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Milagro De Navidad: La Curvy y El Pobre Millonario

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Graham Soler lo tiene todo: poder, riqueza y un corazón de hielo. Odia la Navidad y todo lo que represente calor, alegría o sentimentalismo. Cruel, despiadado y arrogante, cree que todas las mujeres son interesadas y desechables. Nada ni nadie ha logrado ablandarlo… hasta que Sara aparece en su vida.Sara Graterol es valiente, irreverente y humana, con un amor inquebrantable por su hija Sofía, quien necesita cuidados que ella sola no puede costear. Frente a Graham, no se somete ni se rompe; responde con claridad, ironía y dignidad, desafiando a un hombre que creía dominarlo todo. Su calidez y humanidad chocan con la frialdad navideña de Graham, poniendo a prueba su ego, su control y su capacidad de desprecio.Cuando sus mundos chocan en medio de la temporada más emotiva del año, no hay espacio para suavidad ni compromisos. Reglas absurdas, contratos estrictos y miradas que hieren se convierten en el campo de batalla donde la fuerza y la determinación de Sara desafían la crueldad y el control absoluto de Graham.Aquí el poder, ego, resistencia y emociones cortan más que el frío invernal, donde la Navidad no promete alegría, sino confrontación y quizás un milagro inesperado.

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El día que todo se rompió
El uniforme azul oscuro se le pegaba al cuerpo como una segunda piel que ya no le pertenecía. Era una talla menos de la que necesitaba, y lo sabía, pero no había dinero para reemplazarlo. La tela marcaba sus caderas anchas, su vientre suave, los muslos fuertes de tanto caminar de mesa en mesa. No era una mujer frágil ni pequeña; su cuerpo hablaba de maternidad, de noches sin dormir, de comidas rápidas y sacrificios constantes. Se miró en el espejo del baño del restaurante. Tenía el rostro redondo, los pómulos suaves, labios carnosos que alguna vez fueron besados con promesas. Sus ojos castaños, grandes y expresivos, estaban cansados, rodeados de sombras que ni el corrector barato lograba ocultar. El cabello rizado, castaño oscuro, lo llevaba recogido en una cola baja, con mechones rebeldes escapando alrededor del rostro. Se pasó un poco de labial rosado, respiró hondo y ensayó una sonrisa. —Solo aguanta hoy —se dijo—. Solo hoy. El restaurante hervía de ruido. Platos que chocaban, órdenes gritadas, risas forzadas. La decoración navideña parecía fuera de lugar: luces blancas parpadeaban como al ritmo de una melodía, guirnaldas verdes gastadas que una vez fueron relucientes, y un famélico árbol artificial en la esquina con adornos disparejos. El olor a comida caliente se mezclaba con el de café viejo y la ansiedad que llevaba encima. —Mesa siete lista —anunció, sosteniendo la bandeja con firmeza. Caminó con la gracia que había aprendido por necesidad, esquivando sillas y clientes impacientes. Pensó en Sofía, como siempre. Su hija tenía ocho años y una fragilidad que contrastaba con su carácter. Era delgada, demasiado para su edad, con la piel pálida y los ojos negros enormes, curiosos, llenos de vida. Tenía una lengua rápida, una risa fácil y una valentía que a veces asustaba. Esa mañana se había ido al colegio con su mochila más grande que su espalda y una bufanda roja que ella misma había tejido. «Va a estar bien», se repitió. Como si fuera un imán, el teléfono vibró en su bolsillo trasero. No debía contestar. Vibró otra vez y un escalofrío le recorrió la columna. Se decidió a mirar la pantalla. Era una llamada del Colegio Santa Elena. El aire se le quedó atrapado en los pulmones. —¿Sí? —respondió, apartándose apenas. —¿La mamá de Sofía Martínez? —preguntó una voz femenina. —Sí, soy yo. —Su hija se desmayó en el aula. Los paramédicos decidieron trasladarla al Hospital Central. El mundo se le vino encima. —¿Está consciente? —preguntó, con la voz rota. —Sí, pero muy débil. Le recomendamos que vaya de inmediato. Colgó sin despedirse. La bandeja tembló en sus manos, la dejó sobre la barra y caminó hasta la oficina del encargado con el corazón golpeándole el pecho. No tocó la puerta, nos e anunció, solo abrió e ingresó desesperada. —Necesito salir —dijo. —No ahora —respondió él sin mirarla—. Estamos llenos. —Mi hija está en el hospital. El hombre suspiró, molesto. —Si te vas, no regreses. Frunció el ceño, se dijo que esta vez no tenía nada que pensar. Se quitó el delantal lentamente. Lo dejó sobre el escritorio. —Entonces me voy —dijo, con dignidad—. Porque mi hija es lo único que tengo. Salió sin mirar atrás, sin medir mayor riesgo que la salud y la vida de su hija.. El hospital la recibió con luces frías y un olor penetrante a desinfectante. El eco de pasos y voces rebotaba en los pasillos interminables. Sentía el corazón en la garganta. Encontró a Sofía en el área de urgencias, en una camilla en un cubículo diminuto. Tenía un suero en el brazo y la piel tan pálida que parecía transparente. Su cabello n***o caía desordenado sobre la almohada. —Mamá… —susurró la niña. Ella se inclinó de inmediato, conteniendo las lágrimas. —Aquí estoy, mi vida. Le tomó la mano. Era pequeña, estaba fría, demasiado liviana. Horas después, un médico la llamó a una sala pequeña. —Los desmayos no son normales en una niña de su edad —explicó con tono profesional—. Sospechamos un trastorno hematológico crónico, posiblemente anemia aplásica en etapa inicial. Necesitamos estudios urgentes para determinar el nivel de avance. Ella asintió, sin entender del todo. —¿Qué… qué estudios? —preguntó. El médico enumeró: análisis completos, biopsia de médula ósea, resonancias, hospitalización para observación. —¿Y el costo? —preguntó, casi en un hilo de voz. El hombre revisó una carpeta. —Solo el ingreso hospitalario inicial es de ocho mil dólares. Los estudios pueden elevar el monto a treinta y cinco o cuarenta mil, dependiendo de los resultados. El mundo se le cayó encima. —Yo… yo no tengo seguro —confesó. El médico bajó la mirada. —Puede hablar con administración, pero necesitamos actuar rápido. En administración fue peor. Le hablaron de pagos, de garantías, de plazos imposibles. Firmó papeles que no entendía. Asintió a cosas que no podía pagar. Salió al pasillo con las piernas temblando. «Cuarenta mil dólares». No tenía ni cuatrocientos. Se sentó en una silla de plástico y dejó caer la cabeza entre las manos. «¿Cómo se pone precio a la vida de un hijo?» «¿Qué madre decide cuánto vale su niña?», sufrió. Pensó en el trabajo perdido, en la Navidad, en el alquiler, en la nevera medio vacía, en que el amor no paga hospitales. Lloró en silencio, y pasadas un par de horas llamó a la única persona que sabía que acudiría sin dudar. —Ana… —dijo apenas su amiga contestó—. Sofía está en el hospital. —¿Qué? Apenas salga de mi turno voy para allá —respondió ella sin preguntar más. Colgó y se cubrió el rostro con las manos. El dolor que estaba sintiendo no era físico; era un desgarro profundo, animal, el miedo más profundo e indescriptible de una madre: perder a su hija. Y eso era solo el comienzo. Ana llegó al hospital pasada la medianoche, envuelta en un abrigo gris y con el cabello recogido de cualquier manera, como si hubiera salido corriendo sin pensarlo dos veces. Tenía el rostro cansado, pero los ojos firmes, de esas mujeres que no preguntan demasiado cuando saben que la respuesta duele. —¿Dónde está? —preguntó apenas la vio. Sara se levantó de la silla de plástico con el cuerpo rígido, como si llevara horas sin moverse. —En observación —respondió—. Está dormida. Ana la abrazó sin decir nada. No fue un abrazo suave ni breve; fue uno de esos que sostienen, que evitan que el cuerpo se derrumbe. Ella apoyó la frente en el hombro de su