cicatriz negra que el accidente había dejado en su cerebro, latía con una intensidad insoportable cada vez que ella estaba cerca. Era como si su cuerpo recordara lo que su mente había decidido olvidar para sobrevivir. —Maldita sea —gruñó, golpeando el escritorio con el puño. Julián sabía que no podía dejar las cosas así. Si esa mujer era una pieza del rompecabezas de su vida pasada, o si simplemente era una anomalía que estaba perturbando su juicio antes de la fusión más importante de su carrera, necesitaba resolverlo. No podía permitir que una distracción de uniforme gris caminara libremente por su edificio, apareciendo y desapareciendo como un fantasma que invocaba recuerdos inexistentes. Tomó una decisión impulsiva, de esas que sus socios considerarían un error estratégico, pero que su instinto de cazador le dictaba como la única salida. Pulsó el intercomunicador. —Que la empleada 402 regrese a mi despacho ahora mismo —ordenó, con una voz que no admitía réplicas.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD