—¿Ahora que me has despertado, ya no dices nada? —Me pregunto si estaba usted tan dormido como quiere dar a entender —dijo el inconmovible Ricardo. —Yo también me lo pregunto —contestó a su vez el otro—. En todo caso, descansaba tranquilamente. —¡Vamos, señor! —era un susurro alarmado—. ¿No irá a decir que está empezando a aburrirse? —No. —¡Menos mal! —El secretario se sintió aliviado—. No hay motivos para aburrirse, se lo aseguro. ¡Cualquier cosa, menos eso! Si no he dicho nada no es porque no haya un buen montón de temas de qué hablar. Más que suficiente. —¿Y a ti qué te pasa? —masculló el caballero—. ¿Te estás volviendo pesimista? —¿Que yo me vuelvo? No, señor. Yo no soy de los que se vuelven nada. Si le viene en gana, puede llamarme lo que quiera, pero sabe muy bien que no soy u

