Noche de compromiso.

2130 Words
La mansión de los Blackwood no era un hogar; era un museo de piezas únicas y estatus. Situada en la zona más exclusiva de la ciudad, protegida por muros de piedra y cámaras de seguridad de grado militar. La propiedad respiraba una frialdad que ni siquiera las tres chimeneas de mármol encendidas lograban disipar. Julián se observó en el espejo del vestidor. El esmoquin de seda italiana se ajustaba a sus hombros marcando su escultural cuerpo, pero él sentía que la prenda le pesaba toneladas. Se ajustó la pajarita con un movimiento mecánico, notando cómo el ligero temblor de sus dedos traicionaba la migraña residual que aún martilleaba tras sus sienes. —Te ves impecable, querido. Como si nunca hubieras roto un plato... o un coche. La voz de Marcia Blackwood, su madre, entró en la habitación antes que ella. Marcia era una mujer cuya piel parecía tensada por hilos invisibles y cuyo corazón, sospechaba Julián, había sido reemplazado por un cronómetro de alta precisión. Entró envuelta en un vestido de cóctel azul noche, con un collar de zafiros que valía más que un hospital entero. —Madre —saludó Julián con un asentimiento cortés, pero distante—. No sabía que vendrías antes de la recepción. —Alguien tiene que asegurarse de que los anfitriones den la talla —dijo ella, acercándose para retocarle el cuello de la camisa—. Elena ya está abajo, encantando a los miembros del comité. Es una mujer fascinante, Julián. Tan... pragmática. A veces olvido que es la viuda de Valente. Se ha adaptado a nuestra familia como si hubiera nacido con nuestro apellido. Julián sintió una punzada de irritación. —Es útil para la fusión, madre. Eso es todo. —Es más que eso. Es estabilidad —sentenció Marcia, clavando sus ojos fríos en los de su hijo—. Desde el accidente, has estado... errático. Tu padre y yo hemos hecho mucho para proteger tu imagen. No permitas que una distracción arruine el anuncio del compromiso esta noche. Julián no respondió. "Protección". Esa era la palabra que usaban para describir el vacío de cinco años en su memoria. Su familia había construido un muro de concreto alrededor de su pasado, diciéndole quién era, qué le gustaba y a quién debía amar. Pero últimamente, el muro se sentía como una celda. La fiesta de ejecutivos en el gran salón era una puesta en escena de hipocresía y ambición. El tintineo de las copas de cristal de Bohemia y el murmullo de las conversaciones sobre tipos de interés y adquisiciones hostiles formaban el ruido de fondo de la vida de Julián. Elena Santoro se movía entre los invitados como una pantera en la selva Llevaba un vestido rojo que gritaba poder, y cada vez que pasaba cerca de Julián, le dedicaba una mirada cargada de una posesividad que a él le resultaba asfixiante. —¡Julián! ¡Dichosos los ojos! Dos hombres de su misma edad, vestidos con la misma elegancia despreocupada, se acercaron con vasos de whisky en la mano. Eran Marcus y Sebastián, antiguos compañeros de universidad y, supuestamente, sus mejores amigos. —Marcus, Sebastián —saludó Julián, permitiéndose una pequeña sonrisa genuina—. Me alegra ver rostros conocidos entre tantos tiburones. Movió la pajarita una vez más. —Nosotros somos los tiburones, Blackwood. No te hagas el humilde —rio Marcus, dándole una palmada en el hombro—. Te hemos echado de menos en el club. Desde que te pusiste el anillo de compromiso invisible con Elena, pareces haber desaparecido de la faz de la tierra. —El trabajo no da tregua —respondió Julián, bebiendo un sorbo de su trago. —Sí, claro, el trabajo —intervino Sebastián, bajando un poco la voz—. Oye, hablando de desaparecer... el otro día pasamos por la curva de la carretera vieja, donde fue el "asunto". Han puesto una valla nueva. Increíble que salieras de ese amasijo de hierro, hermano. Julián se tensó. El "asunto". El accidente del que todos hablaban con eufemismos. —No recuerdo nada de esa noche, lo saben. —Lo sabemos, lo sabemos —dijo