Cuatro

1939 Words
Dije que sí asintiendo con la cabeza y él no tardó en darme una escueta sonrisa y pronto sus labios tomaban los míos con intensidad. Me gustaba mucho cómo besaba y no me importaría en absoluto si pasara días y días haciéndolo, aunque después me dolieran los labios del incesante roce y choque de lenguas. Sus manos se movieron por mi cuerpo hasta que empujó mis dos brazos por encima de mi cabeza y agarró firmemente mis manos, dejándome inmovilizada. Sus rodillas empujaron mis piernas a ambos lados para recolocarse entre ellas e instintivamente rodeé sus caderas, apoyando mis tobillos en la parte trasera de sus muslos, empujándolo hacia mí inconscientemente. Movió sus labios hasta mi cuello, donde pareció encontrar un punto perceptiblemente más sensible, haciéndome casi delirar bajo su cuerpo. —Por favor, papi —le supliqué entre suaves gemidos y suspiros. Levantó la cara de mi cuello y me miró, mientras respiraba pesadamente. —¿Quieres que papi te folle? —Me sorprendió preguntando. Mis labios se entreabrieron por el impacto de sus vulgares palabras, pero no me importó tanto como debería haberlo hecho. Mi cuerpo respondía y se sometía ante él de una forma inexplicable. —Por favor —fue mi respuesta. Sabía que no le gustaba repetirse y no quería hacerlo enfadar. No en estos momentos, y preferiblemente, nunca más. —Buena chica —complimentó. Seguidamente, empezó a moverse de una forma que habría hecho sonrojar hasta a un marinero. Colocó su m*****o sobre mi feminidad, a lo que no me pude resistir a mirar –no sin sonrojarme como un tomate–, y meció sus caderas creando una fricción que me hizo suspirar y dejar caer mi cabeza hacia atrás hasta que casi no podía mantener los ojos abiertos del puro éxtasis que sentía. —Si te gusta esto, cuando papi empiece contigo no querrás dejarme nunca —decía entre gruñidos y gemidos que solo me hacían disfrutar más. —Por favor —suplicaba, pero aún no sabía qué era lo que estaba pidiendo exactamente. Quería pensar que él sí lo sabía. Que me entendía. Y sabría complacer mi cuerpo. Mi madre jamás aprobaría esto. Lo sabía. Como la mayoría de la gente, había sido criada con unos valores que no aprobaban relaciones fuera del matrimonio. Mi primer deber era procrear y no obtener placer, pero el Sr Bowry no parecía ser así. Cosa que me sorprendía por lo estricto que era y la gran cantidad de normas que tenía en la casa. Lo sentí moverse y levanté la cabeza para mirar qué estaba pasando, cuando vi que me miraba a los ojos y tenía la mano en su m*****o, moviéndolo a su antojo sobre mí. —Abre tus piernas para mí, Sienne, que papi ya no puede aguantar más —susurró con voz y tono bajos, suaves. Hice lo que me pidió y lo sentí empujar en mí, haciéndome tensar porque no sabía qué pasaría. ¿Dolería? ¿Se sentiría bien? —Relájate y deja que papi te haga sentir bien. Tragué saliva y le dejé hacer.  Le sentí apoyar su peso en mi y su m*****o entraba en mí mientras él me acariciaba la cara, sin dejar de mirarme. Estaba tensa porque no sabía qué esperar, pero cuando un dolor agudo me inundó no pude sino intentar retirarme. Él jadeaba y se detuvo, pero el dolor no disminuía. —Sienne, relájate, por favor —siseó, aguantándome de las caderas para que no me moviera. Tragué saliva fuertemente y obedecí—. Papi te hará sentir bien, confía en mí. Tras unos cuantos segundos llenos de duda, decidí hacerle caso. Me intenté relajar, pero me resultaba muy difícil. No sabía qué hacer para que el dolor disminuyera. Sin esperarlo, presionó sus labios con los míos y con su lengua acariciaba la mía, y poco a poco empecé a sentir las mariposas que había sentido apenas unos momentos antes cuando me había tocado con sus dedos. Entonces