Tres

1850 Words
—Sí —le respondí con sinceridad. Me gustaba el arte, por lo poco que había podido ver, pero no entendía mucho. Esperaba que no me preguntara muchas cosas, porque no quería quedar como una inculta con él. No quería perder el atractivo que había visto en mí. —Bien. Entonces míralo de esta manera —me empujó delicadamente sobre su cama, a lo que yo me dejé hacer. Empezó a levantarme el faldón del vestido por mis piernas delicadamente, como si fuéramos amantes desde hace tiempo—, eres como un lienzo nuevo —me daba besos en el cuello mientras murmuraba— que un artista desea empezar a pintar, pero no quiere dibujar cualquier cosa. Estaba tan distraída con su historia, que ni me di cuenta del momento en el que el vestido ya no estaba cubriéndome y me había quedado en mi brassiere, ligas y las medias. Cuando fui consciente de la situación, me avergoncé e intenté cubrirme como pudiera, pero el Sr Bowry me lo impidió. —Déjame verte, por favor —me pidió mirándome a los ojos. Seguía siendo vulnerable en su presencia, pero intenté relajarme. Entonces me besó sin yo esperarlo, delicado al principio, profundizando cada vez más hasta que por instinto rodeé su cuello con mis brazos, aprisionándolo contra mí y gimiendo contra sus labios. Realmente me gustaba cómo besaba. Se colocó entre mis piernas y lo sentí empezar un vaivén contra mí que me tenía la mente nublada. Se separó de mi boca y, mientras seguía moviéndose contra mí, me miraba a los ojos, tal vez buscando algún vestigio de duda o algún gesto que le animara a continuar. Esto se sentía fracamente bien, pero sentía que faltaba algo, me sentía vacía. Y no dudé en hacérselo saber. —Más —pedí en un susurro que sonó más como un gemido. Me sonrojé en cuanto me di cuenta de lo que había dicho y lo que estaba haciendo y me tapé la cara con las manos, quedándome quieta bajo su cuerpo. Lo sentí parar y luego quitó mis manos, dejando ver mi rostro. Cuando le vi, estaba sonriendo. —Lo estabas haciendo tan bien, Sienne —me sentí aliviada al escucharle decir eso, y me arrepentí de haber parado—. ¿De verdad quieres que paremos? Lo miré durante unos cuantos segundos y negué con la cabeza lentamente. —Usa las palabras —me dijo. —No quiero parar, papi —le dije más convencida. —Buena chica —me apremió con un beso en la frente. Me agarró de las caderas y nos dio la vuelta, quedando yo encima de él. El recogido de mi pelo se había deshecho en el desenfrenado vaivén al que estábamos sumidos hace pocos minutos, y una cortina de pelo a ambos lados de nuestra cara nos mantenía alejados del exterior. Alejados del ambiente lleno de odio que se respiraba fuera. Aquí entre estas cuatro paredes éramos solo nosotros. —Muévete, Sienne —me ordenó, ayudándome con sus manos sobre mis caderas. Me empujaba sobre él adelante y atrás, y cuando entendí el patrón empecé a moverme sin necesidad de su ayuda. Él seguía teniendo mucha ropa puesta aún y sabía que eso era lo que le mantenía calmado. Mientras me movía sobre él puse mis manos sobre su pecho e intenté desabrocharle los botones de la camisa sin perder el ritmo suave de mis caderas sobre las suyas. Lo vi morderse el labio sin apartar la vista de mis delicados dedos, que torpemente luchaban contra un diminuto botón. Puso sus manos sobre las mías, ayudándome. —Aprendes rápido, Sienne —comentó, mientras desabrochábamos su camisa, él mirándome a los ojos—. Me gusta. Le sonreí tímidamente y continué con el balanceo sobre sus caderas. Me notaba húmeda y muy sensible, y cada roce nuevo se sentía mucho mejor que el anterior. Pero no era suficiente. —¿Lo hago bien, papi? —le pregunté mientras él se quitaba la camisa como podía para no tener que parar, yo le ayudaba empujando su camisa sobre sus hombros. Si con la ropa el Sr Bowry parecía un hombre fuerte, sin la ropa era todo un festín para la vista. —Muy bien, bonita. ¿Te gusta lo que ves? —me sobresaltó su pregunta. Yo asentí tímidamente sin poder evitar mirarlo y sus manos rápidamente volvieron a mis caderas, recorriendo toda la piel a la que tenía acceso. Lo que no esperaba en absoluto fue el azote que, instintivamente, me hizo levantar mi trasero de su regazo y abrir los ojos como platos, mirándole. Él tenía el labio inferior aprisionado con sus dientes y me miraba serio. No sabía si estaba enfadado o solamente viendo mis reacciones, pero, en cualquier caso, la humedad que sentía no cesaba. —¿Más? —formuló otra pregunta. Sin siquiera pensar a qué se podía referir, ya estaba asintiendo con la cabeza sin dejar de moverme sobre él. Esta vez más rápido y presionando sobre él. De él salió un gruñido gutural que solo me hizo intentar moverme más rápido, pero entonces sus manos agarraron mis caderas firmemente haciéndome parar. —Dale tregua a papi, bonita —medio gimió. Yo me quedé quieta en su regazo, con mis manos sobre su pecho desnudo, acariciando delicadamente la piel bajo mis dedos. Su respiración era agitada y, probablemente, la mía estaría igual, pero no me importaba. Me gustaba esto. Siempre había pensado de las relaciones entre un hombre y una mujer como obscenas y solamente requeridas para formar una familia, pero no me podía imaginar al Sr Bowry con hijos. Se irguió para quedar sentado, rodeando mi cintura con sus brazos y levantándose