Madison estaba completamente inmóvil, escuchaba, pero no se atrevía a decir ni una sola palabra, y mucho menos cuando se dio cuenta de que era Cameron quien iba a ir al volante. —¡Dije que te subas! —Cameron esa vez le hizo señas para que se sentara en el lado del copiloto. De manera inmediata lo hizo, también se abrochó el cinturón de seguridad. El Bentley Paramus de color n3gr0 cobró vida, mientras Madison tenía el aire contenido en sus pulmones. Pero cuando lo observó tomar un desvío, se le que quedó mirando fijamente. —¿Cam? —la cautela estaba impresa en su voz— ¿A dónde vamos? De nuevo apretó el volante con tanta fuerza, que los nudillos se le pusieron blancos. «¡Dios mío, ¿qué le pasa a este hombre?!», se preguntó Madison en el segundo en que él comenzó a acelerar, de una