amiga y, por primera vez desde la llamada, se permitió llorar sin contención. —Tengo miedo —confesó, con la voz rota—. Mucho miedo. —Lo sé —respondió Ana—. Pero no estás sola. Entraron juntas a la habitación. Sofía dormía profundamente, con el ceño levemente fruncido, como si incluso en sueños supiera que algo no estaba bien. Ana se acercó despacio, con una ternura casi reverencial. —Es tan chiquita… —murmuró. Ella asintió. —Siempre ha sido valiente —dijo—. Más de lo que debería. La noche se estiró interminable. El sillón reclinable era incómodo, el aire estaba demasiado frío. Cada sonido la hacía sobresaltarse: pasos, puertas, pitidos lejanos. Miraba a Sofía respirar, una y otra vez, contando mentalmente los segundos entre inhalación y exhalación, como si ese ritual pudiera mantenerla viva. Pensó en los números que le habían dicho, en el trabajo que perdió, y en lo injusto que era todo. «¿Cómo se le explica a una niña que su cuerpo está fallando?» se preguntaba en silencio. «¿Cómo se le promete un futuro cuando no se sabe si se podrá pagar el presente?» No durmió. Cerró los ojos solo para ver imágenes que no quería: camillas, palabras médicas, cifras imposibles. Al amanecer, la luz gris se filtró por la ventana. Ana se desperezó y la miró. —Ve a casa, cámbiate —sugirió—. O sal a buscar trabajo. Yo me quedo con Sofía. Ella dudó. —No quiero dejarla. —Estar aquí sin hacer nada también duele —respondió su amiga con suavidad—. Ve. Yo te llamo si pasa algo. Se inclinó y besó a Sofía en la frente. —Mamá vuelve pronto —susurró la niña—. No te tardes —agregó medio dormida—. Y no llores. Sonrió, rota por dentro. Se cambió de ropa en el baño del hospital: se puso unos jeans gastados, un suéter ancho que caía sobre su cuerpo curvy sin disimularlo, zapatillas cómodas. Se miró al espejo. Parecía más vieja, más cansada. Salió a la calle. Caminó durante horas. Fue a un cyber, imprimió varios curriculums Entró a restaurantes, tiendas, oficinas pequeñas. Entregó currículums arrugados, explicó su situación sin decirlo todo. Sonrió aunque le doliera la cara. —No estamos contratando. —Tenemos disponibilidad completa. —Llame la próxima semana. Ninguna respuesta era esperanzadora. El frío se le metió en los huesos. Los pies le ardían. El estómago le gruñía, pero no tenía hambre. Cada rechazo era una piedra más en el pecho. Al mediodía se sentó en una banca, con las manos temblando, y miró el teléfono. No había llamadas perdidas. Ni mensajes. «No puedo fallar», se repitió. Regresó al hospital al caer la tarde, agotada, con la derrota pegada a la piel. Ana la esperaba con un café. —¿Algo? —preguntó. Ella negó con la cabeza. Entró al pasillo y se dejó caer en la misma silla de plástico. Levantó la vista casi por inercia. El televisor seguía encendido. Fue entonces cuando lo vio. El televisor mostraba un anuncio. Una mujer elegante hablaba frente a cámara. “Buscamos candidatas para un proyecto especial. Contrato temporal. Excelente remuneración”. Levantó la vista. “No se requiere experiencia previa. Solo compromiso y disponibilidad”. Tragó saliva. “Las interesadas pueden presentarse mañana a las diez de la mañana”. Pensó en Sofía, en el despido, en las cuentas. Soltó un gemido largo y ruidoso. —¿Mamá? —la llamó la niña desde la habitación—. ¿Encontraste algo? Ella sonrió, limpiándose las lágrimas. —Todavía no —respondió—. Pero quizás… quizás la Navidad no esté perdida. Y sin saberlo, acababa de cruzar el umbral que la llevaría directo al corazón de un hombre que no creía en los milagros. Y mientras Sofía volvía a cerrar los ojos, ella entendió que acababa de firmar el comienzo de un camino que no conocía, pero que tal vez la guiaba al milagro más peligroso de su vida. Uno que la llevaría directo a un hombre incapaz de amar… y a un cambio que ninguno de los dos esperaba.

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