conmigo en brazos. Instintivamente rodeé sus caderas con mis piernas y volvió a dejarme en la cama, otra vez él sobre mí. —Ya no puedo aguantar más, dulce Sienne. Se colocó entre mis piernas una vez más y, al estar él de pie, vi que había una mancha más oscura donde se encontraba su prominencia. Me sonrojé al darme cuenta que yo había ocasionado eso y subí la mirada hasta su rostro para calmarme. Me miraba mientras se bajaba los pantalones, y me sorprendió el darme cuenta que no llevaba nada debajo. Se me cortó la respiración y me sonrió cuando se dio cuenta. Me dio vergüenza el pensar que eso entraría en mí, pero mis nervios aumentaron cuando vi que lo cogió con completa naturalidad, rodeándolo, y empezó a mover el puño arriba y abajo sin dejar de mirarme. Su pecho subía y bajaba en respiraciones cortas y rápidas, y yo estaba absorta mirándolo. —Desnúdate para mí, Sienne —dijo con la voz entrecortada. Me quedé estática unos cuantos segundos antes de inclinarme y empezar a desabrochar mi brassiere. No me di cuenta de lo cerca que había quedado de su m*****o hasta que lo escuché suspirar y, al levantar la cara, vi lo que había provocado ese suspiro. Me quedé quieta con la mirada fija en la suya mientras quitaba la prenda de mi cuerpo lenta y delicadamente. Su mano estaba quieta, aún rodeando su m*****o, que parecía dolorido por lo hinchado que estaba. Inconscientemente, levanté la mano para tocarlo, pero al reaccionar y ver lo que estaba haciendo, dejé la mano en el aire. Miré sus ojos, pidiendo permiso en silencio. —Di "por favor", pequeña —ordenó sin inmutarse. Tragando saliva, me animé. Quería esto. —Por favor, papi —dije tímidamente, no sabía si me había escuchado, pero cuando él mismo, con su mano libre, tomó la mía y la puso sobre su m*****o, solté un suspiro que no sabía que estaba conteniendo. —Buena chica —apremió—, ¿quieres probarlo? —Me tensé el momento en el que formuló la pregunta. Le miré a los ojos y vi que estaba serio, por lo que supuse que no era ninguna broma—. O mejor aún, túmbate para mí, Sienne, y deja a papi jugar contigo. Sin dejar de mirarlo, me tumbé en la cama, dejándole una vista clara de mis pechos. Creía que se iba a tumbar sobre mí, cuando lo que hizo fue acariciar mis piernas de arriba a abajo y arrastrar las medias consigo. Ya solo quedaban las ligas, aunque no le impedían nada realmente. —Estas las vamos a dejar donde están —comentó como si me hubiera leído la mente—, me gusta cómo te quedan. Yo tragué saliva viendo cómo se erguía sobre mí, su cara quedando a la altura de la mía y, desde esa perspectiva, sus ojos eran realmente más intensos e intimidantes. —¿Estas lista? Apoyó su peso en un brazo mientras que el otro lo movía sobre mi pecho, mi cintura y mi cadera hasta que llegó a mi zona íntima y me tensé debajo de él. Sus dedos tanteaban suavemente y la sensibilidad que sentía me hizo abrir la boca en busca de aire. Aprovechó ese momento para presionar su boca con la mía en un beso intenso, y a los pocos segundos sentí su lengua jugar con la mía, buscando una reacción. Sus caricias ya no eran tan delicadas y su pulgar se frotaba en un punto que me tenía moviendo las caderas incontrolablemente en círculos contra su mano, mientras que dos dedos los empujaba en mi entrada haciéndome delirar. No podía seguirle el ritmo de los besos y solo gemía mientras apretaba los ojos cerrados. Esto era demasiado. Me sentía como a punto de llorar. No sabía que me estaba haciendo, pero me tenía suplicando «por favor» y aún no entendía qué estaba pidiendo realmente. Él no decía nada. Simplemente utilizaba sus dedos en mí mientras yo me retorcía debajo de su cuerpo. Estaba tensa porque no sabía qué le pasaba a mi cuerpo. No entendía nada. —Relájate, Sienne —susurró el Sr Bowry en mi cuello—. Deja que papi te haga sentir bien. Pero me era imposible. La tensión en mi vientre era tal que no sabía si podría aguantar. Me temblaban las piernas y mis caderas se movían solas. Intentaba dejar los ojos abiertos, pero tampoco podía. Gemidos y murmullos ininteligibles salían de mi boca y, cuando menos lo esperé, un calor me recorrió de arriba a abajo que me dejó la mente en blanco, no podía pensar y mucho menos moverme. Cuando reaccioné, el Sr Bowry me miraba desde la misma posición, sin apartar sus manos de mí y me sonreía ligeramente. —¿Te ha gustado? —me preguntó una vez que conseguí calmar mi respiración, o casi. Las piernas aún me temblaban y el pulso lo tenía acelerado. —¿Q–qué ha sido eso? —fue mi "respuesta". Quería saber. —Tu primer orgasmo, bonita —me respondió dándome una sonrisa—. ¿Te ha gustado? Parpadeé un par de veces y asentí con la cabeza. Me sentía bien, pero, a pesar del frío que hacía en la habitación, yo tenía calor aún. Entonces me di cuenta. —Y ¿qué hay d–de ti? —le pregunté tímidamente. Con el brazo en el que se apoyaba, dejó caer el codo y con la mano me acarició las mejillas, apartándome el pelo de la cara. —Yo estaré bien en cuanto entre en tu pequeño cuerpo, Sienne —me dio un beso en la frente—. Estás tan bonita con las mejillas rosadas. ¿Estás bien? Que se preocupara por mí me hizo sonreír ligeramente y le asentí de nuevo. —Entonces ahora es el turno de papi, ¿no crees? 
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD