Horas antes del anuncio publicitario:
El despacho ocupaba el último piso del edificio más alto del distrito financiero. Desde allí, la ciudad se veía imponente, como una nacimiento viviente para él reducido a líneas rectas, cifras invisibles y movimientos predecibles. Para Graham todo debía estar así: todo bajo control, todo medible, sometido a su voluntad.
El hombre estaba de pie frente al ventanal, con las manos en los bolsillos del pantalón a medida. Vestía un traje n***o impecable, de corte italiano, ajustado a su cuerpo alto, sólido, trabajado más por disciplina que por vanidad. Los hombros anchos tensaban ligeramente la tela; la espalda recta delataba una costumbre antigua de no encorvarse jamás ante nadie.
Tenía el cabello oscuro, apenas tocado por hebras grises en las sienes, peinado hacia atrás con cuidado extremo. Su rostro era anguloso, duro: la mandíbula marcada, los pómulos altos, los labios delgados que rara vez se curvaban en algo parecido a una sonrisa. Sus ojos —fríos, de un gris acerado— no miraban, evaluaban. No observaban, calculaban.
El reloj marcaba las seis en punto de la mañana.
—Llegas tarde —dijo sin girarse.
—Seis en punto exactos —respondió su asistente, consultando su propio reloj—. Como siempre.
Él resopló.
—No me hagas perder el tiempo con tecnicismos.
Gabriel Ríos, el asistente dejó la carpeta sobre el escritorio de madera oscura. Era más joven, unos diez años menor, de estatura media, con un traje gris sobrio y una corbata discreta. Tenía el gesto de quien camina constantemente sobre un campo minado, pero aun así se permitía decir lo que otros no se atrevían.
—Tenemos que hablar —dijo.
—Siempre tenemos que hablar —respondió Graham, por fin girándose—. La diferencia es si lo que tienes que decir vale lo que cuesta interrumpirme.
El asistente inhaló despacio.
—Ya estamos a primero de diciembre.
El ceño del hombre se frunció.
—No me interesan las fechas festivas.
—No hablo de Navidad. Hablo del proceso de selección.
El silencio cayó como una losa.
—El baile de aniversario del Banco Mundial es la semana próxima —continuó el asistente—. Marca el inicio formal de la postulación a la presidencia.
Gabriel caminó hasta el escritorio y se sentó lentamente, cruzando las piernas con una elegancia fría.
—No necesito ese cargo —dijo—. Ni el dinero, ni el prestigio.
—Lo sé —respondió el asistente—. Pero lo quiere.
Graham dejó ver una sonrisa mínima, peligrosa, lo cual era raro viniendo de él.
—Tienes razón. Quiero lo que no he tenido —admitió—. Y ese puesto aún no me pertenece.
—Si llega a la presidencia del Banco Mundial… —Gabriel dudó un segundo—, su poder sería prácticamente ilimitado.
—Infinito —corrigió él—. Por fin pronuncias una palabra correcta.
El asistente abrió la carpeta.
—Si revisa los requisitos, puede ver que usted cumple con todos los requisitos técnicos. Su trayectoria empresarial es impecable. El capital de sus bancos es incalculable. Tiene influencia global. Pero hay un punto…
El hombre alzó una ceja.
—Habla.
—Su estado civil.
El aire se tensó.
—¿Qué dijiste?
—El comité exige que los candidatos y futuros presidentes estén casados o comprometidos formalmente. Supuestamente eso les da más seriedad, más credibilidad a la responsabilidad que manifiestan en los documentos que avalan su trayectoria —hizo una pausa—. Dicen que quien administra una familia con rectitud, puede terminar llevando sobre sus hombros la responsabilidad de un imperio.
La silla chirrió cuando él se levantó de golpe.
—Eso es una estupidez —escupió—. Una ridiculez arcaica.
—Es tradición —replicó el asistente—. Imagen institucional. Estabilidad. Valores familiares.