de un empujón entró en mí y tuve que separarme de sus labios para dejar salir un gemido del fondo de mi garganta. No sabía si había sido de dolor o de alivio porque el dolor estaba remitiendo, al menos. Se quedó quieto en mi interior, aún acariciandome la cara mientras me volvía a besar intensamente. Después de lo que parecieron horas besándonos, fui yo la que inició un suave contoneo de caderas, que le hizo gruñir. Nunca me hubiera imaginado al señor Bowry perdiendo el control. Tal vez era cuando únicamente se dejaba llevar, y me gustaba así. Estaba despeinado, una fina capa de sudor cubría su cuerpo y lo hacía resbaladizo con el mío. Lo que había empezado como una danza sincronizada, controlada y suave; en cuestión de minutos se había convertido en una serie de movimientos primitivos. Mis piernas estaban en el aire y su pelo caía cubriéndole la cara, sus puños apoyados a ambos lados de mi cuerpo a la altura de mis hombros y sus caderas chocaban con las mías en un vaivén que me tenía extasiada. Yo solo oía mis gemidos ahogados y descontrolados junto al choque de piel con piel que se producía cada vez que el señor Bowry entraba y salía de mi cuerpo. Jamás habría imaginado que esto pudiera ser tan bueno. Me habían inculcado tantas cosas malas de este acto, que el mero hecho de que se sintiera tan bien me hacía dudar de todo lo que alguna vez tenía por seguro. De nuevo volví a sentir esa tensión en mi bajo estómago. Era delirante, pero la recompensa al final era tan satisfactoria que no sabía qué hacer. No quería parar porque ya conocía la sensación, pero por otro lado esto me tenía musitando cosas sin sentido mientras me agarraba a las sábanas de la cama como si fuera mi único anzuelo en la tierra, como si me pudiese librar de la caída. —Vamos, Sienne —gruñó sin frenar ni ralentizar sus movimientos. Me sorprendía la fuerza que tenía, porque yo me sentía realmente agotada. Yo solo gemía descontrolada, sintiéndome libre por unos instantes. Y entonces la tensión que tanto había acumulado, al fin se liberó, dejándome en un estado casi inmóvil que me hacía los párpados pesados. Sin poder evitarlo cerré los ojos, sintiendo cómo el señor Bowry daba unos últimos empujones antes de dejarse caer sobre mí, al igual que yo, intentando recobrar el aire. —Eres realmente bonita, Sienne —el tono serio y autoritario había vuelto, y cuando me quise dar cuenta él ya estaba de pie a medio vestir. Me sentí cohibida y me obligué a retirarme antes de que me lo dijera. Cogí mi vestido y me lo puse, cogiendo el resto de prendas y presionándolo junto a mi pecho. No sabía qué esperar. —Espero que pases buena noche, Sienne —alcé la cabeza al escuchar la voz del señor Bowry, para ver que ya estaba en una postura exquisita, como el hombre formal y controlado que había conocido hacía unas horas. Tras un asentimiento de cabeza y desearle las buenas noches, salí de su habitación para ir a la mía. Esto no era lo que yo tenía en mente y me sentía muy utilizada. Ya en el calor de mi habitación, suspiré, sin saber que estaba conteniendo el aire. Me quedé mirando el cuarto frío y me rodeé el cuerpo con los brazos. Sabía que no me había hecho ninguna promesa de amor, pero que fuera tan frío y distante después de lo que habíamos compartido me hacía sentir una sucia. Así que, enfadada, me empecé a desvestir. Cuando sentí que abrieron la puerta detrás de mí, al girarme, al último que esperaba ver era al señor Bowry. Su pecho estaba desnudo y había confusión en su mirada. —Sienne, ¿te queda mucho? —preguntó. Yo fruncí el ceño sin saber a qué se refería—. Te espero en mi habitación en cinco minutos. Cerró la puerta detrás de él, sin siquiera darme opción a responder. Me enfadó aún más eso. Me puse el camisón y salí de la habitación más enfadada que nunca. Tenía ganas de decirle cuatro cosas. Abrí la puerta bruscamente y, sin miramientos, empecé a hablar. —Es usted un irrespetuoso y un mentiroso, no cumplió con lo que me había prometido y– —Sienne —el tono de advertencia en su voz me hizo darme cuenta de lo que estaba haciendo y también de que, si no quería enfadarlo más, era mejor que no siguiera hablando. Suspiré, dándole una última mirada antes de tirar de la puerta para cerrarla al salir. —¿Dónde crees que vas? —alzó la voz lo suficiente alto para asustarme. Me quedé inmóvil y mirando al suelo. No me atrevía siquiera a respirar, casi—. Sienne, no enfades a papi y ven aquí. Despacio, entré de nuevo y me armé de valor para levantar la mirada. Me arrepentí instantáneamente de todo lo que había dicho y mis formas. Estaba sentado en la cama con las sábanas aún desordenadas, haciéndome recordar lo ocurrido apenas minutos antes. Me sonrojé. —Ven aquí, que parece que necesitas un recordatorio de mis normas —me confirmó—. Y, la verdad, no creía que te daría tu primer castigo tan pronto. Tragué saliva al ver la sonrisa que me daba, mientras palmeaba su regazo. Me acerqué, no queriendo enfadarlo más, hasta que estuve enfrente de él. Tenía las dos palmas de las manos apoyadas en los muslos, sin apartar la vista de mí y cada uno de mis movimientos, por leves que fueran. Me agarró una mano y tiró de mí, desestabilizándome, por lo que acabé con mi vientre apoyado en sus piernas, sin saber dónde poner mis manos. Jadeé por el impacto que había supuesto caer en esta posición. —Dulce Sienne —tarareó el señor Bowry—, espero que cuentes conmigo. ¿Contar con él? ¿Para qué o qué exactamente? Entonces cuando levantó mi camisón sobre mi espalda y dio la primera palmada sobre mi trasero, lo comprendí. Este era mi castigo. Se me hizo incómoda la sensación punzante que dejó sobre mi piel, pero al mismo tiempo la disfruté. Me encontré a mí misma apretando los muslos juntos ante la humedad que sentí. —Sienne, cuenta —me ordenó. —Uno —dije en un jadeo. Así siguió hasta cinco y entonces paró. Pero la sensación no abandonaba mi cuerpo y tampoco relajé el aprieto de mis piernas. Cosa que no pasó desapercibida para él. —¿Estás bien? —me sorprendió preguntando. Parpadeé rápido un par de veces antes de humedecerme los labios y responderle. —S–sí —musité. Sin previo aviso, sentí los dedos del señor Bowry indagar en mi intimidad y escuché perfectamente cómo inspiraba profundamente. —Estás empapada Sienne —empezó—, y los castigos no son para disfrutarlos —yo me quedé en silencio, sin saber qué responder—. Pero ya es tarde y solo acabo de empezar contigo, así que dejamos esta conversación pendiente. Me ayudó a levantarme de su regazo, me acomodó el camisón y me sentó a su lado. —Cuando te dije que pasaras una buena noche, no me refería a que te fueras. Y entonces entendí el castigo. Había sido por mi enfado irracional y mis malas contestaciones. Me sentía mal por haber dudado de su palabra. Él pareció entender mi confusión. —Sienne —murmuró acariciando mi mejilla con su pulgar—, quiero que duermas aquí conmigo cada noche. Antes te había dejado salir para que fueras a por tu ropa de dormir y vinieras, no te había echado. —¿Duermes vestido? —pregunté recordando lo rápido que se había colocado la ropa al terminar nuestro encuentro. —No —se rio levemente—, es solo que yo suelo trabajar hasta tarde antes de dormir, pero tú te puedes quedar en mi cama mientras tanto. Asentí con la cabeza dejando mis dudas de lado, pero no se me podía olvidar lo bien que se sentía cuando me tocaba.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD