El Pequeño

1078 Words
La oficina quedó en un silencio sepulcral tras la salida de Elena. Lucía no se movió de su sitio; mantenía la vista fija en la tablet, aunque las letras de los presupuestos de catering bailaban ante sus ojos. Sentía la mirada de Julián clavada en ella, una presencia física que la asfixiaba más que el propio aire acondicionado del piso 50. —Puede retirarse por hoy, Sara —dijo él finalmente. Su voz había perdido el filo autoritario—. Mañana será un día largo. Descanse. Lucía asintió sin decir palabra. Recogió sus cosas y salió de la oficina con la espalda recta, consciente de que Julián la observaba hasta que las puertas del ascensor se cerraron. Julián, sin embargo, no se movió de su escritorio. La duda que Elena había sembrado con su reacción visceral —aquel odio que parecía venir de años atrás y no de un simple roce laboral— le quemaba el juicio. Activó el intercomunicador. —Marcus, envíame los registros de las cámaras de seguridad de los pasillos de servicio y de la sala de descanso de la última hora. También los de la noche que se quedó a limpiar tarde. —Enseguida, señor Blackwood. Julián se reclinó en su silla de cuero. Minutos después, los archivos aparecieron en su monitor. Empezó a pasar las grabaciones a cámara rápida. Vio a Lucía limpiando con una eficiencia mecánica, la vio tensarse cuando Elena aparecía en los pasillos, vio las humillaciones silenciosas. —¿Por qué la odias tanto? Mientras Julián se rebanaba los sesos con una pregunta que hasta el momento no tenía respuesta, Lucía llegaba a su casa. Mateo la esperaba en la pequeña cocina, con un vaso de agua en la mano y el rostro endurecido por la preocupación. —Llamaron del hospital —la miró—, pensé en pedir un adelanto. Lucía pensó un momento en como decirle lo que pasaría. Sabía que no estaría de acuerdo, pero necesitaba que entendiera. —Me ofrecieron la gala de mañana, si hago bien el trabajo me dan un bono de cien mil dólares. —¿Cien mil dólares, Lucía? —Mateo dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco—. ¿De verdad crees que te los va a dar por "coordinar" una fiesta? Ese hombre te está comprando. Te está poniendo un precio para tenerte cerca porque su instinto le dice que le perteneces. Estás loca si crees que esto va a salir bien. Mateo observó a la mujer que amaba y no pudo creer como nuevamente se le iba de las manos. —No es por él, Mateo. Es por Leo —respondió Lucía, dejando su bolso con pesadez—. La clínica no espera. Si este dinero garantiza un año de vida para mi hijo, caminaría por brasas ardientes. —¡Estás caminando hacia un precipicio! —Mateo dio un paso hacia ella, con los ojos cargados de una frustración que rozaba el dolor—. Mañana, cuando te vean con esos vestidos, cuando Julián te mire a la luz de los focos... no habrá vuelta atrás. No podrás volver a ser la mujer que limpia oficinas, toda la ciudad hablará de ti, se van a enterar. Lucía no respondió. No podía. Sabía que había razón en sus palabras, pero necesitaba el dinero. Entró en su pequeña habitación y cerró la puerta, dejando a Mateo con sus advertencias en el aire. Sus ojos se llenaron de lágrimas, apretó los labios y camino hasta el baño para sacarse el día de encima. Cuando se sintió limpia busco a Leo y lo llevó a su cama. No ceno. Apenas cerró los ojos. Solo se mantuvo pegada a su hijo y espero al otro día para ir a primera hora y encontrarse con mujeres, un estilista y al menos una docena de vestidos. Julián no había abandonado la Torre Blackwood. Se había refugiado en la suite privada conectada a su oficina. Las jaquecas habían regresado, pero esta vez no eran nubes grises; eran relámpagos de imágenes inconexas que lo obligaron a levantarse antes del amanecer. Se lavó la cara con agua helada y salió al área de presidencia, todavía en pantalones de vestir y con la camisa blanca desabrochada. El silencio de la oficina a esa hora solía ser su santuario, pero hoy, había algo distinto. Al doblar el pasillo hacia la sala de juntas, se detuvo en seco. Las luces de la zona de descanso estaban encendidas. Había percheros metálicos repletos de telas brillantes y fundas de seda, pero su mirada no fue a los vestidos. Fue a ella. Lucía estaba de espaldas a la puerta, en un rincón que ella creía privado. Se había quitado el uniforme gris, en ese momento, solo vestía una lencería de encaje n***o que contrastaba violentamente con la blancura de su piel. Estaba intentando subirse el vestido de seda azul, luchando con la tela que se adhería a sus curvas. La observó inclinarse, como sus glúteos se marcaban y apretó los dientes. Sintió que el mundo se detenía. La observó de perfil, captando la línea elegante de su cuello, la firmeza de sus pechos bajo la seda y la curva de su espalda. Fue entonces cuando el "clic" ocurrió. No fue un pensamiento, fue una reacción física. El calor subió por su cuerpo, sintió ese cosquilleo en cada fibra y como todo se tornaba más caluroso. Lucía soltó un pequeño quejido de frustración al no alcanzar la cremallera, y el sonido rompió el trance de Julián. Ella se giró levemente y, a través del espejo de la sala, sus ojos se encontraron con los de él. El pánico inundó el rostro de Lucía. Se cubrió el pecho con los brazos, retrocediendo hasta chocar con el perchero. —Señor... yo... me dijeron que podía probarme la ropa aquí —tartamudeó, con el corazón queriendo salirse de su pecho. Julián no respondió de inmediato. Sus ojos bajaron por su cuerpo con una lentitud que era casi un toque físico. La tensión s****l en la habitación se volvió tan espesa que el aire parecía quemar. La deseaba, de una forma preocupante. —¿Necesita ayuda? —se acercó y ella retrocedió. —No creo que a su prometida le parezca bien. —Es un acuerdo. Ella lo sabe. Aquello no ayudo en nada, parecía que lo había hecho a propósito. Quitarle todo. —Pero al mio sí. Las palabras de Lucía rompieron la atmosfera automáticamente.
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