—¿Valores? —rió sin humor—. ¿Quieres que te cuente cuántos matrimonios falsos sostienen ese banco?
Golpeó el escritorio con la palma abierta.
—No voy a casarme.
—No le estoy pidiendo que lo haga.
—No voy a comprometerme —continuó Graham alzando la voz—. No voy a ponerle un anillo a ninguna mujer interesada que vea en mí una cuenta bancaria con piernas.
El asistente mantuvo la calma.
—Sin una esposa o una prometida, no entrará en la terna final.
No había pensado en esa selección, la había olvidado hasta que Gabriel abrió las agallas de su ambición, y no iba a detenerse hasta lograr el puesto.
—Entonces encontraré otra forma.
—No la hay.
El hombre comenzó a caminar por el despacho como un animal enjaulado.
—Las mujeres son un gasto —dijo con desprecio—. Una inversión sin retorno. Te sonríen hoy y mañana están vaciando tus cuentas.
—No todas son iguales.
Se detuvo en seco y lo miró con furia.
—No me insultes con ingenuidades.
El silencio volvió a imponerse.
—Tiene solo esta semana —dijo el asistente finalmente—. Si no presenta una pareja estable, su candidatura será un ridículo.
—Que caiga —respondió él—. No necesito nada de ellos.
Gabriel lo observó con atención.
—Miente.
Los ojos grises se clavaron en él.
—Cuidado.
—Quiere ese puesto porque es lo único que aún no ha conquistado —dijo—. Y lo sabe.
El hombre respiró hondo, conteniéndose.
—¿Y qué propones? —gruñó—. ¿Que compre una esposa?
—No —respondió el asistente tras una pausa—. Pero podríamos… contratar una.
El hombre soltó una carcajada amarga.
—¿Una actriz? ¿Crees que no he visto a miles de mujeres fingir interés?
—Esta no tendría interés alguno —replicó—. Solo un contrato.
—Todas mienten —sentenció él—. Todas quieren algo.
El asistente sostuvo su mirada.
—Déjeme intentarlo.
—No.
—Puedo conseguir a la mujer ideal —insistió—. Sin ambiciones, sin interés en su dinero. Solo el papel.
El hombre apretó la mandíbula.
—Si fallas —dijo finalmente—, no solo pierdo la candidatura… ten por seguro que pierdes tu trabajo.
Gabriel asintió.
—Lo sé.
—Entonces hazlo —ordenó—. Pero te advierto algo.
—¿Qué cosa?
—No creo en milagros.
Y volvió a mirar por la ventana, convencido de que ningún corazón —mucho menos el suyo— podía cambiar.
El silencio se estiró entre ambos como una cuerda a punto de romperse.
Gabriel cerró la carpeta con cuidado, como si aquel gesto pudiera ordenar el caos que acababa de aceptar. Permaneció de pie frente al escritorio, midiendo cada palabra que estaba a punto de decir, consciente de que una frase mal colocada podía costarle no solo el empleo, sino la vida profesional que había construido bajo la sombra de aquel hombre.
—Necesito condiciones claras —dijo finalmente.
El hombre no se volvió. Seguía mirando la ciudad desde el ventanal, con la espalda recta, los hombros tensos, las manos cerradas en puños dentro de los bolsillos del pantalón.
—Las condiciones las pongo yo —respondió.
—Entonces necesito saber hasta dónde está dispuesto a llegar —replicó el asistente—. Porque esto no es un juego.
El hombre giró lentamente.
—Nada de besos —dijo—. Nada de contacto innecesario. Nada de apariciones públicas fuera de lo estrictamente requerido. Un anillo, una sonrisa medida y silencio absoluto.
—¿Y convivencia?
—Jamás.
—¿Entrevistas?
— Guionadas, revisadas, y aprobadas por mí.
El asistente asintió, tomando nota mental.
—¿Duración del contrato?
—Hasta que termine el proceso de selección. Después que me anuncien como presidente… desaparece.
—¿Pago?
Una sonrisa torcida apareció en el rostro de Graham.
—Generoso. Lo suficiente para que no tenga que mirarme como si esperara algo más.
El asistente respiró hondo.
—Tiene que parecer real.
—No me importa —respondió él—. Me importa que funcione.
—Si no es creíble, el comité lo notará.
—El comité notará lo que yo quiera que se note.
Hubo un silencio breve.
—Hay algo más —añadió Gabriel—. Esta mujer no puede tener antecedentes que comprometan su imagen.
—Ni hijos —interrumpió él con frialdad—. No quiero responsabilidades ajenas.
El asistente dudó apenas un segundo, pero no dijo nada.
—No quiero lágrimas —continuó el hombre—. No quiero historias tristes. No quiero problemas. Quiero una pieza funcional.
—¿Está hablando de una persona?
—No —corrigió él—. Estoy hablando de un recurso.
El asistente apretó los labios.
—Si la que gane acepta esto —dijo—, necesito su palabra de que no la destruirá.
El hombre soltó una risa seca.
—No destruyo lo que no me importa.
—Eso no es tranquilizador.
—Es honesto.
Gabriel cerró los ojos un instante. Sabía que acababa de cruzar una línea que no tenía retorno.
—Bien —dijo—. Acepto esta misión.
—¿Estás seguro? —preguntó el hombre, inclinando apenas la cabeza—. Porque si fallas, no habrá segundas oportunidades.
—Lo sé.
—Entonces consíguela.
Gabriel recogió la carpeta y se dirigió a la puerta. Se detuvo con la mano en el picaporte.
—¿Puedo hacerle una pregunta? —dijo sin girarse.
—Una.
—¿Qué pasará si… por alguna razón, esto deja de ser solo un contrato?
El silencio fue inmediato.
—Eso no va a pasar —respondió Gabriel con voz más fría que otras veces—. Porque yo no amo. Y mucho menos confío.
—La vida no siempre obedece a contratos.
—La mía sí.
El asistente abrió la puerta.
—Entonces espero encontrar a la mujer que también obedezca.
—No —corrigió el hombre—. Encuentra a la mujer que no tenga nada que perder.
La puerta se cerró tras él.
Gabriel caminó por el pasillo alfombrado con la mente en ebullición. Sabía que lo que acababa de aceptar no era solo un encargo profesional. Era una apuesta peligrosa. Porque el problema no era encontrar una mujer dispuesta a fingir amor por dinero.
El problema era encontrar una que no quisiera nada más.
Se detuvo frente al ascensor y se pasó la mano por el rostro.
Una semana, un baile y la meta era un banco que decide el destino del mundo… y un hombre incapaz de amar.
El ascensor descendió en silencio.
De regreso en el despacho de Graham, él volvió a su escritorio y encendió la lámpara. El reloj marcaba las ocho en punto. Siempre puntual. Siempre exacto.
Abrió una carpeta distinta. Allí se desplegaron estados financieros, proyecciones, todo se resumía a un poder en cifras.
Nada que él no pudiera controlar. Miró la fecha marcada en el calendario.
Baile de aniversario del Banco Mundial. La había tenido frente a sus ojos y no le prestó nunca atención en todos esos días.
—No necesito a nadie —murmuró.
Pero por primera vez en años, algo se deslizó bajo esa certeza. Una molestia leve, una grieta invisible.
Cerró el puño.
—Esto es solo un trámite.
No sabía que, en algún lugar de la ciudad, una mujer agotada, curvy, con el corazón en carne viva, estaba aceptando un trabajo que no entendía del todo.
No sabía que esa mujer tenía una hija. Ni que esa hija cambiaría todo.
El hombre que lo tenía todo aún no había conocido la pérdida que estaba a punto de enseñarle qué era un milagro.