Marcus, mirando de reojo a Eleonor, que vigilaba desde el otro lado del salón—. Aunque a veces me pregunto si no es mejor así. Aquella noche... estabas eufórico antes de subir al coche. Decías que habías encontrado algo, o a alguien, que iba a cambiarlo todo y apurado por cancelar lo que estaba planeado tu padre. Estabas como loco, Julián. Nunca te habíamos visto así. Julián sintió que el corazón le daba un vuelco. —¿Alguien? ¿De qué están hablando? —No lo sé, viejo. No nos dejaste ir contigo —añadió Sebastián, encogiéndose de hombros—. Solo dijiste que tenías mejores planes y que el resto de nosotros éramos unos aburridos. Al otro día, recibimos la llamada del hospital. Tu padre se encargó de limpiar todo el desorden, ya sabes cómo es él. Ni siquiera dejaron que la prensa supiera dónde habías estado antes del choque. —¿Dónde había estado? —presionó Julián, ignorando la migraña que empezaba a rugir—. ¿Con quién estaba? Marcus y Sebastián se miraron, una chispa de incomodidad cruzando sus rostros. —Tu madre nos pidió que no... —comenzó Marcus, pero se detuvo cuando vio la mirada gélida de Julián. —Mi madre no está aquí ahora. Hablen. —Estabas en la fiesta de graduación de la Facultad de Derecho —susurró Sebastián rápidamente—. No tenías nada que hacer allí, los Blackwood no se mezclan con esa gente, pero tú insististe. Dijiste que tenías que ver a una "estrella naciente". Luego vino el accidente y, bueno... el resto es historia. Tu familia dijo que fue un trauma por estrés y que no debíamos mencionar esa noche para no "confundir" tu recuperación. "Estrella naciente". "Derecho". —¡Julián, amor! Los del Banco Central quieren saludarte. Elena apareció de la nada, deslizando su mano por el brazo de Julián. Marcus y Sebastián se enderezaron de inmediato, recuperando sus máscaras de cortesía. —Claro —dijo Julián, pero su voz sonaba lejana, como si viniera del fondo de un túnel—. Adelántate, Elena. Necesito un momento de aire. —No tardes, querido —le susurró ella al oído, con un tono que era más una orden que una petición—. El anuncio es en diez minutos. Julián salió a la terraza. El aire frío de la noche le golpeó el rostro, pero no logró despejar su mente. "Una cita con el destino". "Una estrella naciente". Miró hacia abajo, directo a las luces de la ciudad. A lo lejos, podía ver el brillo tenue de los barrios más pobres, donde sabía que vivía la gente que limpiaba sus oficinas. Una imagen cruzó su mente: la limpiadora, con sus manos enrojecidas y su mirada llena de una dignidad que no encajaba con su uniforme, diciéndole que había aprendido medicina en las salas de urgencias públicas para salvar a su hijo. —Un hijo —murmuró Julián. ¿Cómo es que una chica tan joven terminaba con un hijo? Sabía como lo hacían, pero también reconocía una mujer podría estar con hombres en tranquilidad, ella no se veía de esa manera. Elena era otra cosa. Sintió una náusea repentina al pensar en Elena. Elena, que ahora celebraba la absorción de los activos de su difunto esposo. Elena, que, según sus amigos, era lo opuesto a la "euforia" que él sentía antes del accidente. Si él había estado en esa graduación, si había conocido a alguien... ¿quién era? ¿Y por qué su familia se había esforzado tanto en borrar ese rastro? Entró de nuevo al salón, pero ya no veía a los invitados como socios o amigos. Los veía como participes de lo que había pasado. Caminó directo hacia su padre, Arthur Blackwood, que estaba conversando con un ministro. —Padre, necesito hablar contigo —dijo Julián, interrumpiendo sin disculparse. Arthur, un hombre de cabellos canos y mirada de acero, se despidió del ministro y llevó a su hijo a un rincón apartado. —¿Qué sucede, Julián? No es el momento para tus escenas. —Nada, estaba pensando que necesito ver a los médicos que me atendieron cuando llegué del accidente y sobre todo, a las personas que me asistieron ¿Dónde los puedo encontrar? El rostro de Arthur no cambió, pero sus ojos se entrecerraron. —¿Buscarlos? Nada eso. Te puedo decir que paso, estabas bajo mucha presión, Julián. Estabas obsesionado con cerrar un trato y fuiste a esa fiesta para presionar a uno de los socios. Nada más. El accidente fue el resultado de tu agotamiento. No busques fantasmas donde solo hay cicatrices. —¿A quién? ¿Y por qué Elena? —preguntó Julián, bajando la voz—. Si nosotros estábamos en contra de los Valente, ¿por qué terminar comprometido con su viuda apenas desperté del coma? —Porque es lo mejor para la empresa. Y porque ella estuvo a tu lado cuando nadie más lo estuvo —respondió Arthur, poniendo una mano pesada sobre el hombro de su hijo—. Deja de cavar en el pasado, Julián. El pasado está muerto. Concéntrate en el futuro. Elena es tu futuro. Julián lo miró y, por primera vez en su vida, sintió un desprecio profundo por el hombre que le había dado todo. Sabía que su padre mentía. Lo sabía por la forma en que evitaba su mirada. El anuncio del compromiso comenzó minutos después. Entre aplausos y brindis con champán de mil dólares, Julián sonreía a las cámaras mientras sostenía la mano de Elena. —Está noche queremos celebrar con ustedes, amigos —dijo su padre mientras levantaba la copa—. Hoy mi hijo se compromete oficialmente con una mujer que está a la altura de esta familia. —Muchas gracias —Elena subió la copa mientras miraba al hombre. —Julián, Elena. Por ustedes. Julián levantó la copa y saco el maldito anillo que le habían dado, pero por dentro, estaba en otro lugar. En su despacho, escuchando una voz melodiosa hablar de "presión en el nervio supraorbitario". "Tengo un hijo muy enfermo", había dicho ella. Julián observó el anillo de diamantes en la mano de Elena y sintió un escalofrío. Si esa mujer, la limpiadora, tenía la clave de su pasado, no podía dejar que Elena la encontrara primero. Elena quería "eliminar fantasmas". Y Julián, por primera vez en cinco años, quería devolverle la vida a uno. Cuando la fiesta terminó y los invitados comenzaron a retirarse, Julián no fue a la habitación con Elena. Se dirigió a su despacho privado en la mansión. Abrió su computadora y entró en el servidor de seguridad de la Torre Blackwood. No buscó los expedientes de la agencia de limpieza esta vez. Buscó las grabaciones de las cámaras del pasillo de servicio de la noche anterior. Pasó las horas revisando el metraje hasta que la vio. La figura gris empujando el carro. Se detuvo cuando ella se detuvo frente al ventanal. Hizo zoom en su rostro. A pesar de la baja resolución y el moño tirante, la belleza de Lucía era innegable. Pero no fue su rostro lo que lo detuvo. Fue el momento en que ella se agachó para recoger la esponja y, por un segundo, miró hacia la cámara antes de bajar la vista. En sus ojos no había solo cansancio. Había un odio tan puro y una tristeza tan profunda que Julián sintió un dolor físico en el pecho. —¿Qué te hice? —susurró Julián a la pantalla—. ¿O qué te hicimos? Miró la hora. Eran las tres de la mañana. Mañana era viernes. El turno de noche de Lucía. Mañana, no habría migrañas ni documentos que lo distrajeran. Mañana, la atraparía. Y esta vez, no la dejaría ir hasta que cada palabra que saliera de su boca fuera la verdad, aunque esa verdad incendiara todo su imperio. Cerró la computadora y salió al balcón de su habitación. A lo lejos, la ciudad dormía, ignorando que el CEO de Blackwood Holdings acababa de decidir que su compromiso, su fusión y su herencia valían menos que el secreto que tenía su familia y la voz melodiosa de esa mujer. —Lucía —dijo al aire, probando el nombre por primera vez en voz alta. El nombre encajó en su boca como una pieza de un puzzle perdido. Y en algún lugar de la ciudad, en un apartamento pequeño y caluroso, Lucía se despertó sobresaltada, sintiendo que un hilo invisible acababa de tensarse, arrastrándola de vuelta hacia el hombre que era, al mismo tiempo, su mayor amor y su más peligroso verdugo.
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